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Escribe Ivan Solarich

Opinión | Versus la muerte

¿Quién me puede hacer creer que esta fiesta, que es la vida, debemos vivirla a distancia porque se afirma una y otra vez que esto vino para quedarse? Bajo ningún concepto los seres humanos podemos aceptar que el futuro aspire al metro y medio, a vivir en una burbuja

26.04.2021 13:35

Lectura: 5'

2021-04-26T13:35:00
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*Iván Solarich es actor, director, dramaturgo y docente

Parafraseando al Manifiesto Comunista de Marx y Engels del siglo XIX, uno casi que podría decir: ..."un fantasma recorre el mundo, el fantasma del Covid-19"...

Y sí, un año largo desde que este fantasmagórico virus vino a perturbar nuestras vidas con sus patas reales y mutantes, sus patas informadas desinformantes, sus patas de ajeno terror que se inocula como propio; sus obsesionadas patas que han logrado que estos últimos 400 días en nuestras existencias, hayan sido propuestos en un único territorio: el de la muerte. Muerte de toda vida. Pero también muerte de la esperanza, de los vínculos,las creaciones.

¿Proponiendo qué? Mas bien imponiendo como únicos reductos posibles los sótanos del desconcierto, los de la distancia, los de la virtualidad. Al final... los del sinsentido de la existencia.

Pero, Juana la caprichosa y Teo el terco, llegaron para dar batalla. Los acontecimientos tienen a veces sus lógicas, lógicas no lineales, lógicas de sangre antigua. No todo se roba porque hay mucho que se hereda, tanto, que ambas madres y ambos padres - aunque jóvenes- ejercen hace mucho el oficio más viejo junto a la prostitución: integran la grey de los actores, ese antiguo carromato que atravesando caminos llega polvoriento desde el fondo de los tiempos.

Ellos, en nuestro medio son muy conocidos además de muy buenos: son Soledad Frugone y Gustavo Saffores, y nos trajeron a Juanita; Estefanía Acosta y Mark Manfrini, los que se inventaron a Teo.

¿Y para qué en estos días tan inciertos? Pregunta la hinchada. ¿Por qué no esperar a que baje la marea? Susurra la platea. Quizás, porque actores de ley, son gente de acción, de escena, personas de fe, y bien saben que hoy se puede ayudar al mundo desde la tarea más noble a concebir: alumbrar vida, vida nueva, porque de ninguna manera hemos hecho este viaje para solo morirnos.

¿Quién me puede hacer creer que esta fiesta que es la vida, debemos vivirla a distancia, ensombrecidos, aterrorizados, porque se afirma una y otra vez que esto vino para quedarse? De buena y de mala gana lo vengo integrando, pero bajo ningún concepto los seres humanos podemos aceptar que el futuro aspire al metro y medio, a vivir en una burbuja.

Los artistas, los creadores, que algo sabemos de imaginación y de analogías, no somos nabos, estudiamos y sacamos nuestras propias conclusiones, como tantas y tantos en otras profesiones.

Al abrirse el telón en nuestras conciencias, antes de los aplausos ya suena una alarma, y es que hay algo en la escala universal que no cierra por ningún lado. Porque en una punta están los 3 millones de muertos, sistemas de salud saturados, y una atmósfera planetaria que invita al Armagedón. Pero en la otra, resulta que las 2.750 personas más ricas del planeta, "casualmente" en esta pandemia duplicaron y triplicaron sus patrimonios en miles de millones de dólares. O sea, "azarosamente" la riqueza en el mundo se concentró más y más, ¿rarita la coincidencia, no? En simultáneo se produce la concentración de capital más bestial de la historia, junto a la operación comunicacional más gigantesca de la civilización.

Que nadie nos menosprecie, ¡por favor! Sabemos del enorme esfuerzo de los trabajadores de la salud, los médicos, no negamos ni la situación, ni las vacunas, ni nada. No estamos hablando de eso, se trata de otra cosa.

De que vuelvo a ver las cifras. Somos casi 8 mil millones de personas en el planeta. Vuelvo a pensar las escalas monstruosas de este parate universal, y al mismo tiempo cotejo los 9 millones de muertos por hambre en el mismo período. Y vuelvo a pensar que en gran parte de África y Asia no colapsa ningún sistema de salud, por la sencilla razón de que no existen. Y no observo ningún cónclave ni fervor de la comunidad internacional, ni de las cabezas del mundo, siquiera preocupadas por esta "nimiedad".

Pero claro, ese es otro tema, eso no es pandemia, ocurre desde siempre y ahora no corresponde tratarlo. Lo extraño es que nunca es tiempo de tratarlo.

Me duermo cansado. Y entonces sueño que el informativo de la tele comienza hoy con los nacimientos del día, y que allí están las fotos de Juanita y de Teo, y... sonrío feliz.

Vuelvo a despertar. Abro la ventana y observo atentamente los árboles, los pájaros, el viento, la luz. Creo definitivamente que lo único que vino para quedarse es la vida, tozuda y caprichosa, transformadora. O sea, Juanita y Teo con sus revoluciones y sin miedos.

¿Utopía? ¿Y? ¿Es mucho soñar poder cantarle a nuestras niñas y niños sin el tapaboca puesto?