Julián Kanarek
Escribe Julián Kanarek

Opinión | Amarga: nuestra versión de las campañas electorales modernas

El prestigio de nuestras instituciones nos puede mantener en un estado de tranquilidad peligrosa a medida que se acumulan señales de alerta.

17.05.2019 10:50

Lectura: 4'

2019-05-17T10:50:00
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Por Julián Kanarek | @julian_kanarek

Citar un libro llamado "Cómo mueren las democracias"1  para analizar la coyuntura política de un país es alarmante. Si ese país es reconocido mundialmente como una de las 20 democracias plenas del planeta2, es aún más grave. Pero así estamos. Bienvenidos a un proceso electoral moderno, con todas sus características.

El libro de los autores Levitsky y Ziblatt describe con pelos y señales el proceso de deterioro de la democracia estadounidense atendiendo a la polarización del discurso, la demonización del contrincante político, la irrupción de outsiders y la proliferación de elementos propios de la posverdad contemporánea.

Si analizamos el estado de la campaña electoral en Uruguay, todos los aspectos descriptos están apareciendo con más fuerza de la que creemos. La confianza en el sistema y el prestigio que tienen nuestras instituciones nos pueden mantener en un estado de tranquilidad peligrosa, a medida que se acumulan señales de alerta que no deberíamos desatender.

La proliferación de fake news dejó de ser una novedad y ya forma parte de las estrategias de comunicación política. Aunque nadie la vaya a admitir como propia, dicha estrategia ha tenido como destinatarios desde un precandidato con altas chances de ganar la interna del Partido Nacional hasta otro con pocas chances de ganar las del Frente Amplio. Con todas las bajezas posibles, con acusaciones de delitos (ya aclarados en la justicia), incluyendo a menores de edad. Por las redes, en mensajes, con fotos sacadas de contexto, con mensajes enviados desde la India. Rompiendo todas las reglas que el sistema político se autoimpuso, vulnerando pactos éticos y leyes como la de protección de datos personales. Las fake news que ya estaban, ahora tuvieron pauta en Facebook, tweets, call centers, cuentas falsas y bots de Whatsapp. Nadie está a salvo. Esto recién empieza.

La polarización también llegó. Y se instaló con recetas extranjeras e ingredientes criollos. La irrupción en la campaña de temas como el papel de las fuerzas armadas en el pasado (y en el futuro) es un ejemplo. La aparición de posturas extremistas en temas como derechos humanos e inmigración es otro.

El mismo libro citado habla de los mecanismos de contención que los actores de un sistema político deben activar para preservar "el juego al que todos queremos seguir jugando" al referirse a la democracia. Algunos integrantes de este sistema caminan por la cornisa al buscar rédito electoral inmediato con temáticas que implican los cimientos propios de esa democracia con la que tanto nos golpeamos el pecho.

¿Y la concentración del discurso? Claro que llegó. De la mano de un outsider que desafía todas las reglas preestablecidas de las campañas, pero también de la política. De esa política que creemos tranquila y blindada. La candidatura de Juan Sartori que fue vista muchas veces con desprecio y subestimación concentra hoy discursos políticos y mediáticos, polémicas e investigaciones, inversión y conversaciones. ¿Quién es? ¿Qué hizo? ¿Cómo forjó su riqueza? ¿Por qué puede gastar tanto? ¿Cuán preparado está? Todos hablamos de él y esto no sólo es conocido en la política internacional actual, es efectivo.

La concentración del discurso es ya una estrategia explícita. Pero esa estrategia es válida solo si los actores del sistema ya sean políticos, medios, periodistas, editorialistas, twitteros o influencers son funcionales a ella. Y vaya si lo estamos siendo. Basta con hacer un recorrido por las noticias para encontrar a medios investigando, autoridades ironizando, copartidarios atacando. Todo funcional a un solo objetivo: se habla de él.

La convicción de excepcionalidad es necesaria para mantener los estándares de nuestra democracia. Tan necesaria como el análisis constante y constructivo a la hora de mirarnos al espejo. La campaña ya ha despertado los peores rasgos de la política, pero los protagonistas parecen más empeñados en denunciar aquellas prácticas que los perjudican directamente que en activar los mecanismos de contención que nos defienden colectivamente. El argumento es el otro como desestabilizador, poco ético, inmoral o ineficiente. Falta una mirada global, falta autocrítica.

La democracia es la herramienta, nunca deberíamos tener que preguntarnos cómo empieza a morir.

1 - Levitsky y Ziblatt (2018), Cómo mueren las democracias. Editorial Ariel

2 - The Economist Intelligence Unit's Democracy Index.

ESCRIBE

Julián Kanarek

Máster en Comunicación y Cultura, socio y director de Ciudadana, docente en la Universidad Católica Argentina, colaborador académico en Graduate School of Political Management, George Washington University. Consultor revelación (2018), Consultor Digital (2019) Napolitan Victory Awards.

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