Opinión | Cuando la ciencia se convierte en espectáculo: Musk, LeCun y el progreso
La pregunta es si somos capaces de construir un futuro en el que la tecnología esté al servicio de las personas.
Aldo Lamorte
Diputado (s) por el Partido Nacional, Unión Cívica. Arquitecto, empresario, consejero de nómina de gobierno de Italia en el Consejo General de los Italianos en el Exterior.
El reciente intercambio entre Elon Musk y Yann LeCun, una de las figuras más reconocidas de la inteligencia artificial, tras las críticas a la viabilidad técnica de los propulsores que se proyectan para el Tesla Roadster, es mucho más que una anécdota de las redes sociales. Es un episodio que invita a reflexionar sobre la relación entre ciencia, poder económico, mercados y sociedad.
Ante los cuestionamientos de LeCun sobre la utilidad práctica del sistema de propulsión, Musk respondió con una frase escatológica tomada de una película de humor británica, una frase tomada de la película Monty Python and the Holy Grail. LeCun contestó con otra ironía, trasladando la discusión al terreno de la física. El debate técnico quedó, en buena medida, desplazado por el espectáculo.
Pero, ¿qué nos dice este episodio sobre la época que estamos viviendo?
La ciencia no se decide por aplausos
La primera cuestión es científica. Que una tecnología sea físicamente posible no significa que resulte eficiente, segura o comercialmente viable. Entre una idea audaz y una solución útil existe un camino que exige cálculos, ensayos, resultados verificables y evaluación de riesgos.
La innovación necesita imaginación, pero también rigor. El empresario tiene derecho a desafiar los límites conocidos; el científico, a cuestionar sus propuestas. Lo que no debería ocurrir es que la personalidad de uno o el prestigio del otro sustituyan a la evidencia.
La ciencia no se demuestra con una burla ni se refuta con una descalificación. Se demuestra con argumentos y resultados que puedan ser examinados por otros.
El mercado también vende expectativas
El segundo aspecto es comercial. Empresas como Tesla no venden solamente automóviles: venden una visión del futuro. La promesa de superar lo establecido, de convertir lo extraordinario en cotidiano, constituye una parte importante de su identidad y de su valor de marca.
En ese contexto, una demostración espectacular puede tener un doble propósito: mostrar una innovación y alimentar las expectativas que rodean a la empresa. La atención pública se convierte en un activo económico.
Sin embargo, debemos distinguir entre lo que funciona, lo que está en desarrollo y lo que todavía constituye una promesa. Una tecnología puede ser fascinante sin estar preparada para su uso cotidiano. Una presentación puede generar entusiasmo sin demostrar todavía una solución comercialmente sostenible.
Los mercados necesitan expectativas para financiar la innovación, pero también necesitan evidencias para justificar la confianza. La notoriedad de una marca no garantiza la viabilidad de sus proyectos, del mismo modo que una polémica no demuestra por sí sola su fracaso.
El verdadero desafío consiste en evitar que el relato termine valiendo más que la realidad.
El poder de captar nuestra atención
Hay una tercera dimensión: la cultural. Vivimos en una sociedad donde la atención se ha convertido en una mercancía. Las redes sociales favorecen la frase provocadora, el enfrentamiento personal y la respuesta viral. Explicar una cuestión compleja exige tiempo; ridiculizar al adversario puede requerir apenas una línea.
Así, una discusión sobre física y tecnología puede transformarse en una competencia por conseguir más repercusión.
El problema no es el humor. La ironía forma parte de la libertad de expresión y puede ser una herramienta legítima de crítica. El problema aparece cuando el espectáculo desplaza al argumento y cuando la popularidad empieza a confundirse con la autoridad intelectual.
El éxito empresarial no convierte a nadie en dueño de la verdad. El prestigio científico tampoco hace infalible a un investigador.
Una sociedad madura debe ser capaz de admirar a sus innovadores sin convertirlos en ídolos, y de respetar a sus científicos sin renunciar al pensamiento crítico.
¿Dónde queda el ciudadano, las personas?
Desde la perspectiva del ciudadano común, la cuestión adquiere una dimensión todavía más profunda.
No todos necesitamos comprender los detalles de un sistema de propulsión para formular preguntas esenciales: ¿qué problema resuelve esta innovación?, ¿qué riesgos implica?, ¿cuánto cuesta?, ¿quién se beneficia y qué utilidad real aporta a la sociedad?
No toda innovación tiene que solucionar una necesidad colectiva para justificar su existencia. Pero tampoco debemos aceptar que toda novedad tecnológica sea presentada automáticamente como un avance para la humanidad.
Existe una diferencia entre lo novedoso y lo necesario, entre lo espectacular y lo útil, entre lo que promete transformar nuestras vidas y lo que efectivamente las mejora.
El progreso tecnológico no puede medirse únicamente por la potencia de las máquinas, las cotizaciones bursátiles o la capacidad de sus creadores para dominar la conversación pública. También debe evaluarse por su contribución a la calidad de vida, por la responsabilidad con que se desarrolla y por la libertad con que los ciudadanos pueden juzgarlo.
Innovar sin renunciar al pensamiento crítico
El episodio entre Musk y LeCun nos recuerda que la tecnología no avanza en el vacío. Está atravesada por intereses económicos, ambiciones personales, expectativas sociales y disputas por el poder. Debemos defender la libertad de innovar y el derecho a cuestionar. Pero también exigir transparencia, rigor y responsabilidad a quienes tienen la capacidad de influir sobre millones de personas.
La pregunta de fondo no es quién consiguió la última palabra en las redes sociales. Es qué lugar queremos dar a la verdad en una sociedad cada vez más fascinada por la imagen, la velocidad y el espectáculo.
El verdadero progreso no consiste solamente en lograr que una máquina haga lo que antes parecía imposible. Consiste también en construir una sociedad capaz de distinguir entre lo posible, lo demostrado, lo útil y lo que simplemente se nos quiere vender.
Porque la tecnología debe estar al servicio del ser humano, y no el ser humano al servicio del espectáculo tecnológico.
Esa es, en definitiva, la diferencia entre una sociedad que solamente admira el futuro y una sociedad que se prepara, con inteligencia y responsabilidad, para construirlo.
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