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Escribe Gerardo Sotelo

Opinión | Hagamos campaña contra la demagogia, la intolerancia y la mediocridad

Discurso completo de Gerardo Sotelo durante la concentración convocada por Un Solo Uruguay en la localidad de Santa Bernardina, Durazno.
25.01.2019 14:44
2019-01-25T14:44:00

Por Gerardo Sotelo.

Amigas y amigos de Un solo Uruguay, antes que nada quiero agradecerles la invitación para ocupar este estrado donde el año pasado estuvieron otros colegas de los medios de comunicación, expertos ellos en los temas rurales. No es mi ese mi caso, así que valoro especialmente el interés de la organización en invitarme a hablar sobre algunos de los temas que nos preocupan integrantes de la misma y única comunidad.

Déjenme contarles una anécdota de hace unos días y que me inspiró mucho sobre qué decir en este acto.

El pasado 17 de enero se cumplía un nuevo aniversario de la muerte de Alfredo Zitarrosa, uno de los más grandes artistas populares que ha dado este país. Luego de haberlo recordado en Informativo Carve, y ya en la rueda de trabajo posterior al programa, rememoré la entrevista que le hice a Zitarrosa en Buenos Aires en 1983, junto a un grupo de colegas con los que compartimos tareas, la mayoría de los cuales tienen la edad de mis hijos y apenas si habían nacido. La entrevista se la realicé el día en que Raúl Alfonsín asumía la presidencia de la república después de un período sangriento de violencia política, dictadura, desaparecidos y crímenes de todo tipo. Buenos Aires era una fiesta aquel día por el regreso de la democracia.

En Uruguay faltaba menos de un año para las primeras elecciones democráticas después de una década de dictadura y lo que teníamos era incertidumbre, censura previa, presos políticos, partidos y candidatos proscriptos, presos o en el exilio. Diciembre de 1983 parece hoy un escenario político lejano y fantástico.

Estamos a treinta y cinco años de aquellos acontecimientos de nuevo en vísperas de un año electoral en el que nadie irá preso no será censurado ni se le impedirá votar o ser electo, nadie dudará sobre la legitimidad del proceso y, por sobre todas las cosas, a nadie le parece posible que ocurra otra cosa que no sea el libre ejercicio de la democracia.

Me pregunté si no estamos incubando en las generaciones que no vivieron aquella tragedia la sensación de que la tolerancia y el respeto a las razones del prójimo, no es algo de lo que debamos preocuparnos. El clima político, institucional y social de hoy es muy diferente al de 1983 pero hay de nuevo algunas señales de intolerancia e incomprensión. ¿Qué pasará con la gente común en los próximos meses? ¿Qué harán los dirigentes políticos? ¿Apostarán al debate de ideas o bajarán el nivel a la calumnia y el agravio? n los dirigentes políticos? Todas estás preguntas me las hacía hace apenas una semana. Mi preocupación se confirmó un par días después.

El fin de semana pasado, una ex jerarca del gobierno, que durante algunos años tuvo a su cargo nada menos que la conducción de la Educación Secundaria, alentaba en Twitter a que la gente silenciara hoy los medios de comunicación, de modo de hacerles sentir el "vacío" y la "indiferencia", a la cobertura de este acto. Estando en discrepancia con esta convocatorio y seguramente con los postulados de Un Solo Uruguay, creyó que lo mejor era evitar que ella y otras personas como ella tomaran si quiera contacto con esta actividad, como si pudieran infectarse con algún virus extraño o vaya a saber qué.

No se trataba de una persona poco instruida ni de un ciudadano cualquier sino de alguien que eligió la profesión docente, es decir, alguien que tiene por vocación ayudar a otros a comprender el mundo en el que vive. Ahí me di cuenta de que las causas profundas que nos llevaron a las décadas de violencia política, el desprecio por las razones del otro, es un yuyo malo difícil de exterminar.

En ese momento me convencí de que lo importante de estar presente aquí, de hacer los doscientos kmts. que separan Montevideo de Durazno, aunque más no fuera para denunciar semejante acto de desprecio.

Muchos de los que hoy estamos aquí pertenecemos a aquella generación del 83. Tenemos por la libertad y la justicia, un sentimiento de pasión que se expresa en nuestro compromiso permanente con lo político. Podemos discrepar sobre muchas cosas pero nos une esa pasión que, ojalá podamos contagiar a los más jóvenes.

Somos la generación que trajo de vuelta la democracia y el Estado de Derecho pero el deber estará cumplido si enseñamos que aquello fue el epílogo a décadas de violencia política. Sólo el compromiso con la tolerancia y el respeto a la ley asegura este presente de libertad.     

Suele decirse que las tiranías del pasado no habrían durado mucho si hubieran tenido que lidiar con las redes sociales. Tengo dudas al respecto pero es seguro que si no utilizamos las redes con responsabilidad y prudencia la que no va a durar mucho es la democracia.

Viendo esta multitud y habiendo entrevistado y escuchado exponer sus razones a los integrantes de Un Solo Uruguay, me pregunto cómo es posible que se siga apostando a la indiferencia. 

Nadie deja su campo y viaja 300 Kmts. para cambiar la 4x4 ni mucho menos para participar de un acto político partidario, por lo mismo que ningún trabajador para por capricho. La banalización de las razones del otro suelen ser el preludio de mayores agravios. La vida en sociedad supone comprender razones profundas e intereses legítimos. 

Nuestra pasión es la lucha por la libertad, y por eso mismo, lo es por la democracia y la tolerancia por el pensamiento del otro. Una tolerancia que debe incluir el respeto a la dignidad de quien reclama y plantea cosas con las que no coincidimos.

La pasión por la democracia y la tolerancia a la diversidad de pensamiento no es sólo la aceptación de los resultados de una elección libre, único método pacífico de resolver nuestras diferencias. Es también la pasión con la que debatimos sobre nuestras diferencias, especialmente cuando encontramos personas que, quizás sin saberlo, sostienen ideas y concepciones del mundo capaces de acabar con las libertades. 

Debatir con pasión siempre encierra el riesgo del enfrentamiento personal, del agravio a quien nos confronta, y esto supone un riesgo hacia el clima de tolerancia mutua que debe regir en la lucha política.

Debemos tener presente estos riesgos siempre, pero muy especialmente en un año electoral, al que la sociedad uruguaya llega con reclamos y preocupaciones, acuciantes y legítimas. Todos los reclamos gremiales y sociales, como el de ustedes, se expone a la incomprensión y a la hostilidad, precisamente porque son legítimos. Si no lo fueran, no se escucharían tantos agravios ni tantas expresiones de deprecio y prejuicio.

El agravio suele ser la defensa que ensayan los intolerantes, los ignorantes o los culpables. "El respeto al derecho ajeno es la paz", decía Benito Juárez. El desprecio por las razones del prójimo expresa la falta de respeto por el derecho ajeno a ser   escuchado y comprendido.

Enfrentados a una situación de conflicto y controversia, los seres humanos tendemos a refugiarnos entre los que comparten nuestros puntos de vista y aislarnos de quienes nos confrontan. Es un grave error. Para solucionar un conflicto siempre resulta más provechoso hablar con los enemigos que con los amigos.

A veces las personas simplemente deciden convertirnos en sus enemigos por ignorancia, por rechazo a las opiniones o preferencias, o por simple prejuicio. En cierta medida, un enemigo es un extraño. Nosotros somos extraños para ellos y ellos para nosotros. A pesar de eso, queridos amigos...

Muchos de los que estamos acá y de los que están siguiendo este acto a través de los diversos medios de comunicación sentimos también que vivimos en un gran país. Que este es un gran país.

No porque no tenga problemas para resolver. Ningún país del mundo no tiene problemas que a su escala son más o menos importantes. Vivimos en un gran país porque tenemos instituciones democráticas sólidas y porque tenemos un pueblo trabajador y respetuoso de la ley. Vivimos en un país porque tenemos asegurado un alto nivel de libertad para proponer y debatir, de garantías para votar y elegir, y de tolerancia como para saber que tendremos un año sin mayores sobresaltos.

Deberíamos proponernos irnos de Durazno contagiando optimismo, por eso y porque en una sociedad dinámica, que procesa cambios a todo nivel: sociales, productivos y políticos, en paz.

Este es un gran país y eso nos permite mirar más alto, soñar con mayores niveles de productividad y desarrollo humano para todos, pero para que eso se convierta en realidad debemos asegurarnos de que transitaremos este año electoral manteniendo a raya a los militantes de la manipulación, la demagogia y la intolerancia.

Mucha gente se deslumbra con políticos extranjeros de discurso radical de derecha o izquierda, como antes otros lo hicieron con golpistas, revolucionarios o demagogos de similar calaña. Todos tienen en común intentar convencernos de que lo difícil y contradictorio puede resolverse con facilidad si aceptamos hacer lo que nuestros principios y nuestras leyes nos dicen que es inaceptable. Pero...

Los problemas no se solucionan con mano dura ni blanda sino con cabezas inteligentes. Hacer respetar los derechos de unos violando los derechos de otros es ineficaz, se trate de rapiñas, homicidios o femicidios. Las soluciones fáciles suelen ser antesala de tragedias complejas.

Las soluciones a problemas políticos y sociales suelen enredarse en intereses y opiniones diversos. Por eso requieren compromiso, dedicación y paciencia que se logran con tiempo. Los extremistas de derecha e izquierda son impacientes porque con el tiempo la gente se da cuenta del engaño.

Algunas personas y organizaciones, y esto incluye a gobernantes, legisladores y, por lo visto, ex jerarcas de gobierno, están procesando el duelo de haber perdido el monopolio de los reclamos sociales. Están aún entre la negación y del enfado. Por el bien de todos, esperemos que pronto entren en la de la aceptación.

La incertidumbre sobre el resultado de las próximas elecciones nos permite al menos avisorar un cambio extremadamente significativo, que inaugurará un tiempo político nuevo a partir del año próximo.  Cualquiera sea el ganador, estará obligado a salir de sus fronteras partidarias en busca de mayorías.

Contrariamente a los que sostienen los defensores de ideologías hegemónicas y autoritarias, que piensan que el poder se conquista de una vez y para siempre, esto es una muy buena noticia. Tendremos entonces más negociación y menos imposición; más tolerancia y menos rispidez; más pragmatismo y menos ideología. Quien ocupe la Presidencia deberá convencernos con sus propuestas, su trayectoria y su capacidad de liderazgo.

Podemos estar tranquilos de que el próximo gobierno, cualquiera sea su color político, no dejará librados al azar de la agenda la atención de los reclamos de los sectores productivos. La seguridad, la educación y el empleo cruzan las fronteras geográficas como las partidarias. Somos un sólo país, una sola comunidad, y pobre de quien no lo entienda o no lo sienta. Este es un gran país y podemos mirar más alto, pero para que todo esto ocurra debemos estar alerta en este año electoral. Especialmente a la demagogia, la intolerancia y la mediocridad.

Queridas amigas, queridos amigos, imaginemos el futuro. Me refiero tanto al mundo en el que seguirán viviendo nuestros hijos y nuestros nietos, pero también en el futuro cercano, el del Uruguay del 2020.

El mundo real es muy diferente a lo que pensamos. Incluso el país lo es. El mundo y el país reales tienen potencialidades increíbles de liberar a las personas de la pobreza y la falta de oportunidades. A propósito de la mirada que tenemos sobre la realidad, acepten este consejo: no crean todo lo que dicen los periodistas. No porque digamos mentiras sino porque las noticias y los asuntos que manejamos no tienen por objetivo la comprensión del mundo sino sólo la difusión de sus manifestaciones más resonantes y significativas. Para conocer el mundo hay que estudiar y eso lleva mucho tiempo y esfuerzo.

Acepten este segundo consejo: no crean todo los que nos dicen los candidatos. No porque. mientan sino porque suelen decirnos sólo la mitad de la verdad. Su objetivo no es que comprendamos el mundo sino sólo que los votemos. Es un grave error. Tarde o temprano las personas se terminan enterando. Ya sea porque lo viven en carne propia o porque lo ve o lee en algún sitio. Lo que siente luego es decepción. La decepción con los dirigentes políticos suele amenazar a la democracia. Este año, especialmente, nos van a bombardear con cifras y estadísticas para convencernos de que todo va bien o de que todo está muy mal.

Pensemos, por ejemplo, en el crecimiento económico de los últimos dieciocho años.

El crecimiento del país en lo que va del Siglo XXI ha sido portentoso, como lo ha sido en todo el mundo. La derrota de la pobreza extrema y la mortalidad infantil, el aumento en la atención primaria de salud, la alfabetización y la educación primaria y hasta la democracia, han alcanzado unos niveles inéditos en la historia. Los indicadores económicos, sociales e institucionales muestran que Uruguay, a pesar de todas las dificultades que conocemos, está entre los mejores países del continente. Esto es verdad y deberíamos celebrarlo, sólo que no es una noticia. Allí llevamos más de un siglo.

El crecimiento de Uruguay se debe, básicamente, a tres factores: políticas públicas adecuadas, una coyuntura internacional extraordinariamente favorable y un pueblo que se ha deslomado trabajando e innovando a pesar de los escasos márgenes y de que en Uruguay tenés la sensación de que no hay esfuerzo que alcance.

No se puede escamotear ninguno de estos tres factores sin mentirle a la gente. En todo caso, la campaña debería centrarse en cómo corregir los excesos o insuficiencias de las políticas pública en materia de gasto, endeudamiento y comercio exterior, cómo alivianar la carga de los trabajadores y los empresarios, y cómo mejorar nuestra performance con relación al crecimiento de la economía y el comercio del mundo, sin dejar de servir a la ciudadanía (y especialmente a los menos favorecidos) con servicios públicos e instituciones de calidad, que para eso y para nada más que eso se inventó el Estado.

Tomemos otro indicador en el que hemos avanzado enormemente. En todo el país tenemos unos 900.000 menores de 17 años. Un tesoro de casi un millón de personas, 135.000 de las cuales aún viven bajo la línea de pobreza. Hay más niños y adolescentes pobres en dos o tres barrios de Montevideo que en el resto del país. 18 de cada 100 de 0 a 3 años viven en la pobreza, mientras que esta afecta a sólo 1 de cada cien personas mayores de 66 años.

Según UNICEF, a pesar de que la pobreza se ha reducido en todos los grupos desde 2006, siguiendo una tendencia mundial, la diferencia entre la incidencia de la pobreza en los más jóvenes y en los más ancianos ha aumentado. Dicho de otro modo, el mundo entero redujo la pobreza y la indigencia (al punto que Naciones Unidas planea erradicarla para 2030), mejoró sus indicadores económicos y sociales.

Sin embargo, hacer desaparecer la pobreza infantil en el próximo decenio, una aspiración que perfectamente podríamos tener como sociedad, exige políticas públicas ambiciosas y específicas, implementadas por un liderazgo consciente y audaz.

¿Van a hablar de esto los candidatos a la Presidencia, los partidos que aspiran a alcanzar el gobierno a partir de octubre y noviembre próximos? ¿Van a liderar los siguiente cinco años de transformaciones a las que estamos obligados en una era de revolución científica, tecnológica y productiva, o van querer ganar las elecciones haciendo la plancha, apostando a la inercia del proceso político? ¿Van a hablar de la realidad o van a manipularla simplemente para ganarse nuestro voto?

Pero esto no es el único desafío que tenemos por delante en este año electoral.

Mientras vemos que en Uruguay y el mundo desciende la pobreza y aumentan la disponibilidad de bienes materiales, la satisfacción de necesidades básicas y aún la cantidad de personas que viven en democracia, surgen nuevas amenazas a los derechos fundamentales, como el ser oídos con imparcialidad por la Justicia, la presunción de inocencia o los casos de corrupción y abuso de autoridad por parte de gobernantes y administradores de la hacienda pública.

En Uruguay, como en otros países, se han instalado nuevas leyes basada en reclamos particularistas, en colectivos que reclaman contra agravios reales, una consideración particular de la ley y la acción del Estado. Esta tendencia a desbordar la generalidad de la ley (que inspiró a todas las constituciones que conocemos, incluso a la declaración de los derechos humanos) no es necesariamente mala y, de hecho, tampoco enteramente nueva.

El derecho positivo ha consagrado desde hace décadas leyes particulares para proteger a colectivos vulnerable, como las madres, los niños o los trabajadores. La generalización de una circunstancia esconde muchas veces las inequidades de los "iguales" ante la norma.

Se puede discutir y aún aceptar que algunos sectores tradicionalmente vulnerados sean protegidos por leyes particulares. Lo que no puede aceptarse es que estas leyes consagren violaciones a los derechos de otros colectivos. Tampoco debemos aceptar que la consagración de nuevas leyes para proteger colectivos discriminados no responda a un criterio de mayor emergencia o indefensión, lógica humanitaria y humanista por excelencia, sino a la razón del más fuerte, siempre repudiable e injusta.

La campaña electoral debería transcurrir sobre algunos ejes fundamentales, que promuevan no sólo el crecimiento y el desarrollo integral de la sociedad uruguaya. Debería también considerar algunos derechos que enumeramos.

Todas las personas tienen derecho a la presunción de inocencia, sin importar que sean hombres o mujeres, niñas o ancianos, ni la naturaleza del delito del que se les acusa.

El Estado no defiende ni condena ideología alguna, fuera de la defensa y promoción del ideario republicano, el Estado de Derecho y la solidaridad con los necesitados. Una interpretación cabal del principio de laicidad debería incluir la de no pronunciarse sobre las preferencias de las personas en ningún ámbito de sus vidas privadas, ya sean filosóficos, sexuales, artísticos, culturales o de cualquier índole) fuera de las conductas penadas por la ley.

Ningún trabajador puede ser privado del derecho a sindicalizarse, hacer huelga o a no hacerla si así lo desea.

La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana, lo que incluye la adquisición de habilidades que le permitan a todas las personas ser auto válidas. Se debe asegurar de una vez por todas el derecho efectivo de madres y padres a escoger el tipo de educación que consideran adecuada para sus hijos y a participar en la toma de decisiones. El centro del proceso educativo debe ser el educando, no las corporaciones.

El Estado debe orientar sus recursos a lo esencial, prioritario y relevante. Un gobierno que mantiene un Estado deficitario no puede sacarle dinero a la gente para gastos superfluos.

La contratación de personas en los poderes públicos (ya sea Ejecutivo, Legislativo, Judicial, intendencias o cualquier otra dependencia Aestatal) fuera de lo que resulte esencial y bajo garantías de ecuanimidad y transparencia, debe ser considerada como un acto de corrupción.

El aumento de la carga impositiva, así como de las tarifas públicas establecidas administrativamente, más allá de los ajustes que las circunstancias indiquen, deberá ser considerado como un abuso de poder y evitarse.

La justicia penal debe responder a las necesidades de seguridad de la sociedad. Si sistema de justicia eses vista por la población como parte del problema y no de la solución, es responsabilidad de los actores políticos e institucionales corregirlo.

El respeto a la integridad física, moral y patrimonial de las personas es un derecho humano fundamental. Nadie pide que se termine con la delincuencia de un día para el otro ni que se reprima fuera de los límites de la ley. Se pide al menos que las autoridades persigan el objetivo que expresara la ministra de Seguridad argentina, Patricia Bullrich: "Los que tienen que tener miedo son los delincuentes, los narcotraficantes y los corruptos".

Lo sorprendente de estos enunciados es que no están inspirados en una ideología particular ni en ambiciones sectoriales o de clase social. Estos enunciados están inspirados se en algunos de los derechos consagrados en la Constitución uruguaya desde el Siglo XIX así como en las legislaciones, convenciones y declaraciones internacionales que protegen los derechos humanos.  

Por lo tanto, las leyes o circunstancias que permiten estas y otras violaciones similares a los derechos de algunas personas, deben ser revisadas y, en la medida que sea necesario, removidas.

Queridas amigas, queridos amigos, tenemos intereses comunes porque compartimos una comunidad en la que vamos a seguir conviviendo. Vivimos en un país extraordinario por la solidez de sus instituciones y la disposición al trabajo y al cambio de su gente. Apostemos a un país que siga cambiando al ritmo que el mundo actual nos exige porque la única alternativa a eso es quedar por el camino. Exijámosle a nuestros líderes que estén a la altura de las circunstancias y que orienten sus propuestas y debates a la construcción de un futuro desafiante y esperanzador. Muchas gracias. Cuidado en la ruta al regreso. Buenas tardes.

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Gerardo Sotelo

Con más de treinta años de trabajo como periodista, se destaca como conductor e informativista de radio y televisión.

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