Por Ángel Arellano*
@angelarellano
Un chofer asesinó a un repartidor en el centro de Montevideo porque entendió que era la forma más civilizada de pagar su calentura por una disputa de tránsito. El señor, que no es un número más, sino una historia de vida y de superación, Juan Carlos Mendoza, 62 años, venezolano, residente en Uruguay desde hace una década, padre y trabajador, fue víctima de la intolerancia que campea en las calles y de la ausencia de autoridad para poner orden, controlar y garantizar un clima razonable de convivencia.
Juan Carlos se vino a Uruguay al igual que millones: huyendo del desastre y el espanto en que nos sumergió la dictadura. Poco a poco se trajo a su familia. Todos trabajando, dando lo mejor por este nuevo hogar.
Para la comunidad venezolana, que supera el 1% de la población de Uruguay, este crimen ha sido un hecho doloroso sobre el que exigimos todo el peso de la ley y no una puerta giratoria. Valoramos la captura rápida que se hizo del asesino luego de que se diera a la fuga, y las declaraciones del presidente Yamandú Orsi. Nos hacemos eco de sus palabras: “Cuando te lo cuentan no podés creer que eso nos esté pasando”. Sí presidente, nos está pasando, y mucho.
De los 10 años que tengo viviendo en Uruguay, 2026 ha sido por lejos el de mayor crispación sobre el deterioro generalizado de la ciudad en todos los ámbitos. La seguridad es lo principal, con un repunte estrepitoso de la sensación de peligro a contramano de las estadísticas optimistas que expone el gobierno. Todo lo inherente al espacio público, la vialidad, las calles y los servicios se han desgastado a un punto que estimula el enojo y eso se nota.
Desde luego que no es posible predecir qué conductor resultará un asesino. También es verdad que muchos motorizados hacen un uso irresponsable de la vía pública, al igual que muchos choferes, ciclistas, patineteros, peatones… Nadie se salva porque la posibilidad de que los detenga la policía o un inspector de tránsito es casi nula. Lo único que funciona, con pasmosa eficiencia, son los radares de velocidad que facturan millones. Del resto...
¿Por qué se ha expandido la sensación de impunidad? ¿Por qué un chofer se siente motivado a accionar así? ¿Por qué hay tanta violencia en las calles? ¿Hay alguien encargado de controlar esto?
Basta salir para notar que no hay patrullaje, control de tránsito, docenas de semáforos dañados y saturación de la vía pública. Los jerarcas de la Intendencia no lo han notado y tampoco tienen incentivos, porque aún sin hacer nada, sigue reeligiéndose. Esa falta de planificación y de acción, esa ausencia absoluta de autoridad en las calles, que además están sucias, grafiteadas, colmadas de desidia, son el clima ideal para la escalada de violencia que advierte el presidente.
Se han multiplicado quienes, con total impunidad, sabiendo que falta policía y que todo se diluirá en días de discusión banal en medios y redes, actúa en detrimento del otro. Esta ha sido la situación que hizo que la colectividad de repartidores llore a un compañero y padre de familia.
Se ha dicho hasta el agotamiento que Uruguay requiere de gente porque el desempeño demográfico es negativo. Sin embargo, ¿qué es lo que realmente se está haciendo para atraer personas a este país? ¿Cuál es la motivación de la natalidad con una ciudad a la que parece que le cayeron todas las plagas de Egipto?
Para quien es migrante, escribir sobre esto es doblemente difícil. Primero por lo emocional, lo que compromete saber que hay una familia, o cientos, o miles, que están en este instante angustiadas viendo cómo la inseguridad y el deterioro de todo cuanto uno ve al salir a la calle está mandando al traste la tranquilidad, y cómo la inacción se hizo la regla. A muchas de esas familias las carcome por dentro la decisión que tomaron a la hora de migrar y apostar por iniciar con sus vidas y sus mochilas de sueños pendientes en otro lugar muy lejos de casa.
Segundo, porque opinar de estas cosas siendo migrante te lleva directo a la grieta. Aparecerán entonces defensores del gobierno cuestionando cada palabra; detractores dándote la razón; y odiadores con su frase emblema: “Si no te gusta, te puedes ir”. ¿Esa es la solución?
La mayoría de quienes vivimos en Uruguay nos consideramos buenas personas. Cumplimos las reglas, aportamos y compartimos de alguna forma aquello que decía Facundo Cabral: “Si los malos supieran que buen negocio es ser bueno, serían buenos, aunque sea por negocio”. Sin embargo, los malos, aunque pocos, nos han jaqueado la tranquilidad y el gobierno habita una maraña de inacción. La autoridad, aunque con ingentes recursos y posibilidades, no ordena ni controla. Divaga, está ausente del foco y prioriza asuntos superfluos por encima de las prioridades de los ciudadanos.
¿Es prioritario que el jefe de Estado ante el desborde exacerbado de la violencia considere ir de viaje a una cumbre de presidentes afines ideológicamente en España para codearse con el presidente Sánchez al que lo abruman escándalos de corrupción en su entorno familiar y político?
¿Es necesario que el jefe del partido oficialista (FA) gaste tiempo y recursos en fotografiarse alegre con el dictador cubano cuando varias docenas de miles de inmigrantes en Uruguay huyeron de las atrocidades que ocurren en ese “faro de libertad”?
¿Hace falta que en una ciudad tan deteriorada como Montevideo el gobierno exhiba su escasa sintonía nacional/departamental invirtiendo meses de discusión etérea sobre la construcción de un túnel en una avenida que hoy es escenario de la decadencia social a la que nos llevó el consumo de drogas y otros males para evitar hablar de lo importante, por ejemplo, el control del tránsito y las mejoras en lo básico (calles, alumbrado, limpieza) que no pueden esperar más?
Este descargo es un llamado a la acción por parte de alguien que eligió Uruguay, que apuesta por Uruguay y que hace todo por este país del que se siente plenamente parte. Es, además, una forma de mostrar que la migración también padece los aciertos y penurias locales, porque también tenemos sangre, y porque también nos duele el abandono y la ausencia de autoridad en esta ciudad.
* Ángel Arellano es doctor en ciencia política y periodista. Profesor de la Universidad Católica del Uruguay. Presidente de la Cámara Venezolano Uruguaya.