Uruguay llega al cierre de 2025 atravesado por meses cargados de tensiones políticas, conflictos y una serie de episodios que han generado desconcierto público. A eso se suma un fenómeno llamativo desde el cambio de mando, la figura institucional del presidente, el representante de todos los uruguayos parece deteriorarse día tras día en la escena pública.
Diversas intervenciones del mandatario han ido alimentando esa percepción. Entre deslices discursivos, errores admitidos y aclaraciones posteriores, se ha ido instalando la sensación de una distracción permanente.
El problema no es menor. Recae sobre quien encarna la unidad nacional, tanto en el plano internacional como dentro del país.
Uno de los episodios más sensibles ocurrió tras la muerte de un joven policía, que perdió la vida en un acto de protección hacia su hermano. La reacción inicial del presidente, primero señalando que desconocía el hecho, y luego explicando que no había revisado su celular, provocó asombro. La respuesta oficial fue defendida desde su fuerza política como un gesto de honestidad, algo que abrió un debate sobre qué se considera realmente transparencia.
Mientras tanto, el país sigue sin rumbo, continúa enfrentando situaciones graves de seguridad, la convocatoria a la sociedad para decidir qué hacer en la materia y admiten que la lucha contra el narcotráfico parece perdida incluso antes de ser encarada con decisión.
A esto se suma una señal preocupante en educación. El recorte de recursos, la eliminación del grado universitario para docentes y la reciente expulsión de Pablo Caggiani de ADEMU (Asociación de Maestros del Uruguay) han generado inquietud en el sistema educativo y entre los gremios.
El discurso del presidente insiste en mostrarse cercano, cotidiano, “con errores que volverán a ocurrir”. Sin embargo, esa estrategia ha sido interpretada también como una forma de banalizar la relevancia institucional del cargo. Ser simpático y no medir las palabras que utiliza deja en evidencia que no lo acompaña un equipo profesional de comunicación. El país requiere decisiones serias sobre soberanía, seguridad, educación y economía.
La senadora Blanca Rodríguez afirmó recientemente que las políticas sociales nacieron con el Frente Amplio, ¿estaban en 1838 cuando Oribe creó la Universidad Mayor de la república que luego en 1849 se fundó la Udelar?
¿Y en ese año con la creación de la ley de retiros, jubilaciones y pensiones?
Ni hablemos en las batallas que dieron libertad y democracia a nuestro pueblo, que son algunos de muchísimos ejemplos. Fueron declaraciones que abrieron cuestionamientos históricos sobre el desarrollo de la protección social en Uruguay. A la vez, declaraciones de la gerenta del BROU sobre el récord de más de 140.000 préstamos a jubilados fueron recibidas con preocupación para muchos, ese aumento refleja la dificultad concreta de miles de adultos mayores para afrontar gastos básicos, incluso en fechas festivas.
En lo parlamentario, el presupuesto fue aprobado con una serie de disposiciones que no fueron acompañadas por la oposición desde ajustes impositivos hasta la falta de inversión en educación, pasando por cambios discrecionales en materia financiera y un aumento en el salario del director general del Ministerio del Interior. También se redujo de manera drástica la asignación para políticas de apoyo a personas con discapacidad y los fondos destinados a maestros.
Otro punto de tensión surgió en torno a las micro, pequeñas y medianas empresas nacionales, especialmente aquellas del interior que manufacturan productos uruguayos. Representantes señalaron que esta era una oportunidad clave para impulsar el trabajo local, incluso mencionando compromisos de campaña asumidos por el entonces candidato Orsi durante su recorrida por departamentos fronterizos.
El gobierno ha desarrollado una narrativa centrada en la cercanía personal y el reconocimiento de errores propios. Para algunos sectores, esa estrategia ha funcionado como una distracción ante decisiones que afectan directamente a la población. En vísperas de Navidad, el presidente se presenta entregando una “canasta compañera”, gesto simbólico que contrasta con la profundidad de los problemas planteados.

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