Opinión | ¿Sos vos, viejo?
El presidente, una vez más, perdió la oportunidad de representar ese estado del alma que se vivía en el país al final de la dictadura.
La pregunta la hizo el jueves pasado Karina Tassino, en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo. Ese día, el Estado reconoció su responsabilidad por los asesinatos de las Muchachas de Abril y la desaparición forzada de Luis Eduardo González y Óscar Tassino.
Karina es la hija de Óscar, el que vos conocías, que había sido detenido y desaparecido en el 74.
“Apareció un cuerpo. La angustia estalla el pecho, el llanto escapa. Aunque aún no sabemos quién es. Miro detenidamente la foto de papá y pregunto: ¿sos vos? Cuarenta y seis años después me sigo preguntando: ¿sos vos, papá?”, dijo ella esa tarde.
Viejo, sabés que yo ese día sentí como un rayo que me recorrió todo el cuerpo. Es algo que no me había pasado en 47 años, a no ser cuando leyendo la “última carta tuya” me trajeron el telex con la información de que habían entrado en el apartamento, que te llevaron encapuchado con el poncho de vicuña que te había regalado el abuelo Santiago, y no se sabía nada de mamá, ni de Jenny, ni de Liliana.
Te aseguro que lo que sentí fue incluso más fuerte de lo vivido en el Juzgado, en agosto pasado. Allí el fiscal Ricardo Perciballe leyó, con los asesinos y torturadores en la misma sala, la argumentación de por qué se pedía la imputación, cuando la mayoría de ellos ya habían sido inculpados en otros delitos de lesa humanidad.
La ceremonia del Palacio Legislativo correspondió al dictamen de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos, que condena a Uruguay y lo hace responsable de terrorismo de Estado durante los años de la dictadura. El dictamen estableció que las autoridades nacionales tenían que estar presentes, así como de las Fuerzas Armadas.
El lugar estuvo repleto de familiares, de pueblo y de autoridades.
En ciertos pasajes del acto hubo quienes hicieron sentir su rechazo a que el Estado uruguayo no estuviera representado por el propio presidente Luis Lacalle Pou, a pesar de que quienes promovieron el proceso en la CIDH procuraron coordinar, incluso ajustando fechas. No pudo ser. Estuvo en el exterior y al llegar tuvo la inauguración de una industria a unos kilómetros de Montevideo.
La vicepresidenta, a mi modo de ver, cumplió con una responsabilidad republicana. Pero el presidente y los mandos militares de más alto rango, no. Y eso tiene valor simbólico, también, y es un aporte a la convivencia de todos.
De los negacionistas “de moda” por estos tiempos, como algunos que fueron parte de la dictadura, no merece siquiera que te cuente. Sabés bien quién y cómo son, lo sufriste y sufrís en carne propia.
Sí me gustaría comentarte algo más. El desarrollo del acto tuvo otro aspecto destacable, que a mi modo de ver habla de la fortaleza de la sociedad civil uruguaya y sus construcciones sociales. Los gritos que se sintieron sin duda fueron propios del dolor de décadas, por no saber dónde están los seres queridos, ni qué hicieron con ellos.
Esos gritos también se expresan, cada 20 de mayo en el silencio, un clamor de verdad y justicia, de “nunca más” terrorismo de Estado. Naturalmente tensan, pero en ningún momento fueron el centro de la trascendencia simbólica de lo vivido.
Un paso más.
El presidente, una vez más, perdió la oportunidad de representar ese estado del alma, que también fue el que se vivía en el país al final de la dictadura, y que otro presidente, Julio María Sanguinetti, enterró promoviendo la ley de impunidad.
Para finalizar, por hoy, quiero decirte, como algún otro familiar de detenido desaparecido señaló, que “la tierra volvió a hablar”. También podría decirse el mar, pues se conocen los “vuelos de la muerte”.
Como dijo Elena, “cada vez, es como la primera vez”. Pero, esta vez, el “¿sos vos, papá?” hizo temblar y doler más.

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