Enero no tomó por sorpresa. En las primeras horas del año, cuando aún no habíamos terminado el brindis ni la primera copa, ya sabíamos que llegarían nuevos ajustes en los servicios, sin mejoras. En términos simples: pagar más por lo mismo.
UTE aumentó un 4%, Antel un 3,5% y OSE un 8,5%. A esto se sumó un incremento del 56% en el costo de carga de vehículos eléctricos en la vía pública. Una señal clara de que la transición energética también se encarece.
Como si fuera poco, despertamos con ajustes salariales que no compensan la suba del costo de vida. Y si alguien pensaba amortiguar el golpe con la devolución del Fonasa, sin anestesia se anunció un aumento en los aportes, sin mejora en los servicios y con un cambio en el mecanismo de devolución que implica, en los hechos, menos dinero en el bolsillo de los trabajadores.
Antes de terminar de procesar estas noticias, en materia de derechos humanos y seguridad apareció otro dato alarmante: seis uruguayos fallecidos en pocos días. Una persona por día. Para un país que no crece demográficamente y donde los jóvenes cada vez postergan más la decisión de tener hijos, la cifra es impactante y dolorosa.
Se solicitó entonces la comparecencia del ministro del Interior ante la Comisión Permanente del Parlamento. También se pidió la comparecencia de las autoridades del Ministerio de Ambiente y de OSE. En pleno verano, con altas temperaturas y una sequía anunciada, vuelve a quedar en evidencia la fragilidad de nuestras reservas de agua, el bien más preciado para la vida. Todo indica que se avecina, además, una nueva emergencia agropecuaria.
Sin embargo, el 3 de enero el tablero latinoamericano cambió abruptamente el eje de la conversación. La noticia de la captura de Nicolás Maduro sacudió la agenda regional y mundial.
Desde sectores afines al régimen se habló rápidamente de invasión estadounidense, mientras millones de venezolanos celebraban en las calles el fin de 26 años de una dictadura marcada por presos políticos, asesinatos, hambre y saqueo sistemático del país.
Las imágenes recorrieron el mundo.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, observó en directo cómo Maduro y su esposa eran detenidos en una operación que duró apenas segundos, casi como una escena de ficción.
En cuestión de minutos, la atención de los uruguayos se desplazó. Los ajustes, la inseguridad y los problemas cotidianos quedaron en segundo plano.
Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿no es este un intervencionismo claro por parte de quienes prometieron no aumentar impuestos y actuar con honestidad? ¿O la vara moral cambia según el actor y la ideología?
Como era previsible, desde sectores progresistas se condenó la intervención armada. Los autoproclamados defensores de los derechos humanos y de la autodeterminación se rasgaron las vestiduras.
Sin embargo, la memoria fue selectiva.
Se olvidaron de la intervención sostenida de gobiernos y movimientos de izquierda en Venezuela durante más de dos décadas. Se olvidaron de los veedores internacionales que avalaron elecciones fraudulentas. Se olvidaron de que existe un presidente electo y de que una mujer se enfrentó al régimen pagando un alto costo personal. Se olvidaron, sobre todo, de que lo esencial es la libertad.
Ocho millones de venezolanos emigraron por hambre. Más de 800 presos políticos siguen detenidos. Hubo desaparecidos, represión, tanquetas frente a civiles desarmados. Pero nada de eso parece importar cuando el relato ideológico se impone.
Ahí está el quiebre: si condenás una dictadura de derecha, sos un defensor de la justicia social. Si señalás una dictadura de izquierda, sos un oligarca funcional al imperio. La contradicción se naturalizó, y el dinero, la geopolítica y el petróleo explican demasiados silencios.
Mientras tanto, la vida cotidiana de los uruguayos queda relegada. Somos rehenes de una burbuja informativa donde conviven el relato oficial, las redes sociales, los testimonios reales y los opinólogos improvisados que obtuvieron su doctorado en derecho internacional en tiempo récord.
Cada vez importa menos lo que pasa en el día a día. Se discute el mundo, pero se ignora la injerencia directa sobre nuestra libertad individual, nuestra economía, la educación de nuestros hijos y nuestra capacidad de autodeterminación.
Se avecina el carnaval. El letrista tendrá material de sobra, como hacía tiempo no ocurría.
Ojalá no se olvide de lo esencial.

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