Escribe Adriana Balcarcel

Opinión | El costo real de la desconfianza

Las sociedades pueden tolerar errores. Lo que resulta mucho más difícil tolerar es la sensación de que no se está diciendo toda la verdad.

16.06.2026 13:04

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En los últimos días, Uruguay asistió a una situación que fue mucho más allá de una compra realizada por el presidente de la República. Lo que comenzó como una explicación sobre una decisión personal terminó convirtiéndose en una discusión sobre algo mucho más importante: la confianza.

Y cuando la confianza entra en crisis, el problema deja de ser personal para transformarse en político e institucional.

La confianza es el principal capital de cualquier gobernante. No se construye con relatos ni con estrategias de comunicación. Se construye con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, con transparencia y con la capacidad de comprender que quienes ejercen responsabilidades públicas están sometidos a un nivel de exigencia mayor.

Quien ocupa la Presidencia de la República no representa únicamente a un partido político ni a quienes lo votaron. Representa al país entero. Por eso cada decisión, cada explicación y cada señal tienen consecuencias que trascienden lo individual.

Lo preocupante no es solamente el hecho que dio origen a la polémica. Lo verdaderamente preocupante ha sido la forma en que se gestionó posteriormente.

Durante días, los uruguayos asistimos a una sucesión de explicaciones, aclaraciones, justificaciones y versiones que, lejos de disipar las dudas, terminaron profundizándolas. Lo que pudo haber sido una situación aclarada con rapidez derivó en una controversia que creció por la incapacidad de comprender el impacto que estaba teniendo en la opinión pública.

Cuando un gobierno se enfrenta a cuestionamientos legítimos, la primera obligación es responder con claridad. Sin embargo, cuando las explicaciones generan más preguntas que respuestas, cuando aparecen contradicciones o cuando se intenta minimizar la preocupación ciudadana, el problema deja de ser el hecho inicial y pasa a ser la pérdida de credibilidad.

Y la credibilidad, una vez dañada, no se recupera fácilmente.

Hay algo que la política muchas veces olvida: la confianza se construye lentamente, pero puede perderse en cuestión de días.

Por eso resulta un error subestimar lo que hoy se percibe en la calle. Basta conversar con comerciantes, trabajadores, productores, jubilados, profesionales o jóvenes para advertir una sensación que se repite. No se trata solamente de enojo. Se trata de decepción.

Porque los ciudadanos esperan de sus gobernantes no solamente capacidad de gestión, sino también sensibilidad, prudencia y ejemplaridad.

Uruguay atraviesa un momento en el que miles de familias enfrentan dificultades económicas, incertidumbre laboral y preocupación por el futuro. En ese contexto, las señales que emanan desde la máxima autoridad del país adquieren una relevancia aún mayor.

La ciudadanía observa. Compara. Evalúa.

Y cuando percibe una distancia entre las preocupaciones cotidianas de la gente y las conductas de quienes gobiernan, inevitablemente surge el cuestionamiento.

Ese es el verdadero problema de fondo.

La confianza es el puente invisible que conecta a los ciudadanos con sus instituciones. Cuando ese puente comienza a deteriorarse, aparecen el descreimiento, la frustración y la sensación de que existen reglas diferentes para algunos.

Como oposición tenemos la responsabilidad de controlar, cuestionar y exigir explicaciones cuando entendemos que corresponde. Esa es una función esencial en toda democracia sana. Pero también tenemos la obligación de interpretar lo que está sintiendo la ciudadanía y señalar cuando determinadas conductas comprometen la credibilidad institucional.

Porque aquí ya no estamos frente a una discusión sobre una compra. Estamos frente a una discusión sobre las señales que recibe la sociedad y sobre la confianza que inspira quien ocupa la principal magistratura de la República.

Uruguay ha construido durante décadas una reputación basada en la solidez de sus instituciones, en la fortaleza de sus organismos de control y en una cultura democrática que ha sido ejemplo en la región. Precisamente por eso debemos ser especialmente cuidadosos cuando se generan situaciones que erosionan esa confianza.

La investidura presidencial exige algo más que cumplir con la legalidad. Exige comprender que existen responsabilidades éticas, políticas e institucionales que son inseparables del cargo.

Cuando la confianza comienza a erosionarse, el daño ya no alcanza solamente a una persona ni a un gobierno. Se proyecta sobre la propia relación entre los ciudadanos y las instituciones que los representan.

Y ese es probablemente el costo más alto que puede pagar una democracia.

Los problemas económicos pueden corregirse. Las decisiones políticas pueden revisarse. Incluso los errores pueden reconocerse y enmendarse.

Pero recuperar la confianza perdida siempre demanda mucho más tiempo, mucho más esfuerzo y mucha más humildad.

Ese es el desafío que hoy tiene por delante el gobierno.

Porque cuando una sociedad deja de discutir sobre los hechos y comienza a discutir sobre la confianza, estamos frente a una señal de alarma que ningún gobernante debería ignorar.