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Escribe Aldo Lamorte

Opinión | La laicidad no es silencio: es libertad

La laicidad uruguaya nunca significó negar el hecho religioso ni excluir de la vida pública a quienes representan convicciones espirituales.

15.07.2026 12:02

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Escribe Aldo Lamorte

Aldo Lamorte

Diputado (s) por el Partido Nacional, Unión Cívica. Arquitecto, empresario, consejero de nómina de gobierno de Italia en el Consejo General de los Italianos en el Exterior.

Ante las opiniones contrarias a la posibilidad de que Su Santidad el Papa León XIV sea invitado a dirigirse a la Asamblea General durante su futura visita al Uruguay, la Unión Cívica considera oportuno expresar su posición.

Nuestro país ha construido una sólida tradición republicana y un Estado laico que merece ser preservado y defendido. Pero la laicidad uruguaya nunca significó negar el hecho religioso ni excluir de la vida pública a quienes representan convicciones espirituales de millones de personas. Por el contrario, la verdadera laicidad garantiza la libertad de conciencia, el respeto a todas las creencias y la posibilidad de que todas las voces puedan ser escuchadas en un marco de igualdad y respeto.

Uruguay no nació de espaldas a sus raíces cristianas. Buena parte de los valores que dieron forma a nuestra nacionalidad fueron forjados sobre una matriz cultural profundamente inspirada en el cristianismo: la dignidad de la persona humana, la solidaridad con el más débil, la defensa de la familia, la educación, la promoción de la paz, el respeto por la vida y la búsqueda permanente del bien común.

La propia historia nacional da testimonio de esa herencia. Desde las primeras misiones evangelizadoras y la fundación de nuestras ciudades, hasta la obra educativa, sanitaria y social desarrollada durante siglos por la Iglesia y numerosas congregaciones religiosas, el cristianismo ha sido parte inseparable de la construcción del Uruguay moderno. Muchas de las instituciones de asistencia social, hospitales, colegios y obras de caridad que marcaron nuestra historia nacieron inspiradas por el Evangelio y por el compromiso con los más necesitados.

La separación entre la Iglesia y el Estado, consagrada constitucionalmente hace más de un siglo, lejos de negar esa historia, estableció un marco de independencia institucional y de respeto recíproco. La laicidad uruguaya no fue concebida para expulsar las expresiones religiosas del ámbito público, sino para asegurar que ninguna creencia fuera impuesta y que todas pudieran desarrollarse en libertad.

Por ello, invitar al Santo Padre a la Asamblea General no implica otorgar privilegios confesionales ni alterar la independencia entre el Estado y las instituciones religiosas. Significa reconocer la relevancia de una figura de dimensión mundial cuyo mensaje trasciende a los católicos y se proyecta sobre valores universales como la paz, la justicia, la dignidad humana, la fraternidad, la solidaridad y el diálogo entre los pueblos.

A lo largo de la historia, el Parlamento uruguayo ha recibido a jefes de Estado, premios Nobel, líderes internacionales y representantes de diversas tradiciones culturales y religiosas. Resultaría difícil sostener que abrir las puertas al Obispo de Roma, líder espiritual de más de mil millones de personas, contradiga nuestra tradición democrática. Por el contrario, constituye una expresión de apertura, pluralismo y madurez institucional.

Desde la Unión Cívica, partido de inspiración socialcristiana con más de 140 años de historia al servicio de la República, reafirmamos que la democracia se fortalece cuando todas las voces pueden expresarse libremente y cuando el diálogo prevalece sobre la intolerancia. La libertad religiosa forma parte de los derechos humanos fundamentales y constituye uno de los pilares de toda sociedad verdaderamente democrática.

El Papa León XIV se ha convertido en una voz de referencia internacional en favor de la paz, especialmente en un mundo atravesado por guerras, violencia, crisis humanitarias y crecientes fracturas sociales. Escuchar su mensaje en el recinto de la Asamblea General sería un gesto de respeto hacia millones de creyentes, pero también una oportunidad para que el Uruguay reafirme su histórica vocación de encuentro, de diálogo y de convivencia pacífica.

La fortaleza de un Estado laico no reside en cerrar sus puertas a las expresiones religiosas, sino precisamente en garantizar que ninguna sea excluida por razones ideológicas. La laicidad no es indiferencia frente al fenómeno religioso; es libertad. Es la capacidad de una República madura de escuchar todas las voces sin renunciar a su independencia institucional.

La Unión Cívica respalda plenamente la invitación al Papa León XIV para dirigirse a la Asamblea General. No solo por respeto a quien representa espiritualmente a millones de personas en el mundo, sino porque entendemos que el Uruguay puede honrar simultáneamente su tradición republicana, su Estado laico y la matriz cristiana que ha contribuido decisivamente a moldear los valores de nuestra Nación.

Esa síntesis entre libertad, respeto y pluralismo constituye uno de los mayores patrimonios de nuestra democracia.