El miércoles pasado, aprovechando que se había ido el otoño de febrero y brillaba el sol, que mi computadora se actualizaba sola, de pesada y durante más de dos horas, me fui caminando por 25 de Mayo y luego por la avenida Uruguay hasta Rodeau. Ida y vuelta. Tuve tiempo de mirar los edificios, las ruinas, la mezcla. Todo. No son muchas cuadras, pero sirven para hacerse un panorama.

Quiero aclarar que cuando llegué por primera vez a Montevideo en el año 1956 y posteriormente cuando vine y me quedé a vivir, en 1961, esas dos avenidas fueron parte importante de mi memoria, de mi encantamiento por esta ciudad. Las recorrí de niño con mi padre, cerca de allí estaba el bar de los billares, el club de box y luego, muchos años después como cadete de Codarvi en mis muchos mandados hacia la Ciudad Vieja. Cuando entrecerraba los ojos en la lejanía del exilio, ese era uno de los recuerdos que llevo prendido a mi piel, era parte imborrable de mi nostalgia por mi Montevideo.

Obviamente que en estos muchos años también las recorrí muchas veces, pero apurado, acostumbrado, resignado, sin observar a fondo. En esta oportunidad se me ocurrió un truco, imaginarme que caminaba con un amigo italiano y tenía que explicarle el recorrido. No la historia, sino la realidad. Fue imposible, era un ejercicio demasiado doloroso.

La realidad actual es deplorable. Junto a edificios maravillosos por su elegancia, su clase, su mensaje desde el fondo del otro Montevideo, como el que está en la esquina de Uruguay y Río Negro, con su cúpula bombé y atrevida, el de la esquina de Río Branco, que conozco muy bien porque fue la sede del diario La Hora, la embajada de Francia, en Andes, el edificio de la esquina de Florida y el que está al lado, más adelante el de la ex empresa del gas o la reconstrucción de la esquina de Ciudadela, y nada menos que los ex baños turcos, actualmente sede de la Junta Departamental de Montevideo y en la esquina el palacio de Juan Carlos Gómez. Y me debo haber olvidado de otros. Y los que quedan en pie son una demostración inexorable del esplendor y la elegancia de esa arteria, en otros tiempos.

25 de Mayo era además la calle del Art Noveau, con el edificio de la Compañía del Gas, el Espacio Guambia, el Bar Brasilero, la comisaría 1era. el Banco Popular y el anexo del BBVA. Pero la mayoría de esos están más delante de donde culminó mi caminata.

Y todos ellos, en los diversos estilos son un muestrario de lo que llegó a ser esta ciudad en sus buenos y lejanos tiempos, después vino el revoltijo, el desorden, el grisor que nos aplana. Cualquier cantidad de edificios antiguos en ruinas, algunos que ocupan casi una cuadra, y tienen alguna protección para los peatones, otros ni siquiera eso. Lo que no encontrarán son protecciones contra el recuerdo y el dolor en el alma.


Ruinas, y después edificios modernos y actuales, incrustados en el amasijo, garajes, comercios, pensiones y todos los graffitis posibles y sin ningún aporte más que a la mugre y al desorden. Grandes edificios tapiados y con alambre de púas sobre las chapas del cerco.

Algún optimista empedernido le caerá mal esta descripción, simplemente los invito a recorrer esas 11 cuadras por las dos avenidas que en realidad son una sola con dos nombres y que fueron ejes fundamentales de la ciudad y verán que se necesitarían más adjetivos, más imaginación y memoria para tratar de reconstruir esa parte fundamental de nuestra ciudad, la antigua entrada a la Ciudad Vieja para los vehículos. Ahora no es nada, o peor es un revoltijo infame.

¿No es culpa de nadie o es culpa de todos?

Lo cierto es que no podemos desconocer, cerrar los ojos que nuestra ciudad, en zonas fundamentales, representativas de nuestra historia se nos ha revuelto y despedazado bajo nuestros ojos. ¿No se puede hacer nada? ¿Hay simplemente que hacer recorridos rápidos o mejor aún, resignarnos y callarnos? O al menos reconocerlo, porque queremos seguir queriéndola.

Reconocer que hay olvidos que son peores que la muerte.