AgregarSuscribite al canalWhatsApp AgregarAgreganos en GoogleGoogle

Escribe Nicolás Guillenea Mármol

Opinión | La seguridad no puede acostumbrarse al horror

La seguridad pública debe dejar de discutirse exclusivamente desde la coyuntura para convertirse en una verdadera política de Estado.

05.08.2026 13:40

Lectura: 4'

Compartir en
Imagen de columnista
Escribe Nicolás Guillenea Mármol

Nicolás Guillenea Mármol

Nicolás Guillenea Mármol nació el 5 de marzo de 1987 en Montevideo. Fue Director de Seguridad y Convivencia de la Intendencia de Canelones durante la gestión de Yamandú Orsi y actualmente es diputado suplente para el período 2025-2030. Desarrolla actividad en el ámbito privado asesorando empresas en materia de seguridad, convivencia y vínculos internacionales. En el ámbito deportivo participa activamente de la vida política y social del fútbol uruguayo, especialmente vinculado a Peñarol. Escribe sobre seguridad y convivencia, deporte, política territorial y realidad social.

Si hay algo que mantuve con absoluta coherencia a lo largo de los años fue mi postura sobre la seguridad pública. Lo sostuve cuando el gobierno era otro y lo sostengo exactamente igual hoy.

Durante mucho tiempo advertí sobre un problema del que poco se hablaba: la enorme cifra negra del delito que existe en Uruguay. Es decir, la inmensa cantidad de hechos delictivos que nunca llegan a denunciarse y que, por lo tanto, jamás forman parte de las estadísticas oficiales. Delitos que quedan invisibilizados, pero que condicionan la vida cotidiana de miles de uruguayos.

Esa cifra negra no ha desaparecido. Muy por el contrario, todo indica que continúa creciendo. Y mientras eso ocurra, cualquier análisis que se limite únicamente a los números oficiales estará mostrando apenas una parte de la realidad.

Siempre sostuve que las estadísticas son una herramienta necesaria, pero nunca pueden transformarse en un fin en sí mismas. Los números pueden subir o bajar, pero la verdadera pregunta sigue siendo otra: ¿los uruguayos viven más tranquilos? ¿Se sienten más seguros? ¿Pueden desarrollar su vida cotidiana sin miedo?

Porque no hay indicador estadístico capaz de medir la angustia de una madre cuando su hijo demora en llegar a su casa. No existe porcentaje que refleje el temor de un comerciante que baja la cortina mirando permanentemente hacia atrás. No hay planilla que registre el miedo de una familia que escucha una balacera a pocos metros de su vivienda.

Mi mayor preocupación, y también mi mayor advertencia durante todos estos años, era que los uruguayos termináramos acostumbrándonos al horror. Que las balaceras, los homicidios múltiples, el narcotráfico instalado en nuestros barrios y la violencia extrema dejaran de conmovernos para convertirse simplemente en un titular más.

Lamentablemente, ese momento llegó.

Hoy abrimos cualquier portal de noticias y vemos asesinatos, enfrentamientos armados, ejecuciones, ajustes de cuentas o personas inocentes alcanzadas por la violencia con una naturalidad que hace algunos años nos hubiera parecido impensable. Lo más grave no es solamente que estos hechos ocurran. Lo verdaderamente preocupante es que comiencen a dejar de sorprendernos.

No escribo estas líneas para responsabilizar a un gobierno en particular ni para transformar un tema tan delicado en una discusión partidaria. La inseguridad no reconoce colores políticos. Las víctimas tampoco.

Pero sí creo que debemos asumir que Uruguay enfrenta un fenómeno criminal mucho más complejo que hace dos décadas. El crimen organizado y el narcotráfico modificaron las formas de violencia y exigen respuestas diferentes, más inteligentes y sostenidas en el tiempo.

La solución tampoco puede reducirse a endurecer penas o aumentar patrullajes cada vez que ocurre un hecho grave. La criminología moderna demuestra que ninguna sociedad obtiene resultados duraderos si no trabaja simultáneamente sobre tres pilares: la prevención, la persecución inteligente del delito y la recuperación de los territorios donde el Estado perdió presencia.

Uruguay necesita fortalecer la inteligencia y la investigación criminal para desarticular organizaciones y no solamente detener ejecutores. Necesita una coordinación cada vez más eficiente entre Policía, Fiscalía y Poder Judicial. Necesita intervenir tempranamente en los contextos donde el delito continúa reclutando jóvenes y recuperar los barrios donde el narcotráfico ha logrado instalar reglas propias.

También es imprescindible mejorar la forma en que evaluamos la realidad criminal, incorporando la cifra negra del delito y las encuestas de victimización como herramientas permanentes de medición. Gobernar únicamente sobre la base de las denuncias registradas puede llevar a diagnósticos incompletos y, por ende, a políticas públicas insuficientes.

La seguridad pública debe dejar de discutirse exclusivamente desde la coyuntura para convertirse en una verdadera política de Estado, con objetivos claros, evaluación permanente y continuidad más allá de los cambios de gobierno.

Porque mientras los uruguayos sigan teniendo miedo, mientras miles de delitos continúen sin denunciarse y mientras el horror siga ocupando un lugar cotidiano en nuestras vidas, no habrá estadística capaz de convencernos de que el problema está resuelto.

El verdadero éxito no será cuando una planilla muestre mejores números.

Será cuando los uruguayos vuelvan a vivir sin miedo.