Opinión | Las SAD: ¿ángeles o demonios?
El verdadero desafío no es elegir entre tradición o inversión privada. El desafío es lograr que clubes puedan crecer sin perder identidad.
13.05.2026 14:25
Desde hace algunos años, las sociedades anónimas deportivas (SAD) irrumpieron con fuerza en el fútbol uruguayo y cambiaron para siempre la realidad de muchos clubes.
El tema volvió a instalarse con fuerza este año a partir de dos casos emblemáticos. Uno aparece como bandera de quienes defienden las SAD; el otro, como ejemplo de sus riesgos.
Por un lado, Racing Club de Montevideo, la histórica Escuelita de Sayago, acaba de consagrarse campeón del Apertura 2026, superando ampliamente en puntos a los dos grandes del fútbol uruguayo. En 2021, en una asamblea muy disputada, sus socios aprobaron, por estrecho margen, transformarse en SAD y, tiempo después, llegaron inversiones vinculadas al FC Bayern Munich y a Los Angeles FC.
En la vereda opuesta aparece Rampla Juniors. El histórico club del Cerro también se transformó en SAD, con promesas de fuertes inversiones, contratación de figuras y crecimiento deportivo. Sin embargo, la realidad fue muy distinta: malas campañas, problemas económicos, descenso a la divisional C y promesas de capital que nunca llegaron. Hoy Rampla lucha incluso para poder afrontar sus deudas y competir.
Ahí aparece la gran pregunta: ¿las SAD salvan a los clubes o terminan poniendo en riesgo su identidad?
Uruguay fue pionero en Sudamérica al habilitar este régimen en 2001, a través de la ley nº 17.292, impulsada durante un gobierno del Partido Nacional, desde el entonces Ministerio de Deporte encabezado por Jaime Trobo, tomando como referencia el modelo español.
La idea parecía razonable: permitir el ingreso de inversiones privadas en instituciones deportivas históricamente golpeadas por problemas económicos y altos costos de funcionamiento.
Y es lógico que existan inversores interesados. Uruguay ofrece algo muy atractivo para el negocio del fútbol: una enorme capacidad de formación de talentos, costos relativamente bajos y un mercado internacional siempre atento al futbolista uruguayo. Además, los nuevos contratos de televisión y las competencias internacionales generan ingresos cada vez más relevantes.
Por eso el crecimiento de las SAD ha sido explosivo. Mientras que entre 2001 y 2015 se habían constituido apenas 20, desde 2016 hasta hoy se crearon más de 70 nuevas SAD. Actualmente existen más de 90 registradas en Uruguay y la mayoría están vinculadas al fútbol.
En la práctica, muchos clubes no desaparecen formalmente como asociaciones civiles, pero transfieren el “activo fútbol” a una SAD mediante contratos privados. Allí se ceden derechos deportivos, ingresos por televisión, transferencias de jugadores y explotación comercial, mientras el club mantiene la parte social e institucional.
El problema es que muchas veces esos acuerdos se firman en contextos de enorme necesidad económica. Y cuando la urgencia domina, los riesgos aumentan.
Porque no todas las SAD funcionan igual. Algunas profesionalizan la gestión, ordenan instituciones y mejoran la competitividad. Ahí están ejemplos como Montevideo City Torque, Boston River o Juventud de Las Piedras, compitiendo internacionalmente y creciendo deportivamente.
Pero también existen experiencias frustradas, promesas incumplidas y clubes que terminan debilitados cuando el negocio no funciona como esperaba el inversor.
Precisamente por eso, durante el período de gobierno 2020-2025 se impulsaron modificaciones legales relevantes para fortalecer los controles y proteger mejor a las instituciones deportivas.
La ley nº 20.212, aprobada en 2024, estableció mayores exigencias para los contratos de cesión de activos deportivos: amplias mayorías sociales para aprobarlos, obligación de establecer garantías, control de las federaciones respectivas y registro ante la Secretaría Nacional del Deporte.
Además, se incorporó a las SAD dentro de los sujetos obligados a reportar operaciones sospechosas vinculadas al lavado de activos, colocándolas en un plano de igualdad con las asociaciones civiles deportivas.
Otro cambio importante fue habilitar que los propios clubes puedan participar como accionistas de las SAD hasta en un 25% del capital accionario, permitiendo así conservar parte del control y de la injerencia sobre el llamado “activo fútbol”.
Eso fue un avance necesario.
Porque el verdadero desafío no es elegir entre tradición o inversión privada. El desafío es lograr que los clubes puedan crecer sin perder su identidad ni hipotecar su historia.
Las SAD no son, por sí mismas, ni ángeles ni demonios. Pueden ser una herramienta útil para profesionalizar el deporte y atraer recursos. Pero todo depende de quién invierte, qué condiciones se pactan y qué controles existen.
Los clubes uruguayos no solo administran balances. Administran historia, pertenencia, barrio, memoria y pasión popular.
Y cuando un club entrega el manejo de su fútbol, no está negociando solamente un activo económico: también está decidiendo qué parte de su identidad está dispuesto a ceder.

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