Por Nacho Vallejo

Hace un tiempo escuchaba en un programa de radio a dos nutricionistas hablando sobre el sobrepeso infantil. Soy publicitario y sabía que no tardaría en llegar el palo para mi métier. Es un facilismo al que los publicitarios estamos acostumbrados. Si la gente tiene sobrepeso es culpa de la publicidad; ¿el abuso del alcohol?, ídem; ¿problemas de autoestima?, más que más; ¿manejás como un energúmeno?, maldita publicidad; etc.

 

La vi venir y la sentí con el ardor de la cachetada que estás esperando con ojos entrecerrados hasta que zas. La señora nutricionista decía que perdían la lucha que libran por un consumo saludable de alimentos y cuando el periodista le preguntó con qué pierden, a la señora no se le ocurrió decir que perdemos con una cultura decadente, de padres mal educados, sin autoexigencia y permisivos de niños consentidos, con amplia capacidad de consumo, en una sociedad que superó la escasez y donde cada vez hay más disponible para gratificaciones y consumos indulgentes e innecesarios. No culpó al bienestar económico, a los bajos precios de los bienes, o a la abundancia. No culpó a los cientos o miles de personas que trabajan en una cadena que produce estos bienes desde las materias primas hasta la distribución. No. "Perdemos con toda la publicidad que hay", dijo. Zas, en la mejilla izquierda. Hay cientos o miles de personas que viven de hacer posible que esos productos existan y estén disponibles, pero esta mártir de la lucha por una sociedad de niños sanos y cuerpitos esbeltos, no se la va a agarrar con el camionero que lo llevó al supermercado, la cajera que lo cobró sin oposición, o el que produce y vende el maíz del que obtuvieron la fructosa que le da su palatabilidad a la galletita que engorda a lo bobo. Sentencia a la publicidad que es la HDP de siempre, la HDP de todo. Publicidad HDP.

 

Pero lo que me preocupa no es el facilismo de pegarle a la publicidad porque ya somos el pelele de todos los temas. (Soy un admirador de los índices con potencia explosiva de revelación como los de Levitt y Dubner en el libro Freakonomics, que encuentran explicaciones urticantes de la realidad y estoy convencido de que se puede encontrar uno que relacione definitivamente la recurrencia a pegarle a la publicidad con la falta de profundidad y solidez de los argumentos de un profesional de cualquier área). Lo que sí me agravia es la cuchillada del argumento vil, terraja, cuartelero de cuarta, el recurso tramposo del que para hacer valer su razón sin razón recurre al "hay investigaciones que indican..."

 

Nuestro mundo superabundante en medios, de opinadores de todo, eruditos de nada, está saturado de indiscriminados criminales del "hay investigaciones", "hay estudios", "según encuestas" y más. Personas que recurren a investigaciones imaginarias, soñadas pero vívidas, fantásticas pero absolutamente posibles en su subjetividad excitada, que fundamentan su razón y condenan lo que condenan, con este dopping de la argumentación.

 

"...hay muchos estudios que muestran cómo incide la publicidad en la compra y en el consumo de los alimentos incluso para niños", dijo la nutricionista en la entrevista que escuchaba. Y así fuimos condenados por los estudios (los estudios de Hollywood tienen menos ficción) una vez más. La ciencia (ficción) demostró que somos unos HDPs. ¿Qué ciencia? La ciencia sin conciencia de la fantasía de la nutricionista que nadie cuestionó en aquel momento.

 

Llamado a la solidaridad: Si usted es periodista, en este mundo donde como dijo Asimov la información censura por exceso y ha aceptado para su destino el pugilato, la pelea en el barro, la lucha de sumo contra la mentira, vengo con todo el voluntarismo del asistente que lo encuentra en la esquina del ring, con el balde de agua y la esponja, a darle ánimo y recordarle: -Si te mete la de "hay investigaciones que...", acordate de preguntarle: ¿A qué investigaciones concretas te refieres?"

 

Por cierto, claro que la publicidad incide. Es lo que la publicidad hace por definición y lo sabe todo el mundo. No hace falta ningún estudio para afirmarlo. Pero no culpe a la publicidad de la gordura corporal de los niños de sus desvelos. De hecho no culpe a los productos de envases fancy, ni a los supermercados en los que se venden. Porque solo el 35% aproximadamente de los alimentos envasados de consumo masivo (fuente: ID Retail 2019) se venden en supermercados en Uruguay ("siempre a la altura y al alcance de los niños", sic la nutricionista). De hecho, tal vez las tortas fritas, los bizcochos y otros productos hipercalóricos tan nuestros, tan de barrio, tan populares y tan poco marketineros (no envasados con ilustraciones de figuras infantiles atractivas y ofrecidos a la altura de los niños en los autoservicios, en presentaciones 3x2) podrían ser más culpables que ningún otro artículo de consumo perversamente publicitado.

 

Tal vez, al final de cuentas, la torta frita es más HDP que el publicitario más HDP de todos, en lo que toca a cuerpos obesos infantiles. Habría que investigarlo y dejarse de ser chanta.