Contenido creado por Gonzalo Charquero
Mario Colman

Escribe Mario Colman

Opinión | La política exterior uruguaya: la irrelevancia como doctrina

Todo impecable. Todo inofensivo. Mientras tanto, el poder global opera con otras reglas y otros tiempos.

12.01.2026 16:07

Lectura: 3'

2026-01-12T16:07:00-03:00
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Uruguay insiste en una política exterior basada en la corrección moral mientras el poder global opera con otras reglas. Defender principios sin capacidad real de incidencia puede tranquilizar conciencias, pero no cambia los hechos. La pregunta ya no es si tenemos razón, sino si importamos.

Uruguay sigue presentándose en el mundo como un actor moralmente confiable, jurídicamente prolijo y diplomáticamente previsible. El problema es que el mundo dejó de premiar esas virtudes cuando no vienen acompañadas de capacidad real de incidencia. Hoy, más que una política exterior, administramos una autoimagen.

El derecho internacional clásico —no intervención, solución pacífica de controversias, universalismo de los derechos humanos— sigue siendo el idioma preferido de nuestra Cancillería. Comunicados medidos, votos “equilibrados”, llamados al diálogo, preocupación institucional. Todo impecable. Todo inofensivo. Mientras tanto, el poder global opera con otras reglas y otros tiempos.

Las grandes potencias ya no simulan. Estados Unidos, China y Rusia no discuten principios: discuten intereses. Seguridad, recursos, control estratégico. En ese contexto, escandalizarse por figuras como Donald Trump es perder el foco. Trump no rompió el orden internacional: dijo en voz alta lo que ese orden ya no era. La hipocresía no se terminó; se volvió explícita.

Uruguay, en cambio, sigue actuando como si el multilateralismo fuera una herramienta efectiva y no, en muchos casos, un escenario ceremonial. La OEA, la ONU y hasta el Mercosur se han convertido en espacios donde se condena mucho y se cambia poco. Y nuestra diplomacia sigue apostando a esos foros como si el problema fuera de volumen retórico y no de correlación de fuerzas.

Venezuela es el caso testigo de ese fracaso.

Años de declaraciones, misiones, resoluciones, diálogos promovidos y votos cuidadosamente calibrados. ¿El resultado? Una dictadura más consolidada, millones de exiliados, presos políticos, muertos, y una región que se acostumbró a convivir con el desastre mientras lo “lamenta profundamente”. Uruguay condenó, exhortó, expresó preocupación. El régimen sobrevivió.

Parte del problema es una ficción cómoda: creer que el posicionamiento moral equivale a influencia política. No lo es. También es cómodo confundir prudencia con neutralidad y neutralidad con virtud. A veces no es equilibrio: es miedo a incomodar. Y otras veces es algo peor: resignación elegante.

Conviene decirlo sin rodeos: es legítimo alegrarse cuando cae un dictador. No hay obligación ética de moderar la emoción frente al fin de un poder criminal. Pero esa alegría no reemplaza la política. Celebrar finales sin haber incidido en el proceso es una forma de consuelo, no de eficacia.

El mundo funciona hoy con una lógica brutal pero clara:

• Ucrania, Taiwán, Venezuela: escenarios distintos, misma regla.

• Derecho para los débiles, excepciones para los fuertes.

• Derechos humanos como discurso, poder como práctica.

Uruguay puede —y debe— seguir defendiendo principios. Pero no puede seguir fingiendo que eso alcanza. Defender derechos humanos sin herramientas para respaldarlos no es liderazgo moral: es testimonio. Y el testimonio no incomoda a nadie que detente poder real.

La tradición diplomática uruguaya fue respetable cuando supo combinar principios con lectura estratégica del mundo. Cuando se limita a votar bien, hablar correcto y no molestar a nadie, deja de ser política exterior y pasa a ser gestión de la irrelevancia. En el mundo que existe —no en el que quisiéramos— la buena conciencia no sustituye a la decisión. Y la irrelevancia, por prolija que sea, también es una forma de elección.