Uruguay atraviesa un momento que, para muchos, resulta desconcertante. Al abrir las noticias del día, es difícil creer lo que se lee. ¿Cuándo sucedió esto? ¿En qué momento comenzamos a alejarnos de los valores que históricamente nos definieron como nación libre e independiente?
No hace tanto, nuestro país era ejemplo mundial por haber atravesado una de las mayores crisis sanitarias globales bajo el concepto de “libertad responsable”. Sin embargo, hoy asistimos al deterioro de esa misma libertad. Un funcionario público ha utilizado recursos del Estado —es decir, del pueblo— para viajes en jets privados y viáticos. ¿El resultado? Uruguayos rechazados en el exterior, sin posibilidad de hacer uso de becas ni oportunidades de formación. El argumento: un tecnicismo en acuerdos internacionales. El impacto: la pérdida de derechos fundamentales para jóvenes con sueños y proyectos.
Como si fuera poco, ahora se estima que este escándalo podría costarle al país más de 2.886.098 dólares por el total de 17.000 pasaportes esto es resultado de la renovación urgente cuyo valor corresponde a $6.735. Una cifra millonaria que pagaremos todos, por un error que nunca debió ocurrir.
Próximamente se cumplirán 200 años de nuestra declaración de independencia de todo poder extranjero. Y, sin embargo, sorprende que, a días del bicentenario, aún no haya un gesto institucional a la altura. Mucho menos desde la figura del presidente, historiador de formación. Lo cierto es que se omite una conmemoración que debería unirnos como país.
Es preocupante ver cómo se diluye el sentido de pertenencia. Cada vez más uruguayos se sienten desdibujados, como si no importara de dónde venimos. A esto se suma la indiferencia de autoridades que no sólo no reconocen los errores cometidos, sino que respaldan con firmeza a quienes nos exponen al ridículo internacional. No se trata de un error aislado. Se trata de una cadena de acciones que dañan el presente y el futuro de los ciudadanos.
Lo más doloroso es que se naturalice el rechazo, que se penalice la oportunidad, que se condene el desarrollo. No permitir a un joven cruzar fronteras para capacitarse es, en esencia, truncar sueños. Y eso no debería ser aceptable para ningún representante del Estado.
A todo esto, se suma una realidad social alarmante. En pleno invierno, las muertes por hipotermia se multiplican y se vuelven una cifra más en las estadísticas. ¿En qué momento aceptamos que alguien muera por frío? ¿Qué pasó con aquel espíritu de no dar a ningún uruguayo por perdido?
También se habla de diálogo social, de escucha activa, de cercanía con la ciudadanía. Sin embargo, mientras se escenifican reuniones en teatros, la sociedad civil permanece sin respuestas reales. Se celebran operativos “exitosos” mientras jóvenes quedan mutilados por bengalas en los estadios. Se improvisa de cara al futuro: no hay un plan claro para el 2026, ni siquiera para el presente.
Por otro lado, surgen decisiones que desconciertan. Se anuncia la llegada de jóvenes palestinos para tareas rurales en María Dolores, una zona que, dicen, será destinada a la lechería. ¿Recibirán la formación adecuada para integrarse al sector productivo, o simplemente serán trasladados sin un plan claro? Mientras tanto, a nuestros jóvenes se les cierran puertas y se los deja sin alternativas. Se les arrebatan derechos, mientras se otorgan herramientas a extranjeros sin un marco claro.
Uruguay, mi país, mi patria, está hoy priorizando decisiones incomprensibles que nos alejan de nuestros principios fundacionales. Y lo más preocupante es que muy pocas voces se alzan. La apatía, la resignación y la indiferencia parecen haber ganado terreno.
Finalmente, una reflexión: si podemos desperdiciar miles de litros de leche, ¿por qué no llevarlos a los merenderos y ollas populares que hoy sostienen a tantos? La solidaridad no debería ser un recurso olvidado, sino la base de cualquier nación que se respete a sí misma.
La libertad, esa palabra tan hermosa, no puede seguir escurriéndose entre los dedos. Aún estamos a tiempo de defenderla, de alzar la voz, de recordar quiénes somos.
La historia la construimos entre todos. La libertad también se defiende desde el Parlamento, desde las calles y desde cada hogar que se niega a resignarse.

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