Contenido creado por Gonzalo Charquero
Rosana García

Escribe Rosana García

Opinión | Entre la ideología y la evidencia: el lugar olvidado de la educación emocional

¿Qué está pasando con la educación emocional en ANEP? En esta administración del FA poco se ha visualizado un impulso en esta área.

30.03.2026 11:57

Lectura: 4'

2026-03-30T11:57:00-03:00
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El retorno a una educación centrada en lo estrictamente curricular, dejando en segundo plano el enfoque por competencias, corre el riesgo de relegar dimensiones clave en la formación integral de los estudiantes.

Entre ellas, la educación emocional.

No se ha observado continuidad en varias de las acciones impulsadas en la administración anterior, más allá de experiencias aisladas —como algunas iniciativas en 2025 en Rivera— que no alcanzan para consolidar una política educativa.

Una vez más, retrocedemos.

Y no solo respecto a lo hecho por el gobierno encabezado por Luis Lacalle Pou, sino también en relación a herramientas educativas que cuentan con evidencia positiva en países con mejores resultados.

Porque la educación emocional no es un accesorio. Es una herramienta central.

Sin embargo, desde algunos sectores de la izquierda educativa se ha planteado que la educación emocional podría implicar una forma de “domesticación”, una manera de aplacar la personalidad y la singularidad de las personas. Se sostiene que, para reducir la violencia, la depresión o incluso el suicidio, hay que atacar únicamente las causas sociales y económicas.

Ahora bien, ¿qué sucede en el ínterin?

¿Debemos esperar a que se resuelvan los problemas estructurales para recién entonces intervenir en la vida cotidiana de los estudiantes?

La educación, en sí misma, siempre ha implicado procesos de socialización. Nadie cuestiona que aprender a convivir, respetar normas o desarrollar habilidades cognitivas forme parte de ese proceso.

La educación emocional es, simplemente, una dimensión más —y necesaria— de ese aprendizaje.

Si la singularidad se expresa en la violencia o en el sufrimiento, no es algo a preservar sin más. Es algo a comprender y trabajar.

La escuela, el liceo y la UTU han sido históricamente espacios donde, además de aprender contenidos, se aprende a convivir. Hoy, lo que se propone es hacer ese proceso más consciente, más técnico y más eficaz.

Porque no podemos permitirnos no hacer nada mientras tanto.

En ese “ínterin” hay vidas en juego. Hay generaciones que pierden la posibilidad de vivir, sentir y vincularse mejor.

¿De qué hablamos cuando hablamos de educación emocional?

Se trata de dotar a las personas de herramientas para reconocer, comprender y gestionar sus emociones en distintos ámbitos: educativo, laboral, familiar y social.

La evidencia muestra que su desarrollo mejora la convivencia y favorece los aprendizajes.

El psicólogo y periodista Daniel Goleman identifica tres dimensiones clave: la conciencia emocional, la gestión de las emociones y la capacidad de orientarlas hacia objetivos.

Este aprendizaje puede darse a lo largo de toda la vida, pero, adquirirlo tempranamente permite construir trayectorias personales más saludables y relaciones más sanas.

En términos curriculares, no se trata de una asignatura aislada, sino de un enfoque transversal. Forma parte de competencias que integran conocimientos, habilidades y actitudes, tal como señalan los investigadores Javier Valle y Jesús Manso.

De hecho, la anterior administración de la ANEP incorporó la educación emocional en el Marco Curricular Nacional, particularmente en las competencias intrapersonales y de relacionamiento con otros. También impulsó la formación docente en esta área, con talleres y materiales específicos.

A nivel internacional, organismos como UNESCO recomienda su incorporación.

En 2024, su oficina regional publicó un estudio basado en el ERCE 2019, que abarcó a 80.000 estudiantes en 16 países, confirmando la relevancia de las habilidades socioemocionales en los aprendizajes.

No es casualidad que países con altos desempeños educativos —como Finlandia, Estonia, Canadá o Singapur— integren esta dimensión en sus sistemas.

La pregunta, entonces, es otra: ¿Cómo logramos que este tema no dependa del gobierno de turno?

Una posible respuesta es incorporarlo de forma explícita en la Ley de Educación Nº 18.437, como eje transversal.

En ese sentido, existe un proyecto presentado en la legislatura pasada por la senadora Carmen Sanguinetti que obtuvo media sanción en la cámara alta. Actualmente el proyecto se encuentra en la Comisión de Educación y Cultura de la Cámara de Diputados para ser tratado. Esperamos que sea aprobado.

Dar ese paso implicaría otorgarle estabilidad, respaldo legal y continuidad.

Porque este no es un tema ideológico. Es un tema humano.

Por eso, el pedido es claro: que las autoridades educativas amplíen la mirada, atiendan la evidencia y le den a la educación emocional el lugar que merece.

No estamos hablando de estadísticas. Estamos hablando de personas. De cómo viven, de cómo se sienten, de cómo se vinculan. Y de todo lo que pueden llegar a ser.