La reciente visita de una delegación frenteamplista a La Habana, encabezada por Fernando Pereira, volvió a exhibir la incapacidad del progresismo para distinguir entre la solidaridad con un pueblo y el apoyo descarado a una dictadura. Peor aún, exhibió en toda su decrepitud a los promotores de una ensoñación de resultados catastróficos.
Quien viaja a fotografiarse con un régimen de partido único, sin elecciones libres, sin prensa independiente, con opositores perseguidos y con el pueblo sumido en la más brutal miseria, no puede refugiarse en la coartada de la buena intención.
De modo que el gesto del Frente Amplio, acompañado por decenas de progres de izquierda de buena parte de Europa y las Américas, no tuvo una intención humanitaria con los cubanos. Fue un acto político en apoyo al régimen comunista, así reconocido por el dictador Miguel Díaz Canel.
Este es el núcleo del problema: la izquierda latinoamericana no se pregunta sobre la verdad de los hechos, sobre qué ideas funcionan para ampliar la libertad y la prosperidad de la gente sino cómo satisfacer la sensibilidad de la tribu, cuál es la contraseña que activa la liturgia ideológica y, de paso, mantiene vivo el sueño socialista, convertido (como en todos los casos anteriores), en una auténtica pesadilla.
Por eso, frente a Cuba, tantos progresistas prefieren repetir “bloqueo” antes que hablar de la ineficiencia e improductividad absoluta de un sistema que incluye en el combo la represión, la censura, los presos políticos, millones de exiliados, el hambre y el miedo. Un caso extremo de tragedia moral, pero también intelectual.
Resulta que, para la izquierda uruguaya y latinoamericana, si un gobierno de derecha prohíbe partidos, hostigara (hostiga) periodistas, encarcelara (encarcela) disidentes, negara (niega) libertades básicas y privara (priva) a su población de alimentos, se lo denuncia (con razón, claro), como una tiranía. Pero si lo hace una autocracia comunista, entonces aparecen los matices, los peros, las contextualizaciones y, acaso el peor de los argumentos, la gratitud mal entendida.
Sostener el régimen cubano en el entendido de que fue solidario con los uruguayos que escapaban de la dictadura, es tan inmoral como defender a una banda de sicarios porque financió la construcción de un gimnasio.
Así, la izquierda que alguna vez se presentó como fuerza de emancipación termina justificando a quienes esclavizan a sus ciudadanos, y en lugar de visitar a los reprimidos, festeja a los represores. No presta su voz a quienes no pueden hablar, sino a quienes los amordazan. Lo más patético y repulsivo del asunto es que lo hace en defensa de una ficción sentimental, un mito agotado en su propia idiotez y ahogado en las lágrimas y la sangre de sus víctimas.
Una idea vale por sus efectos en la vida humana, no por la emoción que despierta en una asamblea.
El mundo necesita dirigentes y ciudadanos capaces de comprender una diferencia elemental: no hacen falta ideologías que despierten ensoñaciones o tranquilicen conciencias, sino ideas que funcionen y ayuden de verdad a ensanchar la libertad y la prosperidad de las personas.
Un régimen como el cubano que prohíbe disentir, castiga la crítica, exige obediencia indefinida, persigue a los disidentes y condena al hambre a todos menos a sus capitostes y monigotes, es apenas una dictadura progre con propaganda vintage.

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