Ernesto Fernández Polcuch*
La reciente incorporación del Geoparque Mundial de la Unesco Manantiales Serranos, en Lavalleja, marca un hito para Uruguay. El país suma su segundo geoparque junto al Geoparque Mundial Grutas del Palacio, en Flores, ampliando su capacidad de integrar conservación, turismo sostenible, educación, cultura, ciencia y participación comunitaria bajo una misma visión estratégica de desarrollo local.
En un mundo donde las economías locales enfrentan desafíos crecientes —disminución de la población rural, pérdida de identidad, crisis climática y concentración económica— los geoparques aparecen como plataformas concretas para pensar otra relación entre territorio y desarrollo.
Los geoparques Unesco son territorios vivos que integran protección, educación y desarrollo sostenible. Esta definición institucional revela algo mucho más profundo: una filosofía territorial que coloca a las comunidades en el centro, estableciendo un diálogo entre geodiversidad, biodiversidad, diversidad cultural, y desarrollo sostenible.
Funcionan desde una lógica “de abajo hacia arriba”, involucrando gobiernos locales, universidades, operadores turísticos, productores, escuelas, emprendedores y organizaciones sociales. Allí radica gran parte de su potencia transformadora.
En el caso de Manantiales Serranos, el reconocimiento internacional otorgado por la Unesco el 15 de abril de 2026 consolida un proceso de años impulsado por la Intendencia de Lavalleja, la Universidad de la República, el Ministerio de Educación y Cultura, comunidades locales, actores privados y múltiples organizaciones territoriales.
Abarca más de 2.000 km² e integra sitios emblemáticos como Minas, Villa Serrana, Solís de Mataojo y el Cerro Arequita. Allí conviven nacientes de agua estratégicas para el país, serranías milenarias, biodiversidad, arquitectura patrimonial, turismo de naturaleza, producción local y memoria cultural.
Uno de sus elementos más relevantes es que las nacientes del río Santa Lucía —ubicadas dentro del geoparque— abastecen de agua potable a más del 60% de la población uruguaya. Esto transforma al geoparque no solo en un espacio turístico o patrimonial, sino también en una pieza estratégica para la seguridad hídrica nacional.
Pero quizás el aspecto más interesante de los geoparques sea su capacidad para generar nuevas economías locales.
Durante años, muchas regiones rurales de América Latina se sentían obligadas a elegir entre conservación o desarrollo. Los geoparques rompen esa falsa dicotomía. Demuestran que proteger el patrimonio natural puede ser también una estrategia económica.
El geoturismo sostenible impulsa nuevos circuitos gastronómicos, alojamientos, producción artesanal, rutas interpretativas, educación ambiental y cadenas de valor vinculadas a la identidad territorial.
Y eso ya empieza a verse en Lavalleja.
Villa Serrana, por ejemplo, se consolida como un geositio de enorme potencial turístico y cultural, integrando paisaje, arquitectura y naturaleza como parte de una experiencia territorial singular. El Cerro Arequita, con su bosque de ombúes, sus cuevas y su valor geológico y biológico, representa otro nodo clave de atracción científica, educativa y turística.
Manantiales Serranos se incorpora a las Rutas Unesco Uruguay que conectan geoparques, reservas de biosfera, sitios de patrimonio mundial, ciudades creativas y expresiones de patrimonio cultural inmaterial, reconocidas por la Unesco, en 11 departamentos del Uruguay.
Los geoparques no solamente protegen rocas, grutas, vertientes y paisajes. Generan nuevos medios de vida. Generan sentido de pertenencia. Reconectan a las personas con su territorio. La Unesco lo plantea con claridad cuando señala que estos espacios permiten comprender el vínculo entre el patrimonio geológico y el legado cultural, natural e inmaterial de las comunidades.
En tiempos donde el mundo tiende hacia la fragmentación social y a profundizar la crisis ambiental, esto no es menor.
Porque los geoparques funcionan también como verdaderos laboratorios territoriales. Espacios donde se ensayan nuevas formas de gobernanza local, participación comunitaria y articulación entre ciencia y ciudadanía.
La gran pregunta que queda hacia adelante es cómo medir con mayor precisión esos impactos.
¿Cómo cuantificar el efecto económico del geoturismo en pequeños emprendimientos locales? ¿Cómo medir el impacto educativo de integrar patrimonio y ciencia en escuelas rurales? ¿Cómo evaluar el fortalecimiento de la identidad comunitaria o la valorización cultural que generan estos procesos? ¿Cómo incorporar métricas sobre resiliencia climática, empleo verde o innovación territorial?
Ese probablemente sea el próximo gran desafío para Uruguay y para la propia Red Mundial de Geoparques.
Los geoparques ya demostraron que pueden generar desarrollo; el desafío ahora es contar con mejores herramientas para medirlo y transformarlo en evidencia sólida para las políticas públicas. Pero incluso antes de esas métricas, resulta claro que los territorios que protegen su patrimonio activan a sus comunidades y construyen economías sostenibles alrededor de su identidad, son los que tienen mayores posibilidades de proyectarse hacia el futuro.
Y hoy Uruguay, con dos geoparques mundiales reconocidos por la Unesco, se posiciona precisamente en ese camino.
* Ernesto Fernández Polcuch es director regional de Unesco en Montevideo.