La muerte es una circunstancia tan extrema y definitiva que su irrupción suele pretextar alguna reflexión sobre misterios de la existencia humana. Las reacciones que cosechó la de Juan María Bordaberry por parte de los principales representantes del sistema político oscilaron entre el silencio, el disimulo y lo obvio. La partida definitiva de quien se convirtiera en la “bête noir” de la política nacional, debería servirnos para hilar más fino. Como era de suponer, nadie tuvo el mal gusto de defender su gestión al frente de los destinos del país pero no porque no los haya sino porque prefieren pasar inadvertidos.
En efecto, Bordaberry y la camarilla militar que lo apuntalaba, arrasaron con la democracia. Más que eso, son responsables de liderar un proceso político que, por su crueldad y extensión, llevó a límites nunca antes conocidos la tortura, el autoritarismo y la persecución de todo aquel que fuera percibido como un enemigo.
Algunos protagonistas de aquellos años dolorosos, como el presidente Mujica y sus antecesores Sanguinetti y Batlle, prefirieron el silencio. La patria debería reflexionar sobre este gesto de humanidad y constricción. De humanidad, porque sus deudos velaron a quien, según testimonios familiares, era un padre y esposo ejemplar, y según sus vecinos de Molles, era un hacendado solidario. De constricción, porque Juan María Bordaberry no llegó hasta allí por casualidad, ni su felonía y su impavidez ante las denuncias de los crímenes horrendos que se cometieron durante su dictadura son frutos del azar o la distracción.
La idea de que todo comenzó aquel 27 de junio de 1973 es una construcción interesada y mendaz, que ayuda a más de uno a disimular las consecuencias de sus acciones. Si la fecha fuera febrero, cuando las Fuerzas Armadas violaron por primera vez la veda constitucional de intervenir en política, la lista de perjuros sería otra e incluiría, vaya como otra paradoja, a muchos de quienes serían sus futuras víctimas.
Así podríamos seguir mirando hacia atrás, para interpelar a quienes votaron la Ley de Seguridad Nacional, a quienes miraron para el costado cuando se denunciaban torturas y malos tratos, a quienes secuestraban empresarios y embajadores, a quienes reprimían movilizaciones pacíficas, a quienes aplaudían las clausuras de diarios, a quienes fueron a golpear la puerta de los cuarteles, a quienes promovían como modelo de hombre nuevo a un guerrillero sanguinario, en fin, una larga lista de renuncios y frivolidades que ayudaron a que aquella noche de junio buena parte de la opinión pública asistiera al golpe con indiferencia o alivio.
Más allá de su carlismo anacrónico, las aberraciones políticas de Juan María Bordaberry fueron las de su época y la de sus contemporáneos. Por cierto, nada de esto mitiga su responsabilidad y la de su camarilla de golpistas en los graves hechos que siguieron al golpe, ni la equipara con la de quienes no actuaban desde las altas esferas del poder, pero al menos ayuda a comprender cómo se llegó hasta allí y a señalarle a los cultores de la manipulación y el disimulo que no volverán a salirse con la suya.