Contenido creado por Gonzalo Charquero
Diego Borges

Escribe Diego Borges

Opinión | Alquimistas y vendedores de caramelos

La genética emprendedora en “Cien años de soledad”.

09.04.2026 17:31

Lectura: 6'

2026-04-09T17:31:00-03:00
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Si bien la palabra “emprender” no es nueva (data del siglo XVIII), sus significados han cambiado a través del tiempo, y hoy es un aspiracional identitario que crece en adeptos y en experiencias en el plano real. Esto, en Uruguay, nos mueve positivamente en contraposición al bajo perfil, tranquilo y estable con el cual de alguna manera se nos identifica. Abundan las propuestas para emprendedores, como las incubadoras, aceleradoras, redes, comunidades, programas, cursos, y hasta (en Uruguay) nuestro propio portal, que nos abre la puerta a un ecosistema impresionante, inspirador y contagioso.

No todos los caminos conducen a Roma

Sin embargo, vale decirlo, no todo lo que brilla es oro, y al final del arcoíris no siempre se encuentra la olla de oro del mito irlandés, pero esa constatación, que se vincula más a las tasas de éxito de las empresas y el tiempo que sobreviven, no es el tema de esta conversación que usted y yo mantenemos a través de esta columna. Hablaremos de otra cosa, y es de dos arquetipos que representan los dos extremos del ser emprendedor, y de por qué uno de ellos si se relaciona al “ambiente emprendedor” y otro es denostado por la elite emprendedora. Y sin embargo, es —en la mayoría de los casos— el que paga las cuentas.

El alquimista y la vendedora de caramelos

Todo emprendedor que así se vea a sí mismo, se siente, en lo más profundo de su ser, un alquimista. Posee el convencimiento de que su aventura empresarial (que en un inicio cuenta con nada o casi nada) lo hará transformar sus ideas y saberes en oro. ¡En oro de verdad! Y esto, lejos de estar mal, es condición necesaria, diría imprescindible, para lanzarse al camino empinado, tortuoso y cambiante de crear algo de la nada, sobre todo si se trata de una empresa; sobre todo si el mercado es limitado; sobre todo si los costos son altos; y sobre todo si el éxito es por definición incierto. Este tipo de alquimista moderno es también un ser creativo: un soñador. No le preocupan mucho los detalles (como el precio de lo que va a vender, los canales de distribución, los impuestos, los requisitos formales, el dinero necesario – ya no solo para emprender sino para sobrevivir en el “entre tanto”), sino que pone el foco en su visión, que ya es un sueño puesto en acción. Convence, y se convence, de la viabilidad incuestionable de su proyecto, y, si cuenta con el más mínimo apoyo, se lanza en busca de su Moby Dick, arpón en mano, contra viento y marea. Le juro que he estado en esos zapatos más de una vez. Hablo con conocimiento de causa. La adrenalina es imponente, la sordera selectiva es un antídoto eficaz contra los incautos que osan cuestionar nuestros anhelos, o hacer más sobrios nuestros planes; si uno se siente un alquimista, lo arriesga todo y más, y busca lo que sea que busque con su emprendimiento. Esta es justamente la identidad de José Arcadio Buendía, personaje centralísimo de la obra cumbre de Gabriel García Márquez: Cien años de soledad, y en esta obra, el ganador del Nobel nos deja unas cuantas enseñanzas sobre el tema.

José Arcadio Buendía busca el oro, primero a través del uso de gigantescos imanes (con los que casi destruye el pueblo entero moviendo clavos y tornillos aquí y allá), luego lo sigue intentando pretendiendo transformar un catalejo en un arma de guerra (experimento del cual solo él sale quemado), y finalmente descubre el camino de la química, en el cual utiliza, transforma y pierde hasta la última moneda de oro de la dote de su esposa. José Arcadio Buendía es un mítico emprendedor que posee toda la pasión necesaria y ninguna capacidad de reflexión. Para él su sueño es incuestionablemente posible. Y así lo demostrará contrariamente una y otra vez. Mientras tanto, durante largos años, mientras su prole crece y sus peripecias se acumulan, la esposa de Buendía, Úrsula Iguarán, también emprende, sin estridencias ni secuelas corporales. Ella vende caramelos. Y de esos caramelos, que vale decirlo, son los más deliciosos de Macondo, se crea un dulce negocio que durará los años que la pareja permanezca en esta ficticia tierra en desarrollo. Úrsula transforma azúcar en caramelos. Simples caramelos. Y así, logra su alquimia, una alquimia diferente, sustentada en costos y precios razonables, en pagar las cuentas, en crecer acompasando la demanda, y de esa manera no solo concreta un proyecto, sino que sostiene a su familia, y con el correr del tiempo a varias más que son contratadas por ella, para deleite de niños y adultos, de pobres y no tanto, de residentes de Macondo y de ilustres visitantes. Úrsula y sus caramelos, convierten azúcar en oro.

Los dos modelos

Hoy, quien emprende un negocio tiene dos modelos ante sí: el alquimista y la vendedora de caramelos. El alquimista busca lo que se ha dado en llamar “escalabilidad”, esa forma explosiva de despegar de la tierra de los simples mortales y transformarse, casi de la noche a la mañana, en un habitante de la estratósfera (o de Silicon Valley). El otro modelo, el “vendedor de caramelos” se enfrenta de sol a sol al duro trabajo del crecimiento lineal y errático, pero no por ello pierde las posibilidades de generar un negocio exitoso, rentable, sin estridencias, sin campanas en el Nasdaq, pero altamente sostenible.

La paradoja final

El propio Gabriel García Márquez, fue en esencia un emprendedor alquimista, que transformó sus palabras en oro puro, mientras su amada Mercedes Barcha sostuvo a la familia en pie empeñando hasta lo último que tenían en la casa y gastando hasta el último centavo para poner la mitad (literalmente la mitad al peso) de Cien años de soledad en el correo, para intentar que fuera editada. “¡Lo único que falta es que esta novela sea mala!” contó García Márquez que le dijo Mercedes mientras regresaban a su casa a esperar, sin un peso en el bolsillo. Hoy, 40 millones de copias después, y con la posibilidad de leerla en 50 idiomas, la empresa ha superado la prueba con éxito, y a nosotros, que amamos los libros y el marketing, nos dejó no solo un libro maravilloso y memorable, sino, y probablemente sin quererlo, una gran lección sobre la alquimia y la dulzura de emprender: no todo el oro nace de la alquimia.