En un mundo marcado por tensiones geopolíticas, crisis del multilateralismo, bajo crecimiento y desigualdades, como se evidencia en el último informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el acceso a recursos para financiar el desarrollo sostenible se vuelve cada vez más competitivo. La reciente Conferencia Internacional de Sevilla sobre Financiamiento para el Desarrollo dejó un mensaje claro: el tiempo apremia y solo la cooperación internacional, renovada y solidaria, permitirá avanzar hacia un futuro sostenible, inclusivo, justo y en paz.
Uruguay asume ese desafío con convicción. Nuestro país no se limita a recibir cooperación; sino que quiere ser un actor propositivo, un socio confiable y un generador de soluciones. La estrategia nacional de cooperación internacional que estamos impulsando busca precisamente articular los compromisos globales de Sevilla con una visión nacional basada en la democracia, la cohesión social, la igualdad de género, la sostenibilidad ambiental y la innovación.
El Compromiso de Sevilla plantea reformas urgentes a la arquitectura financiera internacional, la necesidad de cerrar la brecha anual de cuatro billones de dólares para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la obligación de situar el cuidado de las personas y del ambiente en el centro de toda acción. Reafirma la igualdad de género, la lucha contra el cambio climático, la inversión en educación, salud, empleo juvenil y la protección social como pilares de un nuevo pacto global.
Uruguay comparte esa agenda y propone avanzar en tres direcciones complementarias. Primero, innovar en las fuentes y modalidades de financiamiento. Conscientes de que la Asistencia Oficial al Desarrollo (AOD) es cada vez más limitada para países de renta alta, apostamos por instrumentos como el blended finance, la movilización de capital privado hacia proyectos sostenibles, el fortalecimiento de la banca de desarrollo y las alianzas con universidades, centros de pensamiento (think-tanks) y filantropía; sin renunciar al llamado a diálogos profundos sobre el espacio fiscal y la crisis de la deuda ni al principio de responsabilidades comunes, pero diferenciadas.
En segundo lugar, fortalecer una cooperación multiactor, multinivel y descentralizada. La estrategia nacional coloca a los gobiernos departamentales y locales y a la sociedad civil, a la academia y al sector privado como protagonistas. Queremos que la cooperación tenga impacto territorial, que responda a las necesidades de las comunidades y que incorpore de manera transversal la igualdad de género, la sostenibilidad ambiental y la innovación tecnológica.
Y, tercero, posicionar a Uruguay como articulador de puentes. Nuestro tamaño no es una limitación, sino una fortaleza. La escala del país nos permite ensayar soluciones innovadoras y generar consensos con agilidad. Por eso, la Agencia Uruguaya de Cooperación Internacional (AUCI) y el Sistema Nacional de Cooperación Internacional buscan consolidar a Uruguay como bisagra entre el Norte y el Sur, entre organismos multilaterales y comunidades locales, entre la cooperación tradicional y la cooperación Sur-Sur y triangular. La Presidencia que Uruguay asumirá del Programa Iberoamericano de Cooperación Sur-Sur será un paso clave en este camino.
La visión es clara: la cooperación internacional no debe reducirse a transferencias financieras, sino convertirse en un instrumento de transformación social, productiva y ambiental. La agenda que mira el desarrollo de forma multidimensional, más allá del PBI “beyond GDP”, como se le conoce en los espacios de reflexión de la cooperación, exige pensar en la sostenibilidad, en la soberanía alimentaria, en la cohesión social, en el empleo juvenil, en la igualdad de género y en la paz como dimensiones inseparables y necesarias para el desarrollo. Cada proyecto que apoyemos debe ser también una inversión en inclusión, resiliencia y futuro compartido desde el paradigma y los valores de solidaridad, horizontalidad y respeto a la soberanía de la CSS que fortalezcan temáticas claves para el bienestar de la ciudadanía.
El mensaje de Sevilla fue contundente: no hay tiempo que perder y los compromisos deben traducirse en acción. Uruguay responde con una estrategia nacional que enlaza lo global con lo local y que busca demostrar que, aun siendo un país pequeño, podemos tener una voz grande en la construcción de un desarrollo más justo y sostenible.

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