En el debate público sobre la educación, especialmente a partir del reciente conflicto en la Formación Docente, se ha instalado un comportamiento recurrente por parte de las actuales autoridades educativas: la tendencia a justificar dificultades de gestión señalando como causa casi exclusiva las decisiones del gobierno anterior. Esta reacción, lejos de aportar claridad, ha generado un clima de malhumor institucional, donde los desafíos se explican más como fatalidades heredadas que como problemas que requieren liderazgo, planificación y gestión efectiva.

Durante la discusión a propósito de los recortes de grupos presenciales en los Institutos de Formación Docente y Centros Regionales de Profesores, vale la pena aplicar una analogía que permite iluminar este fenómeno: el “síndrome de las vacaciones sin lluvia”. La metáfora es sencilla y al mismo tiempo reveladora. Hay quienes, para poder disfrutar unas vacaciones, necesitan que todo sea perfecto: el clima impecable, las finanzas abundantes, la convivencia familiar armoniosa, el tránsito fluido y hasta la energía del destino elegida en su mejor momento. Si algo de esto falla, si llueve un día, si hay demoras, si el hotel no cumple con las expectativa, entonces la experiencia entera “se arruina”.

Trasladado a la gestión educativa, este síndrome se expresa en la idea de que gobernar solo es viable si se parte de condiciones perfectas: presupuesto holgado, acuerdos sociales completos, estructuras institucionales en equilibrio y ausencia de tensiones territoriales. Bajo ese paradigma, cualquier contratiempo se vuelve excusa y toda responsabilidad se desplaza hacia el pasado. No es la decisión actual la que explica el conflicto, sino el legado recibido.

Sin embargo, la gestión pública exige todo lo contrario. La tarea de conducir sistemas tan complejos como el educativo implica enfrentar dificultades estructurales, herencias institucionales, restricciones presupuestales y resistencias organizacionales. Gobernar es hacerse cargo del punto de partida, no lamentarse por él.

El reciente caso de la Formación Docente ilustra con claridad este problema. La reducción de más de 200 grupos presenciales y alrededor de 8.000 horas de clase fue presentada por el Consejo de Formación en Educación como una medida obligada ante un déficit financiero. Pero lo que no se explicó con claridad es cómo se definieron los criterios, de qué manera se evaluaron los impactos territoriales, qué efectos se anticiparon sobre los estudiantes del interior, muchos de los cuales cuentan con la formación docente como única vía de acceso a estudios terciarios, y cómo se pretendía sostener la calidad de la formación profesional reduciendo el componente presencial que es esencial para la construcción del oficio docente.

Lo que quedó en evidencia fue una ausencia de planificación estratégica. Se actuó sobre los síntomas, los números, los equilibrios presupuestales, sin abordar la causa profunda: la necesidad de un diseño de largo plazo para la formación docente que articule calidad, territorialidad, escala institucional, acompañamiento académico y condiciones laborales.

La metáfora de las vacaciones permite ilustrar la dimensión política del problema. Las autoridades actuaron como quien llega a un destino turístico sin haber investigado el clima, sin haber planificado recorridos, sin haber evaluado alternativas, confiando en que todo “saldría bien” por inercia. Cuando surgieron las dificultades, llamadas aquí déficit, tensiones con gremios, ocupaciones, cuestionamientos de las comunidades, la respuesta no fue gestionar el escenario, sino lamentarse por él.

La educación, sin embargo, no puede ser conducida desde la queja. Requiere dirección, constancia, diálogo informado, previsión y capacidad de sostener decisiones en el tiempo. Requiere entender que la lluvia forma parte del viaje.

El síndrome de las vacaciones sin lluvia no es solo un problema de comunicación pública. Es una señal de cómo se está entendiendo la responsabilidad política. Cuando la administración no asume su margen de acción, se limita su capacidad de transformar. Cuando la narrativa se concentra en la herencia, se pierde de vista el destino. Y cuando se apuesta a que la realidad acompañe sin planificación, lo que se obtiene no es gestión, sino improvisación.

En educación, los efectos de la improvisación no se miden en semanas, sino en generaciones. La formación docente determina quién enseñará en las aulas dentro de cinco, diez o quince años. Reducir su calidad, su accesibilidad y su arraigo territorial compromete la base misma del sistema educativo.

Gobernar no es esperar el clima perfecto. Es construir capacidad institucional para avanzar incluso bajo la lluvia.