Por estos días, me ha tocado analizar distintas aristas de lo ocurrido el 3 de enero en Caracas. Lo he hecho desde múltiples planos: el institucional, el diplomático, el político. Esta crisis, por su extensión, ha sido un tema que por diferentes razones me ha acompañado a lo largo de mi vida profesional. Incluso, por responsabilidades de gobierno, hasta me tocó decirle alguna vez al propio Nicolás Maduro, en su cara, que había llevado a su país al abismo: presos políticos, torturas, persecuciones y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Nada de eso ya es opinable.
Sin embargo, cuanto más reflexiono sobre lo sucedido —y sobre cómo lo discutimos—, más clara se vuelve una sensación incómoda. Muchas veces, en las preguntas que hacemos y en las respuestas que damos (me incluyo), estamos dejando de lado la evidencia más palpable y más dolorosa: el profundo proceso de deshumanización que hoy padecen millones de venezolanos.
El debate internacional sobre Venezuela se ha vuelto cómodo y binario: geopolítica, bandos, imperio, alineamientos, soberanía. Una discusión cargada de abstracciones que, en su ruido, termina desplazando lo esencial. Se habla mucho de Estados, pero poco de personas. Se discuten equilibrios de poder, pero se invisibiliza a esa familia venezolana de a pie, sentada a la mesa —cuando hay mesa y cuando hay comida— tratando de explicarles a sus hijos por qué un futuro esperanzador se ha vuelto un lugar tan lejano.
Ocho millones de venezolanos se fueron de su país. No lo hicieron por capricho ideológico ni por juegos geopolíticos: se fueron empujados por la necesidad, por el miedo, por la falta de horizonte. Se fueron soñando con volver. Y extrañan cada día la vida que dejaron atrás. El régimen no solo violó derechos humanos durante más de una década: vació de humanidad la discusión pública, dentro y fuera de Venezuela.
En ese contexto, algunos prefieren refugiarse en el concepto de autodeterminación. Pero vale la pena detenerse un segundo y hacerles una pregunta: ¿acaso existe realmente autodeterminación cuando un dictador usurpa el poder, elimina la competencia política y gobierna mediante el miedo? ¿Acaso no fue el dictador el que ya dinamitó la autodeterminación de su pueblo? O hagamos la pregunta completa, sin rodeos: si los venezolanos hubieran tenido la posibilidad real de decidir el desenlace del 3 de enero, ¿qué habrían votado? ¿Mantener a Maduro o sacarlo más allá de los riesgos potenciales, buscando poner fin a una dictadura que los expulsó, los empobreció y los persiguió?
Tal vez en esa respuesta —no en los discursos grandilocuentes ni en las narrativas calculadas— esté el verdadero sentido de lo que significa autodeterminación. No como un principio abstracto, sino como una expresión concreta de la libertad individual y colectiva.
Hoy muchos celebran, aún sin certezas plenas sobre el futuro, la sensación de que algo empieza a parecerse a la justicia. No es ingenuidad: es alivio. Es la intuición de que, después de años de impunidad, el poder absoluto ya no parece tan blindado. Pero conviene no perder de vista que este no es, ni puede ser, solo un debate sobre soberanía o correlación de fuerzas. Es, ante todo, la necesidad urgente de volver a poner lo humano en el centro.
Aquí es donde conviene recordar algo que a veces se presenta —erróneamente— como una tensión: la relación entre humanismo y liberalismo que ha sido un eje en la historia del Partido Colorado. Lejos de ser tradiciones opuestas, ambas comparten un núcleo común, como es la dignidad de la persona y la libertad individual como valores irrenunciables. El humanismo pone el foco en el valor intrínseco de cada vida humana; en el liberalismo, en la necesidad de proteger esa vida frente al abuso del poder. Cuando el Estado se transforma en una maquinaria de opresión, ambos convergen en la misma advertencia de que nada justifica la negación sistemática de la libertad.
Defender al pueblo de Venezuela hoy no es tomar partido por una ideología o un bloque. Es algo más simple y más exigente. Es negarse a naturalizar el sufrimiento ajeno cuando es tan patente ante nuestros ojos. Es rechazar la tentación de explicar la injusticia con categorías que la vuelven tolerable. Es recordar que detrás de cada discusión diplomática hay personas concretas, con nombres, historias y proyectos truncados.
En tiempos de cinismo global, insistir en poner lo humano en el centro puede parecer ingenuo. En realidad, es profundamente político y hasta valiente. Y también es liberal y humanista. Porque sin dignidad, sin libertad y sin la posibilidad real de elegir, no hay autodeterminación que valga. Solo hay poder sin límites. Y eso, siempre, termina devorando a las personas y, por ende, a la política.

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