En Sierras del Yerbal, en nuestro departamento de Treinta y Tres, se encendió La luz en la Escuela N.º 44. Dicho así, puede parecer algo simple, incluso algo que debería ser natural en el Uruguay de hoy. Pero no lo es. Y justamente por eso, este hecho tiene un valor profundo, porque cuando la luz llega a una escuela rural no llega solo electricidad: llega dignidad, llega igualdad de oportunidades y llega una nueva forma de enseñar, de aprender y de vivir la escuela.
Durante mucho tiempo, familias, maestras y gurises sostuvieron la educación en condiciones que no siempre fueron las que correspondían. Lo hicieron con esfuerzo, con vocación y con un compromiso que muchas veces suple lo que falta. Se adaptaron a lo que había, resolvieron con creatividad, sostuvieron la escuela como un espacio de encuentro y de futuro, aun cuando las condiciones no eran las adecuadas. En ese esfuerzo silencioso hay una parte importante de nuestra identidad como sociedad.
Hoy, con esta obra, eso empieza a cambiar. Y ese cambio no es menor. No es solo una mejora material, es una señal clara de que el país también se construye desde estos lugares, desde estos territorios que muchas veces quedan fuera de la mirada central. Hay que decirlo con claridad: esto no es solo infraestructura. Es una decisión política que expresa una forma de entender el desarrollo.
Porque no se trata de números, se trata de justicia. Se trata de tender kilómetros de línea eléctrica para llegar a una escuela donde asisten pocos alumnos, pero donde hay una comunidad entera que sostiene la vida en el campo. Se trata de reconocer que ahí también está el Uruguay que produce, que trabaja, que educa y que quiere proyectarse sin tener que irse. Se trata de que el lugar donde uno nace no determine sus oportunidades.
También es justo reconocer que estos avances no son casualidad. Son fruto de años de insistencia, de organización, de vecinos que no bajaron los brazos, de docentes que sostuvieron la educación en contextos adversos y de un Estado que, cuando decide estar presente, puede transformar realidades. Porque cuando el Estado llega donde más se necesita, cuando se acuerda del interior profundo y cuando escucha a su gente, las cosas pasan.
Este tipo de logros no resuelve todo. Sabemos que falta, que todavía hay brechas que cerrar, servicios que mejorar y oportunidades que generar. Pero también sabemos que este es el camino: el de estar en el territorio, el de escuchar, el de gestionar y el de no resignarse a que haya ciudadanos de primera y de segunda según el lugar donde nacen o viven.
Cada escuela rural que se fortalece es comunidad, es arraigo y es futuro. Es la posibilidad de que las familias sigan eligiendo quedarse, de que los gurises crezcan en su lugar, de que el interior siga vivo y proyectándose. Y cada derecho que se garantiza es una señal clara de hacia dónde queremos ir como país.
Por eso, lo que ocurrió en Sierras del Yerbal no es un hecho aislado. Es una señal. Es la demostración de que, con voluntad, con trabajo y con compromiso, se pueden cambiar realidades que durante años parecieron inamovibles.
A veces no con grandes anuncios ni con obras que ocupan titulares durante semanas. A veces alcanza con algo más simple: con que llegue la luz, con que una escuela tenga lo que siempre debió tener, con que una comunidad sienta que no está olvidada. Y es ahí, en esos gestos que parecen pequeños pero cambian vidas, donde empieza (de verdad) la revolución de las cosas simples

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