Santiago Gutiérrez Silva
Escribe Santiago Gutiérrez Silva

Opinión | Desde lejos no se ve

Uruguay, contrario a su costumbre cansina y a su resistencia natural a los cambios, hoy se encuentra apurado por realizarlos.

24.05.2022 09:16

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2022-05-24T09:16:00
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En campaña electoral el presidente Lacalle Pou repetía, con certeza, que Uruguay se encontraba en una “cruz de caminos”. Si bien se refería a la contienda electoral en su contexto, no deja de tener sentido en términos históricos.

Nuestro querido gran país, contrario a su costumbre cansina y a su resistencia natural a los cambios, hoy se encuentra apurado por realizarlos. O al menos debería estarlo.

Hace algunas semanas, en un programa televisivo de la mañana, Ignacio de Posadas consultado por el pasado referéndum, hacía referencia con total sencillez y realismo a esto mismo: “¿Por qué no puede Uruguay tener un poco de apuro?” Apuro por llevar adelante cambios que el gobierno cree necesarios para que más gente viva mejor. Una clara crítica al clásico conservadurismo uruguayo y su miedo al cambio. Algo característico de nuestro sistema. Quizá, el reflejo negativo de épocas difíciles y oscuras, con la consciencia resiliente de lo que nos costó conseguir y construir esta estabilidad democrática y ese “más o menos estamos bien”, aunque muchos no lo estén, ni más ni menos.

Pareciera que el propio costo (o miedo al costo) de realizar reformas de largo aliento que mejoren la calidad de vida de más orientales es el obstáculo principal para no llevarlas adelante. No parece ser la falta de diálogo, ni tener diagnósticos diferentes sobre la situación por lo menos en los principales temas que nos apremian hoy.

La prueba está en que muchos de los cambios que se hicieron en otras épocas “con apuro”, y que fueron duramente criticados por las oposiciones de esos momentos, siguen vigentes en el país y con grandes beneficios utilizados por todos los gobiernos (léase la ley de puertos, o la inmensa mayoría de artículos de empresas públicas que no se sometieron a referéndum).

Hoy Uruguay se encuentra de frente con ese país postergado durante años por no tener ningún sentido de apuro relativo. Así es que llegamos a este momento con problemas de otra época, y crisis que, como bola nieve, han crecido en magnitud y en inercia.

Nadie discute a esta altura que Uruguay necesita profundos cambios en educación, en seguridad social, en seguridad ciudadana y en varios elementos que hacen a la cuentas públicas y manejo de las empresas públicas, entre otros puntos clave para el futuro.

Constantemente vemos cómo el sistema político en su conjunto filtra sus apuros según el tamiz electoral, y ahí el corto plazo se lleva puestos los sueños de cambio.

No hay reformas profundas posibles con resultados inmediatos, ni sin consecuencias, al menos impopulares, en el corto plazo. Es que las soluciones de corta mirada también tienen corto alcance y son poco sostenibles. Por lo tanto, soluciones no son.

No se puede pretender alumbrar con una vela a la inmensidad del futuro. Aunque esa vela arrime algunos votos.

Nuestro país naturalmente debe estar apurado. Apurado por llegar antes y mejor al mañana. Apurado por romper con su enamoramiento con el status quo, con el conservadurismo de estar más o menos bien, o “mejor” en varios aspectos que el concierto latinoamericano. Es que a esta época ya llegamos tarde.

El mundo avanza muy rápido y los cambios que no sepamos hacer hoy, provocarán que el país sea menos sostenible y menos justo en el tiempo. En todos sus aspectos, pero particularmente para perfeccionar y hacer durables políticas sociales que de verdad lleven desarrollo e independencia a aquellos compatriotas con menos oportunidades. Contrario al clásico discurso del Frente Amplio en oposición, de llevar adelante reformas que sus gobiernos barrieron debajo de la alfombra, tiene como objetivo único que este país sea para más personas, y no para menos.

Uruguay debe tener conciencia de su inmenso potencial de mejora en todos los aspectos que tenemos un debe. Porque, convénzase estimado lector, que la orilla oriental del Río de la Plata tiene todas las condiciones para ser un país de vanguardia. No sólo en términos marketineros con elementos “de moda” pero que no hacen a la sustancia de una sociedad.

De vanguardia en no tener gente amaneciendo entre el barro y la basura, en brindar una educación pública que sea el motor igualador de oportunidades, en producción responsable, sostenible y de calidad agropecuaria, en software, en audiovisual y tantos elementos interrelacionados más. Porque eso harán de este un país más libre y más justo por estar lleno de oportunidades accesibles.

Para eso el sistema político debe tener el coraje de superar el horizonte electoral inmediato y tomar conciencia de que su responsabilidad es con el país que los eligió. No es tiempo de chacras ni corporativismos pequeños vacíos de sentido nacional. Primero está el país.

Para eso, también, Uruguay debe centrarse en tener discusiones reales, activas y con celeridad, abandonando sueños imposibles y bombas de humo electorales. La gente necesita certezas, no discursos románticos y floridos, con utopías naturalmente inalcanzables. Porque allí reside otro peligro: el hartazgo.

El paulatino cansancio y descreimiento en el sistema político es, quizá, el talón de Aquiles de toda democracia. El incumplimiento de expectativas, el cansancio de promesas fantásticas incumplidas, los cambios que no llegan, erosionan lentamente la confianza de la gente en su voto y, por lo tanto, erosionan la soberanía del mismo.

Hoy, en nuestro país, tener un razonable “apuro” es ser responsable con la ciudadanía y con el deber en la tarea política. Dialogando todo lo que sea necesario, pero con objetivos claros y acuerdos posibles.

Seguir aplazando las oportunidades de cambio y mejora de muchos uruguayos que hoy no están conformes ni pasando bien, por la pequeñez de unos votos detrás discursos de lucha y enfrentamiento, tendrá consecuencias nefastas para esas personas, para el sistema político y la estabilidad del país en el mediano plazo.

Cosa que desde lejos no se ve.

ESCRIBE

Santiago Gutiérrez Silva

Nacido en 1994 en Montevideo, actualmente es Director del Partido Nacional. En 2019 logró su título de ingeniero agrónomo en la Universidad de La República y trabaja como consignatario y asesor en negocios agropecuarios. Es tan hincha de Nacional como de los libros (novelas, filosofía e historia) y de los discos (folclore y rock, por decir dos).

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