Los últimos días dejaron una escena imposible de olvidar para cualquier uruguayo: un bebé de apenas un año y medio quedó en medio de un episodio de violencia criminal y fue utilizado como escudo humano.

Más allá de las circunstancias concretas del caso, hay algo que como sociedad no podemos ignorar: estamos empezando a convivir con niveles de violencia que hace algunos años hubieran resultado impensables en Uruguay.

Y ese es el verdadero problema.

Porque cuando el horror comienza a volverse cotidiano, cuando las noticias se acumulan una detrás de otra y el asombro dura apenas unas horas, el país empieza lentamente a perder algo mucho más profundo que la seguridad: pierde sensibilidad, convivencia y esperanza.

No podemos naturalizar que niños queden atrapados en enfrentamientos criminales. No podemos acostumbrarnos a vivir con miedo, ni resignarnos a que determinadas zonas del país queden tomadas por la violencia, el narcotráfico y la ausencia del Estado.

Durante mucho tiempo los uruguayos sentimos que estos hechos eran parte de otras realidades, lejanas a nuestra identidad y a nuestra forma de convivir. Sin embargo, hoy el país real reclama respuestas urgentes.

La inseguridad ya no se percibe únicamente en las cifras o en los debates políticos. Se vive en la calle, en los barrios, en las familias y en la preocupación cotidiana de miles de personas que sienten que algo se está deteriorando rápidamente.

Y frente a eso, el sistema político entero tiene responsabilidades.

La ciudadanía necesita conducción, presencia y señales claras de autoridad. Necesita sentir que el Estado está del lado de la gente de bien y que existe una estrategia firme para enfrentar la violencia.

Porque cuando un bebé termina siendo víctima de una situación de este tipo, queda claro que el problema ya dejó de pertenecer solamente al mundo del delito. El daño alcanza a toda la sociedad.

También es momento de preguntarnos qué está pasando con el tejido social, con los vínculos, con la pérdida de límites y con la creciente naturalización de la agresividad en distintos ámbitos de la vida cotidiana.

La violencia aparece en las calles, en el tránsito, en los hogares y en las redes sociales. Y cuando una sociedad se acostumbra a convivir con ella, el deterioro avanza mucho más rápido de lo que creemos.

La gente necesita volver a creer en el sistema

Uruguay necesita recuperar convivencia, autoridad y sentido de comunidad.

No se trata de buscar culpables rápidos ni de utilizar el dolor con fines partidarios. Se trata de asumir que hay situaciones que deberían conmovernos profundamente y obligarnos a reaccionar antes de que sea demasiado tarde.

Porque detrás de cada hecho de violencia hay víctimas reales, familias destruidas y una sociedad que comienza a sentir miedo de perder el país que conocía.

Sigo creyendo en el Uruguay educado, culto, solidario, trabajador y humano que la enorme mayoría de los ciudadanos queremos defender.

Pero para recuperar ese país, primero tenemos que animarnos a mirar de frente la realidad y luchar con nuestro voto para que verdaderos y probados gobernantes se hagan cargo.