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Escribe Esteban Valenti

Opinión | Cerró la ferretería de mi barrio

Este nuevo virus modificado nos está cambiando la vida todos los días y por mucho tiempo, porque las grandes y pequeñas heridas recién las comenzamos a ver y a sentir

15.04.2020 15:23

Lectura: 4'

2020-04-15T15:23:00
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Ayer violé la cuarentena. Salí a comprar una cinta aisladora porque se me peló un cable y se había transformado en un peligro y esa compleja tarea hogareña todavía se hacerla. Aprovecho porque no se por cuánto tiempo...Y me llevé una sorpresa, la ferretería del barrio anunciaba su cierre. Hace dos años había por lo menos tres ferreterías en la vuelta, ahora quedaba izada una sola bandera. Su dueño es mi amigo y tenía nombre de un pájaro que en Uruguay es futbolero.

Compartimos el mismo recorrido político, las mismas broncas y frustraciones y largas conversaciones entre tornillo y tornillo o en filosóficas conversaciones sobre el cambio irremediable de las bombitas de luz. Hace unos pocos meses trabajaban él y su esposa.

Ahora cerró y cuando se habla en términos de grandes cambios comerciales, económicos, sociales, civilizatorios como consecuencia del coronavirus, mejor dicho de la peste, todos miramos hacia el cielo o el infierno de las grandes empresas y las bolsas de valores del mundo, pero lo vamos a sentir en nuestra vida cotidiana, en el paisaje de nuestros barrios, de los comercios amigos y pequeños de la vuelta de casa. Yo ya lo sentí directamente.

Ya encontraré donde ir a comprar aguarrás y un pincel para hacer mis desastres, pero no será lo mismo, el recorrido cada tanto por los pequeños y a veces medianos comercios del barrio es parte de nuestra vida, de tomarle el pulso a la ciudad y su gente, de sacar la nariz de la política o del periodismo e intercambiar experiencias concretas pequeñas y gigantes de nuestras vidas. Tan gigantes como cada instante común de nuestra libertad de elegir.

Los partes diarios prolijamente compilados por las autoridades sobre la cantidad de test, de resultados positivos, negativos, de personas en los CTI y cada tanto de fallecimientos, no registran otro tipo de heridas, como el cierre de la ferretería de mi barrio. ¿Cuántos boliches, ferreterías, almacenes, restaurantes y todo tipo de comercio quedarán por este empinado camino?

Esa construcción, ese tejido comercial, empresarial y humano llevó muchos, muchos años para construirse, no solo invirtiendo capital y tiempo, sino relaciones humanas, cercanías. Y la peste lo barre, lo devora, lo destruye y nos destruye a todos un poco. Habrá que hacer muchas cosas para reconstruir todo eso que construyeron tantas personas venidas de tantos barrios, países, ciudades del interior o del campo.

No tengo una larga lista de anécdotas para contarles de mis visitas a la ferretería de mi barrio, solo las lecciones que recibía sobre las más diversas materias sobre las reparaciones domiciliarias, pero ayer frente a una reja cerrada y un cartelito escrito a mano, me di de bruces contra otra de las consecuencias de la peste.

Las ciudades son muchas cosas, una de ellas es esa cantidad incontable de comercios de todos los tamaños, de las más variadas actividades que tenemos en todos los barrios, esos que cada tanto aparecen en la televisión en una nota policial y que son una parte muy importante de cada barrio, porque sin ellos no habría barrios, porque además de ir a comprar, vamos a intercambiar, a conversar, a conocer seres humanos próximos no solo por la geografía, sino por la complicidad en esta vida.

Ahora, esta peste maldita, esa miserable partícula absolutamente parasitaria, pues como carece de la maquinaría para reproducirse, necesita apropiarse de nuestras células, este nuevo virus modificado nos está cambiando la vida todos los días y por mucho tiempo, porque las grandes y pequeñas heridas recién las comenzamos a ver y a sentir.

Los más de 150 mil muertos en todo el mundo los tenemos contabilizados todos los días, con la duda permanente de que sea realmente esa la cifra exacta y no una mucho mayor, pero la contabilidad de otras víctimas sociales, en sus empleos, en sus pequeñas empresas, en nuestros nuevos miedos, esos recién comienzan.

Yo espero, lo sé, porque conozco de la tenacidad de mi amigo el ferretero y su esposa, que en algún otro lugar abrirán su boliche lleno de fierros, plásticos, pinturas, aparatitos de todo tipo, de cemento portland, pinceles pero sobre todo de amistad.

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Esteban Valenti

Periodista y coordinador de la revista Bitácora.

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