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Escribe Gonzalo Baroni

Opinión | Los debates que Uruguay posterga sobre educación (III)

¿Por qué seguimos enseñando como si internet no existiera?

22.09.2026 14:37

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Escribe Gonzalo Baroni

Gonzalo Baroni

Oriental. Sumando desde la educación. Formado también en economía, desarrollo y políticas públicas. Fue director nacional de Educación y docente universitario. Fue asesor en el Parlamento y el Congreso de Intendentes, docente en educación secundaria y no formal, e integrante del cogobierno universitario. Twitter: @BaroniGonzalo

Hoy un adolescente lleva en el bolsillo acceso a más información de la que hubiera podido consultar una persona durante toda su vida hace apenas algunas décadas. Puede traducir un texto en segundos, recorrer virtualmente un museo en otro país, consultar una biblioteca al otro lado del mundo o preguntarle a una inteligencia artificial cómo resolver una ecuación.

Con todo ello, buena parte de nuestra educación sigue funcionando como si Internet no existiera.

La reacción más sencilla frente a esta afirmación sería concluir que la escuela debe enseñar menos conocimientos. Si toda la información está disponible en Google, y ahora también en los modelos de lenguaje con IA, ¿para qué aprender lo que podemos consultar en segundos?

Precisamente porque tenemos acceso a una cantidad prácticamente infinita de información, necesitamos saber más.

Tener información no es saber

Esta distinción debería ocupar un lugar central en el debate educativo. Internet resolvió extraordinariamente bien un problema de acceso a la información, pero generó otras aristas.

¿Cómo sabemos si aquello que encontramos es cierto? ¿Cómo distinguimos evidencia de opinión? ¿Cómo reconocemos una fuente confiable? ¿Cómo nos damos cuenta que una respuesta aparentemente convincente es falsa? ¿Cómo relacionamos una información nueva con aquello que ya conocemos? Para hacer todo eso necesitamos conocimiento.

Daniel Willingham, psicólogo cognitivo y profesor de la Universidad de Virginia, ha insistido durante años en una idea que parece contradictoria con el mundo digital: para pensar bien necesitamos saber cosas. No podemos tercerizar completamente nuestro conocimiento en plataformas.

Cuando leemos un texto, nuestro cerebro no consulta permanentemente una enciclopedia externa. Lo comprende relacionando lo que está leyendo con aquello que ya tiene almacenado en la memoria. Cuanto mayor es nuestro saber previo sobre un asunto, mayores son nuestras posibilidades de comprenderlo, interpretarlo y cuestionarlo.

El investigador Eric D. Hirsch llevó este argumento todavía más lejos. Su trabajo sobre alfabetización cultural parte de una premisa básica: entender el mundo requiere disponer de un conjunto amplio de referencias, conceptos y conocimientos compartidos.

La paradoja de Internet es entonces fascinante. Nunca tuvimos tanta información disponible y, al mismo tiempo, nunca fue tan importante dominar herramientas intelectuales para discriminarla.

El problema ya no es encontrar una respuesta

Durante años enseñamos a nuestros estudiantes a encontrar respuestas. Quizás deberíamos empezar a dedicar bastante más tiempo a enseñarles cómo hacer mejores preguntas. Porque el mundo actual está cambiando el valor relativo de distintas capacidades.

Encontrar la capital de un país lleva segundos. Memorizar una fecha histórica puede parecer menos importante cuando está disponible inmediatamente en un buscador. Resolver operaciones sencillas puede hacerse en una calculadora.

Pero comprender por qué ocurrió un proceso histórico, interpretar un gráfico, detectar una manipulación estadística, construir un argumento o decidir si una afirmación tiene sentido continúa exigiendo criterio, algo insustituible.

Y el criterio tampoco aparece espontáneamente. Se construye con conocimiento, práctica y experiencia. Esto debería obligarnos a revisar una pregunta que aparece frecuentemente cuando discutimos educación: ¿para qué enseñamos algo que puede buscarse en Internet?

Quizás estemos formulando mal la pregunta. Entonces tal vez debería ser: ¿qué necesita saber una persona para poder utilizar inteligentemente todo aquello que puede encontrar en Internet?

Algo incómodo sobre las pantallas

Uruguay tiene razones para sentirse orgulloso de haber sido pionero en la incorporación de tecnología a la educación. El acceso universal a dispositivos y conectividad permitió reducir una brecha que en muchos países todavía persiste.

Pero haber sido pioneros también debería permitirnos discutir la siguiente etapa sin dogmas ideológicos. Porque acceder a tecnología no garantiza aprender más.

La evidencia internacional muestra que la tecnología puede potenciar determinados aprendizajes cuando existe un propósito pedagógico claro, pero también puede convertirse en una máquina de distracción.

El problema ya no es simplemente la brecha entre quienes tienen y quienes no tienen acceso.También existe una brecha entre quienes saben utilizar la tecnología para aprender y quienes son utilizados por ella para consumir. Está en las capacidades de quien lo utiliza.

La escuela tiene una nueva responsabilidad

Por eso, la respuesta educativa a lo digital no puede limitarse a poner más pantallas dentro de las aulas. Tampoco puede consistir simplemente en prohibirlas, como he mencionado en columnas anteriores. Necesitamos algo bastante más ambicioso: enseñar a vivir intelectualmente en un mundo conectado.

Eso significa aprender a buscar información. A contrastar fuentes, reconocer sesgos, diferenciar conocimiento de popularidad, comprender cómo funcionan los algoritmos que seleccionan aquello que vemos, identificar sesgos, sostener la atención durante períodos prolongados, y leer un texto complejo sin saltar a otra ventana después de treinta segundos.

La alfabetización hoy ya no consiste solamente en saber leer y escribir. También supone saber navegar un mar de información sin ahogarse en él.

Tenemos una ventaja, pero no alcanza.

Pocos países de nuestra región hicieron una apuesta por la inclusión digital tan temprana y ambiciosa como Uruguay. Pero la próxima frontera educativa no será repartir dispositivos ni conectar centros educativos, sino transformar la conectividad en conocimiento.

La inteligencia artificial acelera esta discusión. Si Internet puso millones de respuestas a nuestro alcance, la inteligencia artificial directamente nos las redacta y resuelve problemas.

Un estudiante ya no necesita buscar y copiar información de una página web. Hoy en día, ya puede pedir un ensayo, un resumen, una explicación o la resolución completa de un ejercicio.

Ya no es suficiente con preguntarnos si un estudiante encontró la respuesta correcta. Necesitamos saber si entiende por qué es correcta. Si puede detectar cuándo es falsa. Si podría defenderla. Si sabe relacionarla con otros conocimientos. Y, quizás lo más importante, si puede pensar cuando la pantalla está apagada.

Internet no hizo irrelevante la escuela, sino que la volvió más necesaria para una tarea diferente. Durante mucho tiempo, la escuela ayudó a resolver la escasez de información. Ahora deberá enseñar a sobrevivir a su abundancia.

Finalmente, el desafío ya no consistirá en conseguir información: consiste en convertirla en conocimiento. Y esa diferencia puede terminar definiendo qué jóvenes, y qué países están realmente preparados para el mundo que viene. Debemos construir el modelo de desarrollo que queremos.