Sebastián Da Silva
Escribe Sebastián Da Silva

Opinión | Para blindar abril, los reclamos tienen que venir con buena fe

El mejor ejemplo de la falta de buena fe es pedir reducir la movilidad y no votar la prohibición de las aglomeraciones.

05.04.2021 12:15

Lectura: 5'

2021-04-05T12:15:00
Compartir en

La buena fe se refiere al estado mental de las personas que ejercitan un derecho o cumplen un deber. Ese estado mental exige honradez, convicción en cuanto a la verdad y exactitud de un asunto, hecho u opinión. Exige la conducta recta y honesta en relación a las partes involucradas en un acto, contrato o negociación.

La buena fe además es uno de los principios generales del Derecho, recogidos en nuestra legislación tanto en el artículo 1291 del Código Civil que establece que los contratos deben de ejecutarse de buena fe o, aún más, recogido en el artículo 72 de nuestra constitución cuando habla de que los derechos, deberes y garantías que la Carta Magna define, no excluye a los otros que son inherentes a la personalidad humana y a la forma republicana de gobierno, obligándose en cuanto Estado a actuar buena fe con sus administrados.

Asimismo, a la buena fe se le agrega el principio de Pacta Sunt Servanda, que establece que los acuerdos o pactos son para ser cumplidos y su válvula de escape, denominada cambio de circunstancias (Rebus Sic Stantibus), que puede transformar o variar esa voluntad reflejada en un compromiso asumido de buena fe para ser cumplido.

En nuestra vida cotidiana estos principios generales del Derecho son cotidianos, es cumplir la palabra empeñada, es dar la palabra como elemento primordial para un acuerdo entre personas hasta el argumento para no poder acceder a tal o cual solicitud.

En los años de vida profesional, y por mi trabajo, hacemos del uso de estos principios generales del derecho un sacramento, tanto a la hora de creer en el informe sanitario de un lote de novillos ofrecidos por un consignatario de ganado, como por los antecedentes en la rotación agrícola de un campo a la hora de poder arrendarlo o creer en las horas trabajadas de un tractor usado que está a la venta.

Usted también, porque si compra un auto usado teóricamente bien mantenido y se le funde a la hora de firmar la transferencia, le ganara ese juicio al vendedor que no actuó de buena fe.

Llevemos esta introducción tediosa al terreno político, donde conviven a diario diferencias radicales desde el punto de vista de las ideas, pero que por la salud del sistema deben de ser limadas para tener una mejor calificación democrática.

Ahí veremos discusiones serias, discusiones bizantinas (sobre el sexo de los ángeles) y veremos discusiones sin buena fe. ¿Cuáles son estas últimas? Aquellas manifiestamente contradictorias con los antecedentes de quienes las pronuncian, o aquellas que aprovechan una circunstancia excepcional para medrar sobre las intenciones de la contraparte.

Dos ejemplos: ¿una dura discusión presupuestal con un sindicato enardecido que pide más presupuesto es de buena fe? Probablemente sí, porque el gremio tiene derecho a defender sus intereses corporativos. Una exigencia de diálogo antecedida de duros adjetivos, de cacerolazos y de acusaciones de gobernar escondidos no pareciera ser un acto que de buena fe ni tampoco que lleve a conseguir el dialogo pedido, sino más bien todo lo contrario. El mejor ejemplo de la no buena fe es decir reducir la movilidad y no votar la prohibición de las aglomeraciones.

Esa es la realidad que atraviesa nuestro país en el mes más trágico de los últimos 40 años, donde convivimos con un mundo de posverdad donde al gobierno se le acusa de insensible, veraneante, irresponsable, avaro con las necesidades populares o surfista.

La realidad es muy diferente, desde el 13 de marzo del 2020 está convocada la oposición para informarla sobre la pandemia. Ha habido hasta un exceso de conferencias de prensa donde toda la ciudadanía conoce in extremis la posición del Ejecutivo en todas las áreas relativas al combate del Covid-19, tanto en lo económico, sanitario, social, educativo o laboral. Hay una información milimétricamente exacta del número de infectados, de las personas en tratamiento intensivo, de fallecidos, departamento por departamento, que solo se ha visto afectada en los últimos días por un retraso de los resultados de test, que de todas formas se incluyen en los reportes. Lo mismo pasa con la vacunación, casi que online se puede conocer el impacto de esta medida en cada rincón del país.

El presidente y sus voceros han comentado hasta el hartazgo aquellas medidas propuestas por la oposición y por algunos actores sociales o sindicales que no está en condiciones de llevarlas adelante y, por si fuera poco, gran parte de todas las iniciativas para contrarrestar la pandemia proviene de un maravilloso grupo de científicos que actúan con total independencia política y en la más absoluta de las libertades a la hora de manifestarse públicamente.

Por tanto, es falso que falta información y, más falso aún, que el gobierno está encerrado en sí mismo sin escuchar fuera de su círculo íntimo. Un estudiante de primero de Ciencias de la Comunicación lo puede comprobar con extrema facilidad.

Si es cierto que hay voluntad de blindar abril, dejemos la ocurrencia oportunista para después, actuemos de buena fe, no con el gobierno, sino con la población que estará muy afectada este otoño y dejemos el perfilismo para cuando la población esté debidamente inmunizada.

En esta guerra como en todas, habrá héroes y villanos, por respeto a los caídos, dejemos que sea el tiempo quien los determine.

ESCRIBE

Sebastián Da Silva

Siempre vinculado al mundo del campo, hoy es senador del Partido Nacional, por el sector Espacio 40, director de Da Silva Agroinmuebles y C.E.O de Don Augusto Agro Uruguay. Una frase que lo define: Siempre en el camino, nunca en la posada.

Ver todas las columnas