Sebastián Da Silva
Escribe Sebastián Da Silva

Opinión | A cuatro años sigue el eco de “tranco y tranco, yo estoy con el campo”

Hoy cambiaron los mangos, pero son los mismos sartenes. El país más agropecuario del mundo continúa siendo prejuzgado en muchos ámbitos.

19.01.2021 10:37

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2021-01-19T10:37:00
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Corría el fin de 2017, y con ello el fin del mejor ciclo económico que el Uruguay recuerde. Aquellos años de reiterados espacios fiscales votados en cada rendición de cuentas, eran casi parte de la historia.

El país del crecimiento a tasas chinas estaba terminando de tirar la manteca al techo, dejando el peor de los pegotes; más deuda, atraso cambiario y gobernantes ensimismados en la soberbia de las mayorías absolutas.

Al norte del Arroyo Parao y pasando el Cerro Largo, el entonces presidente de la Agropeucaria Arachana, Martin Uria, culminó la Exposición Rural con un encendido discurso. Al poco tiempo las gremiales departamentales decidieron en conjunto no concurrir a Ramon Trigo, en aquellos pomposos Consejos de Ministros. Había viento de tormenta en la frontera...

Más en el sur, el conjunto de la institucionalidad agropecuaria le pedía una reunión urgente al presidente Vazquez. Aquel campo, protagonista fundamental de la epopeya frentista le rogaba al mandatario una reunión para poder trasladarlo de primera mano la angustia de quienes al pasar de la bonanza pagaron los platos rotos. La respuesta fue contundente: "El año que viene los recibo".

Arrancó el 2018, no llovía, amarilleaban los campos, y el gobierno seguía en un profundo y pronunciado silencio. Fue entonces que en forma autoconvocada un centenar de personas se reunió en Paysandú. Los ánimos eran una yesca. El mar de fondo encontró un canal, y con ello proliferaron los grupos de Whatsapp, que casi que anárquicamente se organizaron por departamento, por rubro de actividad o por vecindad.

Que el grupo de la ruta 7, de la séptima de Durazno, los de Sarandí Grande o los de Young, todos y cada uno de ellos tuvo un aluvión de gente que lo único que pretendía era mostrarle al gran público uruguayo su existencia y sus padecimientos.

Comenzaron las vigilias, las caravanas, los camiones al lado de una cosechadora de 40 pies, las 4x4 al lado de una motoneta o el vuelo del avión fumigador, y el mismo sentir unificado. Todos queríamos lo mismo, de nuevo, mostrar nuestra existencia.

Unos meses antes rumbo a Pirarajá pasé por el puente del Cebollatí y se me vino la versión de los Olimareños, de temón de Chalar "Cuando empieza a amanecer" y empecé a mascullar "tranco y tranco, yo estoy con el campo". A la vuelta le pedí a Santiago Zumarán que me hiciera una calcomanía que dijera exactamente eso. Sin connotaciones partidarias, solo con los colores de la bandera nacional.

Cuando llegó ese enero, aquel pegotín se agotó. Mandamos a hacer más y con nosotros varios más. Hasta que conocimos la fecha y el lugar de la reunión de todo el país de estos autodenominados autoconvocados.

Fue un 23 de enero en Durazno. Por primera vez en la década y pico de hegemonía frenteamplista hubo uruguayos dispuestos a competir en convocatoria, en multitudes, en gente.

Aquel gentío inauguró la era de la discusión infantil de la izquierda, primero contando la adhesión en una foto de dron, después organizando una especie de contra-acto en Piriápolis. Fue la primera amenaza popular de sus gobiernos.

Aquel 23 fueron más de 50 mil personas, de cada rincón del Uruguay, paisanos sanos que esperaban en la sombra a los oradores sin organizarse para aparentar más cantidad de gente.

La voz emocionada del Serrano Abella, las diez mochilas de Blasina, ver a directivos de poderosas gremiales de la industria frigorífica junto a la Mesa de Colonos fue la síntesis de aquella jornada. Un Solo Uruguay se estrenaba en las grandes ligas, una bocanada de aire puro que jaqueó a todos los estamentos existentes.

A partir de aquel 23, la peregrinación a Durazno es una especie de nuevo clásico de los eneros. El Movimiento perdió aquel halo aluvional, pero manteniendo su clara determinación: ser una voz auténtica y desinteresada del acontecer del interior del país.

Vino la llegada a Montevideo, la confiscación municipal de un monolito frente a la Casa de las Leyes, el abrirse paso de un paisano de Valentines en un tubiano tostado y más desesperación.

Cuando vino el momento de las elecciones, el movimiento dio un paso al costado, dejando en claro su inexistente apego partidario. La lectura electoral de las últimas elecciones demostró la huella de Un Solo Uruguay, al aparecer votos descolgados en localidades minúsculas del Riverismo del siglo 21 representado en Cabildo Abierto, el surgimiento de mayorías más pro agropecuarias de la divisa de Batlle y Ordoñez y la confirmación como Presidente de la Republica de quien más conoce cada rincón de ese país hasta el 23 de Enero de 2018 ignorado por el Frente Amplio.

Hoy cambiaron los mangos, pero son los mismos sartenes. El país más agropecuario del mundo continúa siendo prejuzgado en muchos ámbitos, menos en la Torre Ejecutiva.

Hay más defensa propia, hay una dirección de Seguridad Rural, hay destacamentos policiales reabiertos, hay ambulancias nuevas en localidades de 500 personas y se intenta colocar antenas para la mejor comunicación de todos. No existe más obligación financiera, la bichera tiene norma presupuestal y el Dr. Lacalle Pou tuvo su mejor regalo pasando revista a millares de paisanos, orgullosos de mostrar sus preparativos en la capital.

No se escracha a un colono, no hay ministros del Interior pechando a trabajadores del tabaco, y desapareció la intimidación presidencial rodeada de patovicas.

Somos todos conscientes que esto no alcanza, estamos contestes en que tenemos materias pendientes, asumimos la falta de velocidad en temas y como con la construcción de la planta de UPM, tenemos nuestras visiones discordantes. Pero nadie puede tener la osadía de pensar, ni siquiera por un instante, que la realidad política es sí y sólo sí más empática con el interior que si hubiera triunfado el binomio Martinez - Villar.

Con el 2020 vino la pandemia, la casualidad quiso que fuera en la cosecha de los arroceros, aquellos que, siendo líderes en productividad, fueron casi que provocados por una izquierda ignorante y hoy las cadenas nacionales son solamente para intentar proteger a la población.

Queda mucho por hacer, mucho por mejorar, pero autoconvocados como somos, estamos contentos de que el sueño de tener Un Solo Uruguay está más cerca. Nos vemos el 23.

ESCRIBE

Sebastián Da Silva

Siempre vinculado al mundo del campo, hoy es senador del Partido Nacional, por el sector Espacio 40, director de Da Silva Agroinmuebles y C.E.O de Don Augusto Agro Uruguay. Una frase que lo define: Siempre en el camino, nunca en la posada.

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