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Escribe Gonzalo Baroni

Opinión | Competitividad y el gato en la mesa. ¿Por qué excluir la educación?

La educación es, probablemente, la política de competitividad más importante que existe.

25.06.2026 12:45

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El gobierno uruguayo presentó un conjunto de medidas orientadas a reducir costos y mejorar las condiciones para la actividad económica, mientras distintos actores políticos, empresariales y sociales retomaron una discusión tan recurrente como necesaria para un país pequeño, abierto y dependiente de su capacidad para insertarse exitosamente en el mundo.

Sin embargo, como suele ocurrir en Uruguay, hay un tema fundamental que permanece casi ausente del debate. Un asunto que todos conocen, que todos identifican como relevante, pero que rara vez ocupa el centro del debate. Un verdadero gato arriba de la mesa: la educación.

Cuando hablamos de competitividad solemos pensar en impuestos, tarifas, infraestructura, logística, regulación, costos laborales o tipo de cambio. Todos esos factores importan. De hecho, cualquier estrategia seria para mejorar la competitividad nacional debe considerarlos. Pero cada vez resulta más evidente que ninguna de esas variables explica por sí sola el éxito o el fracaso de los países más avanzados económicamente.

Las economías más dinámicas del mundo ya no compiten únicamente por producir más barato. Compiten por producir mejor. Compiten por innovar, por adaptarse más rápido, por incorporar tecnología, por generar conocimiento y por desarrollar talento. En definitiva, compiten a través de las capacidades de su gente.

Por eso sorprende que, en medio de una discusión nacional sobre competitividad, la educación aparezca apenas como un elemento secundario, o prácticamente no se mencione. Como si se tratara de una política social desconectada de la estrategia de desarrollo del país.

Nada más lejos de la realidad.

La educación es, probablemente, la política de competitividad más importante que existe. La diferencia es que sus resultados no se observan en el próximo trimestre ni en la próxima rendición de cuentas. Se observan diez o veinte años después. El ciclo electoral conspirando contra el largo plazo.

Lo paradójico es que Uruguay tampoco parece particularmente dispuesto a debatir en profundidad qué educación necesita para enfrentar los desafíos del futuro. Durante años, gran parte de las discusiones educativas han girado alrededor de temas relevantes, pero insuficientes: presupuesto, gobernanza, infraestructura, salarios, conflictos sindicales o cambios institucionales.

Sin embargo, existe una pregunta más incómoda y estratégica que pocas veces ocupa el centro del debate. ¿Qué deberían aprender hoy los niños y jóvenes uruguayos para prosperar en el país que existirá dentro de quince años?

La pregunta obliga a discutir contenidos, prioridades y competencias. Obliga a revisar prácticas arraigadas y a abandonar algunas certezas. Obliga, incluso, a reconocer que buena parte del debate educativo sigue organizado alrededor de problemas del siglo pasado.

Mientras el mundo discute inteligencia artificial, automatización, transición digital, nuevas formas de empleo y aprendizaje permanente, Uruguay continúa dedicando buena parte de su energía a disputas que, siendo importantes, rara vez llegan al corazón del problema.

La cuestión central ya no es únicamente cuánto aprenden los estudiantes. También importa qué aprenden y para qué lo aprenden.

Las sociedades más exitosas están poniendo el foco en competencias que trascienden la acumulación de información. La capacidad para resolver problemas complejos. El pensamiento crítico. La comprensión lectora profunda. El razonamiento matemático. La alfabetización digital. La creatividad. La colaboración. La adaptación al cambio. La capacidad de seguir aprendiendo durante toda la vida.

No se trata de reemplazar conocimientos por habilidades. Se trata de comprender que ambas dimensiones son inseparables. Sin conocimientos sólidos no hay pensamiento crítico posible. Pero sin la capacidad de aplicar esos conocimientos en contextos nuevos tampoco existe verdadera preparación para el futuro.

Esta discusión adquiere una relevancia todavía mayor en un país que enfrenta desafíos demográficos, fiscales y productivos de enorme magnitud. Uruguay tendrá menos jóvenes en las próximas décadas. Eso significa que cada generación deberá estar mejor preparada para sostener mayores niveles de productividad, innovación y bienestar.

En otras palabras, el país no podrá competir simplemente haciendo más de lo mismo. Necesitará hacer las cosas mejor. Y para eso deberá preguntarse si existe una conexión real entre la estrategia productiva que imagina para las próximas décadas y las capacidades que hoy desarrolla en sus centros educativos.

La pregunta es incómoda porque obliga a tender puentes entre mundos que muchas veces dialogan poco entre sí. El de la educación y el de la economía. El de las aulas y el de la producción. El de la formación ciudadana y el del desarrollo nacional. Pero precisamente allí se encuentra uno de los grandes debates pendientes del Uruguay.

Cada vez que hablamos de competitividad aparecen los mismos temas. Algunos son urgentes y requieren respuestas inmediatas. Sin embargo, hay otro factor cuya importancia crece año tras año y cuya ausencia en la conversación resulta cada vez más difícil de justificar.

La verdadera competitividad de los países no depende solamente de lo que producen. Depende, sobre todo, de lo que sus ciudadanos son capaces de hacer. Por eso, mientras discutimos legítimamente sobre costos, tarifas, impuestos o infraestructura, convendría empezar a hablar también de las capacidades que necesitaremos para competir en el mundo que viene. Porque hay un gato arriba de la mesa. Y cuanto más tiempo tardemos en nombrarlo, más difícil será construir el Uruguay competitivo que todos decimos querer.