Contenido creado por Gonzalo Charquero
Aldo Lamorte

Escribe Aldo Lamorte

Opinión | La Bienal de Venecia cuando renuncia jurado: ¿acto moral o performance política?

Cuando la autonomía desaparece y todo queda subordinado a alineamientos políticos coyunturales, el arte pierde parte esencial de su sentido.

07.05.2026 14:56

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2026-05-07T14:56:00-03:00
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Como artista que ha participado en obras y procesos vinculados al envío a la Bienal de Venecia, observo con preocupación la renuncia del jurado internacional de la próxima Exposición de Arte de la bienal de Venecia tras la disputa generada por la participación de Rusia y la posterior decisión de excluir de los premios a países cuyos líderes tengan órdenes de arresto emitidas por la Corte Penal Internacional.

Y sinceramente, uno ya no sabe si esta renuncia es una decisión seria o simplemente otra performance contemporánea. Porque en el mundo artístico actual muchas veces resulta difícil distinguir dónde termina la convicción ética y dónde empieza el espectáculo ideológico para la tribuna cultural internacional.

No escribo esto desde la indiferencia frente a las guerras o las tragedias humanas. El arte debe dialogar con el dolor de su tiempo. Pero una cosa es reflexionar sobre la condición humana y otra muy distinta es convertir a los grandes espacios culturales en oficinas de clasificación moral según la coyuntura política internacional.

La Bienal de Venecia no nació para actuar como una extensión diplomática de organismos internacionales. Nació para confrontar lenguajes, ideas, formas y sensibilidades. El arte debería ser justamente el lugar donde las tensiones pueden convivir sin necesidad de cancelarse mutuamente.

Y quizás por eso esta situación también obliga a revisar muchas contradicciones que vienen acumulándose desde hace años dentro de la propia Bienal.

Recuerdo particularmente una edición de la Bienal de Arquitectura en Venecia durante el gobierno de José Mujica en Uruguay, donde la representación nacional consistía prácticamente en un agujero en el piso y referencias visuales vinculadas a la fuga de los tupamaros de Punta Carretas. En aquel momento muchos sentimos la obligación de expresar nuestra critica de que la representación arquitectónica de un país terminara reducida a una romantización política y simbólica de la guerrilla, presentada además bajo un aura intelectual que parecía inmune a cualquier crítica.

Parecía que mientras el mensaje coincidiera con cierta sensibilidad ideológica internacional, todo podía ser legitimado como “arte contemporáneo”, aunque el contenido fuera pobre, panfletario o directamente ajeno a la disciplina que supuestamente se estaba representando.

Y ahí aparece uno de los grandes problemas del sistema artístico actual a mi entender: muchas veces el valor de una obra ya no parece depender de su potencia estética, técnica o conceptual, sino de cuánto coincide con determinados consensos políticos del circuito cultural global.

Por eso la renuncia del jurado genera tantas preguntas. ¿Estamos frente a una defensa auténtica de principios o frente a una nueva puesta en escena moral para preservar prestigios personales dentro del ambiente cultural internacional? Porque resulta curioso que el arte contemporáneo, que durante décadas se presentó como rebelde y provocador, hoy muchas veces funcione como un espacio profundamente disciplinado ideológicamente.

La paradoja es enorme: se habla permanentemente de diversidad, inclusión y pluralidad, pero cada vez existe menos tolerancia hacia la diferencia política o cultural. Se celebra la disidencia… siempre y cuando sea la disidencia correcta.

¿Desde cuándo un artista debe cargar automáticamente con las decisiones de su gobierno? ¿Desde cuándo una nacionalidad invalida una obra? Muchos artistas rusos cuestionan a Putin. Muchos artistas israelíes critican a su gobierno. Reducirlos a un pasaporte es negar precisamente aquello que el arte debería trascender.

La cultura occidental defendió históricamente la autonomía del arte como uno de los pilares de la libertad intelectual. Cuando esa autonomía desaparece y todo queda subordinado a alineamientos políticos coyunturales, el arte pierde parte esencial de su sentido.

La Bienal de Venecia corre el riesgo de transformarse en un espacio donde ya no importa tanto la calidad artística, sino la correcta ubicación moral dentro del mapa ideológico internacional. Y eso empobrece profundamente a la cultura.

Como artista, sigo creyendo que el arte debe incomodar, provocar preguntas y abrir discusiones. Pero para hacerlo necesita libertad. Libertad incluso para exhibir aquello que no coincide con el clima político dominante.

Porque cuando el arte empieza a expulsar voces, nacionalidades o miradas incómodas, deja de ser un territorio de creación y comienza lentamente a convertirse en un mecanismo de validación ideológica.

Y tal vez la verdadera obra performática de esta Bienal no esté en ninguno de los pabellones.

Tal vez sea el propio jurado.