Opinión | Los debates que postergamos sobre nuestra educación (II)
El currículo que todavía no nos animamos a discutir.
Gonzalo Baroni
Oriental. Sumando desde la educación. Formado también en economía, desarrollo y políticas públicas. Fue director nacional de Educación y docente universitario. Fue asesor en el Parlamento y el Congreso de Intendentes, docente en educación secundaria y no formal, e integrante del cogobierno universitario. Twitter: @BaroniGonzalo
Hace unos días sostuve en esta misma columna que el gran ausente del debate sobre la competitividad era la educación. Que mientras discutimos sobre impuestos, tarifas o salarios, dejamos de lado el factor que determina con mayor fuerza la capacidad de Uruguay para crecer durante las próximas décadas: el desarrollo del talento de su gente.
Pero aceptar esa premisa nos obliga a dar un paso más. Si la educación es una política de competitividad, entonces la pregunta ya no es únicamente cuánto invertimos o cómo organizamos el sistema. La pregunta realmente importante es otra.
¿Qué deberían aprender hoy los niños que ingresan a la escuela para desenvolverse con éxito en el mundo del 2030 o 2040?
La respuesta puede parecer obvia. Sin embargo, el país prácticamente no la discute.
Cada generación termina enseñando, en buena medida, aquello que aprendió de la generación anterior. El currículo (es decir, el programa que establece lo que se enseña en las aulas) cambia lentamente. Incorpora temas nuevos, elimina algunos contenidos, reorganiza asignaturas. Pero, en esencia, mira más hacia el pasado que hacia el futuro. Y ese es uno de nuestros mayores problemas.
Mientras el mundo debate cómo convivir con la inteligencia artificial, cómo preparar a las personas para empleos que todavía no existen o cómo fortalecer las capacidades humanas que las máquinas difícilmente puedan sustituir, nosotros seguimos dedicando buena parte de la discusión educativa a asuntos administrativos o corporativos focalizados en los sindicatos y sus intereses, que generalmente no están en sintonía con la calidad educativa.
El currículo escolar no es un documento técnico reservado para especialistas. Es la definición más concreta del proyecto de país que una sociedad tiene para las próximas dos décadas.
Cada contenido que permanece o desaparece del currículo refleja una decisión sobre qué conocimientos consideramos valiosos. Cada competencia que promovemos expresa una idea sobre el tipo de ciudadano, trabajador y persona que esperamos formar.
Por eso sorprende que una discusión de semejante trascendencia ocurra casi siempre entre expertos y muy pocas veces se transforme en un verdadero debate nacional.
El profesor emérito estadounidense Eric Donald Hirsch lleva décadas insistiendo en una idea tan simple como provocadora: las competencias no pueden desarrollarse en el vacío. El pensamiento crítico, la creatividad o la capacidad de resolver problemas no aparecen por generación espontánea. Necesitan apoyarse sobre un sólido conocimiento del mundo. Nadie puede analizar críticamente aquello que desconoce.
En la misma línea, el psicólogo cognitivo Daniel Willingham, de la Universidad de Virginia y autor del libro ¿Por qué a los estudiantes no les gusta la escuela?, recuerda que el conocimiento no es el enemigo del pensamiento. Es su condición de posibilidad. Cuanto más sabe una persona, más capaz es de comprender situaciones nuevas, establecer relaciones complejas y aprender con mayor rapidez. Esta afirmación resulta particularmente relevante porque durante años el debate educativo presentó una falsa dicotomía entre enseñar contenidos o enseñar competencias.
Como si hubiera que elegir entre una cosa y la otra. Como si memorizar hechos fuera incompatible con desarrollar pensamiento crítico. Como si aprender matemáticas, historia o ciencias atentara contra la creatividad. ¡No es cierto!
La investigadora y educadora británica Daisy Christodoulou ha mostrado con claridad cómo muchas reformas educativas confundieron el objetivo con el camino. Las competencias importan, pero solo pueden consolidarse cuando descansan sobre conocimientos profundos y estructurados. Pretender enseñar pensamiento crítico sin conocimientos es tan difícil como enseñar a jugar ajedrez sin conocer las reglas.
Paradójicamente, esa misma conclusión aparece también en quienes suelen asociarse con una educación orientada hacia el futuro.
Andreas Schleicher, director de Educación de la OCDE y responsable de PISA, dice que el desafío no consiste en abandonar los contenidos tradicionales, sino en lograr que los estudiantes sean capaces de utilizarlos para resolver problemas nuevos, interpretar información compleja, trabajar colaborativamente y adaptarse a un mundo en permanente transformación.
No se trata de enseñar menos conocimientos. Se trata de enseñar mejores conocimientos y de utilizarlos de otra manera.
La irrupción de la inteligencia artificial vuelve esta discusión todavía más urgente. Cuando cualquier estudiante puede obtener información en segundos, memorizar deja de ser suficiente. Pero también ocurre algo menos evidente. Cuando cualquier estudiante puede pedirle respuestas a una inteligencia artificial, distinguir una buena respuesta de una mala dependerá, precisamente, de cuánto sabe esa persona sobre el tema.
La inteligencia artificial no reduce la importancia del conocimiento. La aumenta. Porque solo quien comprende un problema puede formular buenas preguntas, detectar errores, cuestionar argumentos o utilizar la tecnología con criterio.
Ha llegado el momento de que Uruguay se anime a discutir el currículo con la misma profundidad con la que discute una reforma tributaria o una estrategia de inserción internacional. No para convertir la educación en una herramienta exclusivamente económica. Sino porque el currículo expresa mucho más que un plan de estudios. Expresa la idea de país que queremos construir.
Los niños que comenzaron este año la escuela terminarán su educación obligatoria alrededor de 2040. El Uruguay que encontrarán dependerá, en parte, de las decisiones económicas que tomemos hoy. Pero también dependerá de otra decisión, mucho menos visible y bastante menos discutida. La de qué decidimos enseñarles.
Porque el país del futuro no empieza cuando un joven consigue su primer empleo. Empieza el primer día de clase.
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