Opinión | Destruyendo libros, salvando libros
Un nuevo David contra Goliat.
03.08.2026 15:40
Diego Borges
Licenciado en Marketing y consultor en estrategia, con formación en Gestión de Directorios. Ha recorrido más de 20 países lanzando negocios, desarrollando marcas y creando redes comerciales.
El 27 de enero de este año, el Washington Post reveló públicamente la existencia del Proyecto Panamá. Una iniciativa de Anthropic para comprar, desmembrar, escanear y destruir millones de libros. Muchísima información al respecto de esta iniciativa ha pasado a estado público debido a un enorme juicio por derechos de autor, sobre el cual podrán encontrar más datos, entre otras fuentes, en la Orden 122 del juez William Alsup (recientemente jubilado). Pero el asunto del juicio y los derechos de autor no es lo que nos interesa en este momento, sino la iniciativa que la propia empresa describe en documentos internos de la siguiente manera: “Project Panama is our effort to destructively scan all the books in the world.” Literalmente: Project Panama es nuestro esfuerzo por escanear de forma destructiva todos los libros del mundo.
EL CANARIO EN LA MINA
Confieso que la primera fuente de información por la que llegué a esta noticia no fue el prestigioso periódico norteamericano, sino las redes sociales, y más específicamente las redes en las que varias librerías del mundo, especialmente las dedicadas a la venta de libros usados, libros raros, y los que llamamos “incunables”, hicieron sonar la alarma. Ese fue “el canario en la mina”; el método de detección informal y desestructurado por el cual se pudo saber, mucho antes del juicio y de las investigaciones del Washington Post y una posterior de El País de Madrid y la televisión pública alemana, que algo estaba sucediendo, pues se hicieron abundantes en un corto lapso de tiempo los pedidos de libros agotados, raros, ediciones antiguas, y hasta lenguas raras, muchos de ellos dirigidos en sus compras hacia los mismos depósitos en los Estados Unidos. “El canario cantó”, y su voz logró poner freno a esta iniciativa que, aún sin romper ninguna norma, y hasta ser declarada legal en el mismo juicio al que se hace referencia, tiene un trasfondo muy oscuro y peligroso. En este caso, el canto del canario no detectó un gas venenoso, sino la existencia de un procedimiento de acumulación destructiva de conocimiento. No se compraban libros para entrenar una IA (Claude) en este caso, sino que además esas fuentes de conocimiento luego, en su formato original (el libro) se destruían.
NI LA IMAGINACIÓN DE BRADBURY
En Fahrenheit 451, la distopía más famosa de Ray Bradbury, el autor nos relata un mundo en el que los bomberos cumplen una función inusual: son los encargados de la quema indiscriminada de libros, con el propósito de que estos no formaran parte de la humanidad. En el libro de Bradbury, que increíblemente fue escrito de forma íntegra en una biblioteca y mediante una máquina de escribir alquilada a 9 centavos la hora, según el propio escritor nos cuenta, el propósito de la destrucción de los libros es netamente hacerlos desaparecer. El libro, que es escalofriante y adictivo a la vez, tiene frases increíbles, de las cuales les comparto solo una (¡con el enfático deseo de que lo lean completo!): “Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho?”. Muchas han sido las veces que los libros fueron quemados, y nunca estuvo esta destrucción rodeada de ideas buenas. La historia, gran maestra, nos lo enseña sin dejar lugar a dudas. Y entonces me pregunto: si los libros digitalizados dejan de existir como libros físicos: ¿de qué forma los leeríamos? No creo, no puedo creer que los leeríamos de forma digital como ahora hacemos con las versiones digitales bajadas de diferentes plataformas de compra, sino que seguramente atravesaríamos un filtro: el filtro del prompt, en lo que ya se ha iniciado como una era del “promptismo generalizado” del que nos habla profundamente el filósofo francés Éric Sadin, en su libro La vida espectral. Esta interpretación del algoritmo de la IA respecto a cualquier libro que solo exista en su memoria, equivale al dibujo que cada uno podría hacer de la Gioconda para contarle a un interlocutor de qué se trata el cuadro de Da Vinci.
DAVID CONTRA GOLIAT
Como ya les mencionaba, el canario que cantó para descubrir el truco fue la voz de los libreros “de segunda”, aquellos que en sus sótanos y altillos acumulan miles de libros que incluyen entre sus páginas no solo el texto original, sino muchas veces también los comentarios, las notas, las dedicatorias, las rosas y hasta cartas que entre sus páginas se han colado para integrarse al papel como parte de la historia de cada libro que ha circulado de una librería a un hogar, a una biblioteca, a un desván, a una caja de mudanza, a otra casa, y luego nuevamente a una librería. Estos personajes no son personas cualquiera. Aman el objeto de su trabajo. Aman conversar sobre ellos, recomendar, recorrer, escuchar, descubrir los gustos de cada uno de sus clientes, que a la larga incluso se transforman en amigos. Estas personas hicieron sonar la primera alarma. Una librera amiga, parte integrante de esta red de santuarios literarios, me comentaba “empezó a venir una persona rara, que preguntaba por libros raros, de una forma rara, casi obsesiva, mencionando incluso que no importaban los precios… me llamó la atención, y empecé a preguntar, y resulta que no era yo sola la visitada. Había varios libreros que tenían la misma sensación. Yo ahora, cada vez que viene le digo que no lo tengo, no importa cuál sea por el que me pregunte. No los está buscando para leerlos. Eso es seguro”. Y se aplicó, imperceptiblemente el protocolo de defensa. Y David empezó a luchar contra Goliat. El relato de mi amiga librera me llevó de nuevo a la novela de Bradbury, y a su personaje central: Guy Montag, quien en una escena que eriza la piel, se enfrenta a una anciana que incluso llega a permanecer en su casa mientras queman sus libros. Es allí que reflexiona y el autor le hace decir: “Tiene que haber algo en los libros; cosas que no podemos imaginar para hacer que una mujer permanezca en una casa que arde. Ahí tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada.
NUTRIRSE PARA DESNUTRIR
Parece que sí. Algo hay en los libros para constituir un proyecto que, lejos de ser una trivialidad, fue algo estratégico, pues según consta en las investigaciones judiciales y las de la prensa, los propios directores de la empresa de Inteligencia Artificial, se involucraron en la compra y la no compra (porque también hicieron una descarga de decenas de miles de libros pirateados) de libros en cuestión. Y en su programa de digitalización destructiva. El Proyecto Panamá consiste en digitalizar todos los libros del mundo desmembrando sus páginas para después escanearlas con rapidez y eficiencia y posteriormente destruir todas esas páginas. El Proyecto Panamá, como todo proyecto, tiene un objetivo: nutrir a la IA de la forma más amplia y profusa posible. Y eso no está mal. Lo que parece raro es que ese nutriente de papel y tinta, luego de consumido, en lugar de hacerse circular nuevamente, se aniquile.
P.D: SALVANDO LIBROS
Es el nombre de la librería. Y su nombre le hace honor. Y le hace honor a su nombre.
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