El gobierno desperdició el primer año de gestión, conocido como el año de oro. Es el momento de realizar los cambios prometidos, y de impulsar planes y programas, porque los gobiernos tienen todo el crédito, la ilusión y la expectativa a su favor. Pero no ocurrió. Al contrario, se fueron perdiendo el crédito y las oportunidades.
El país está estático en muchas áreas, y en otras ha retrocedido. Cierre de empresas, dos trimestres consecutivos de retracción económica, aumento de la presión tributaria en forma directa (nuevos impuestos), indirecta (Fonasa y ajuste de la BPC) y encubierta (tarifas).
No hay política de seguridad ni liderazgo político de la policía, y tampoco respuesta al incremento de la violencia criminal.
La educación con menos presupuesto en relación al producto, reduciendo la atención y el tiempo pedagógico. El Inau en crisis, y la estrategia contra la pobreza infantil sigue sin aparecer.
El gobierno no ha aplicado el esfuerzo ni dedicado el tiempo a hacer y construir en los temas importantes. En cambio, ha preferido dedicarse a destruir lo hecho, especialmente en algunos asuntos. Optó por hacer política menor, en lugar de gobernar.
Expuso al país a quedarse sin patrulleras oceánicas en el corto plazo, y al riesgo de un juicio millonario en el mediano y en el largo. Dejó sin efecto, sin fundamento alguno, la solución al abastecimiento de agua potable y, con ello, al país sin posibilidades de enfrentar las insuficiencias hídricas que puedan sobrevenir.
Mientras tanto, discute internamente, y de manera estéril, la aprobación de nuevos impuestos, la justificación de los despidos en el sector privado, o la utilidad de los monoambientes como solución habitacional. En discusiones que parecen querer, más bien, disimular las carencias y distraer la atención.
Lo dicho son solo algunos ejemplos. Tal vez la situación descripta explique, al menos en parte, la caída pronunciada en la aprobación popular que registran las últimas encuestas.
Gobernar no admite improvisaciones ni dilaciones. La desorientación compromete los resultados, y el tiempo que se pierde no se recupera. El segundo año no es como el primero, tampoco los que vienen después, y cada uno de ellos estará condicionado por lo alcanzado el año anterior.
Lo visto hasta ahora, como reconoció el propio presidente en diciembre, tiene sabor a poco.

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