La película Brazil de Terry Williams (1985), inspirada en las imaginaciones futuristas lúgubres y angustiantes de George Orwell de 1984, y una de las 100 mejores películas de la historia según las revistas Time y Empire, tenía una escena que para un publicitario que era embrionario en el 85, resultaba muy opresiva: en un momento de su huída en ese mundo nefasto y gris, Sam Lowry, enamorado hasta el infinito de una mujer angelical escapaba en un camión con ella al volante. Pero lo onírico de esta visión del protagonista no lograba un paisaje mejor para su sueño que una autopista flanqueada por una faja infinita de carteles publicitarios inmundamente básicos que a ambos lados de la vía no le permitían ver más allá de la propia ruta. Las vallas publicitarias no dejaban ni un resquicio al paisaje natural que inexistía detrás.

Bueno, "vapaí" (Perdón por el lunfa de "para ahí vamos", pero amerita la expresión)

Hacía mucho que no iba a Punta del Este por la insoportable Ruta Interbalnearia (Pobre Líber Seregni, qué flaco favor a su memoria nominar a esta calle con peajes en su honor).

Trato de ir por otro lado que de momento es la combinación de R101+R8+R9 y que a pesar de parecer una ecuación de segundo grado, es un camino mucho más amable que la prolongación de una calle del salvaje Canelones de Ciudad de la Costa. (Salvaje porque es evidente la falta de normas urbanísticas y de todo tipo que han permitido el crecimiento de la mayor expresión de anarquía urbana antiestética nacional después del Chuy). La calle-carretera, además de construcciones habitacionales (residenciales no aplica, es otro nivel) y comerciales que construyen una emoción parduzca para el menos sinestésico de los humanos, tiene innumerables cruces, porque huérfana como decíamos de normativa que se lo impidiera, le brotó población sin interrupción a sus dos veras, con lo que el cruce de un lado al otro de la vía es continuo e infinito, por tantos puntos como puntos tiene la línea recta de su diseño.

Pero no tenemos fronteras internas para el mal gusto (Atento, Punta del Este, vapaí). Ahora lo que le brota con aceleración desde el verde de la pradera que raya la ruta (verde luego del último semáforo, porque antes está la civilización orgánica que mencionaba que es como Atila el de los hunos), son unos hongos de colores la mayoría tóxicos, que llamamos carteles ruteros. Sin pensamiento publicitario, ni creatividad, ni ingenio, ni diseño, ni sorpresa, ni recato, ni respeto por el paisaje por supuesto, ni vigilancia de la seguridad vial, por favor.

De calidad precaria desde todo punto de vista (incluida la calidad que debería asegurar que no se vuelen en temporales como hacen de a dos o tres cada vez que nos cruza uno) son como avisitos baratitos de un diarito barrial gigante que se cayeron del cielo a la rutita.

Es evidente que el uso de este medio es muy barato. Lo delata la dimensión de los anunciantes que convoca, los mensajes que despliega y la falta de calidad publicitaria de éstos, la superpoblación a ambos lados de la ruta y algún dato folclórico como que más de un anunciante se dé el gusto -cometa la tropelía- de crear secuencias encadenadas de carteles que por cientos de metros acompañan el viaje acuchillando el paisaje con hojas de lata ploteadas de 12 x 4 m. con pretensión poética o sensible, tal vez juntando infinitivos parar narrar la epopeya de una empresa que bien podría terminar con un adecuadísimo infinitivo "Aburrir". Los secuenciales son la puntilla de la seguridad vial (sin sacar su protagonismo a los super catalizadores de accidentes que son los semáforos) y del paisaje de la R-IB Líber Seregni. Porque pretenden crear mensajes codificados cuyo significado se completa con la lectura completa del conjunto de carteles. (En realidad si generaran algún interés por su lectura serían realmente peligrosos, pero no).

Y para colmo un cartel nos dice con sorna "Tratá de no verme" (y pone un celular para que lo contraten). Podría decir: "Mirá qué horrible soy" o "¿A que rompo bien las pelotas?"

Creo que la novela de Orwell esbozó posibilidades ominosas de futuro que no cuajaron (o aún no), pero Brazil resultó extraordinariamente profética y muchos de los planteos que hace 35 años parecían pinceladas surrealistas de una distopía tragicómica, guardan mucho parecido con fealdades grotescas de una realidad a la que nos hemos acostumbrado hoy. Algunos más graves y profundos, planteados con algunas diferencias pero muy certeramente, como es el conocimiento y control pleno de hasta la más profunda intimidad de nuestra individualidad. Y otros más superficiales pero más cercanos a la apariencia de nuestra escena de hoy, como la trivialidad de pequeñas pantallas salpicando el entorno humano, sobreinformando sin cesar, o la publicidad incesante y omnipresente a un grado que alcanza a ser polución. Publicidad que se autocensura por exceso.