Contenido creado por Gonzalo Charquero
Cybertario

Escribe Gerardo Sotelo

Opinión | Prohibir los monoambientes: una ideología perversa

Hace que las unidades sean más caras, los alquileres más altos, la inversión menos tentadora y el mercado más excluyente.

02.03.2026 09:51

Lectura: 4'

2026-03-02T09:51:00-03:00
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Al senador socialista Gustavo González se le ocurrió prohibir la construcción de unidades menores a 35 metros cuadrados para frenar lo que considera un modelo que prioriza la rentabilidad sobre el derecho a una vivienda decorosa. La intención puede sonar noble (volveremos sobre esto) pero terminará agravando lo que pretende resolver.

Cuando el Estado prohíbe un tipo de vivienda, elimina una opción del menú disponible. Es decir, reduce la oferta, por lo que suben los precios. No es neoliberalismo; es la lógica más básica de cualquier mercado donde el suelo es escaso y la demanda persistente. Obligar a que cada unidad tenga al menos 35 metros cuadrados significa repartir el costo del terreno entre menos viviendas, hace que las unidades sean más caras, los alquileres más altos, la inversión menos tentadora y el mercado más excluyente.

Por extraño que parezca (no lo es, como veremos), el propio senador reconoce que la construcción de viviendas de “ambiente único” supera las 2.200 unidades, por lo que el mercado respondió a una demanda real, con miles de personas que eligieron, voluntariamente, vivir en espacios pequeños, ya sea por razones de ubicación, accesibilidad, precio o conveniencia frente a las alternativas de las que dispone.

Pensar que con una prohibición se prioriza el derecho a la vivienda, es una idea mágica con fines pedagógicos: el Estado te enseña, corrige, disciplina y eleva tu nivel de vida cuidándote de vos mismo, mediante la eliminación de opciones. Pero este pensamiento presenta un par de problemas.

El primero es que confunde la ingeniería moral con la económica y termina dificultando inversiones, reduciendo la oferta y el empleo y aumentando los precios, la exclusión, el hacinamiento y la frustración. Es llamativo que este impulso prohibicionista se siga presentando como un acto de compasión, cuando castiga a quienes no pueden acceder a las alternativas que el legislador considera decorosas.

El segundo problema es aún peor. González está diciéndole a quienes elijan mudarse a un monoambiente, lo siguiente: “Yo creo que su decisión los expone a condiciones de vida indignas, así que se los voy a prohibir; y como no tengo nada mejor para ofrecerles… sigan viviendo donde están, aunque para ustedes eso sea peor”.

Esa superioridad moral sobre las cuestiones constructivas, ambientales y hasta familiares es una de las ventajas de ser socialista: no solo legisla sobre ladrillos, sino también sobre cómo deben vivir, sentir y organizarse las personas.

Y aquí conviene volver sobre la idea de que la intención puede parecer noble, y plantear el aspecto más siniestro de la iniciativa.

El filósofo brasileño Olavo de Carvalho solía decir que “el socialismo no es un ideal noble que se pervirtió; es una perversión que se vendió como un ideal noble”. Más allá de las controversias sobre su figura, la frase ilumina un punto crucial.

Cuando alguien decide qué metraje es decoroso, está imponiendo un criterio moral, no sólo sobre la cinta métrica, sino también sobre la soberanía de las personas de disponer qué es mejor para ellas, si vivir con la suegra o con el ex, compartir un apartamento o mudarse a un ambiente único de 30 metros cuadrados.

Meterse en las decisiones de la gente, empeorar la vida de quienes ya la tienen complicada y, encima, presumir superioridad moral, no es sólo un acto de arrogancia intelectual; es una forma de perversión.

El derecho a una vivienda digna se construye con opciones reales; con más metros cuadrados construidos, no con menos. Prohibir viviendas pequeñas reduce opciones y no amplía derechos sino precios. Lo demás es retórica. Es decir, socialismo.