Por Esteban Valenti

Hay una sabia costumbre de los buenos cazadores que es evitar colgar la piel del oso antes de cazarlo, porque, regularmente, a los apurados el plantígrado les pega un par de zarpazos y los deja knockout. Esa es la primera impresión que deja el dialogo extremadamente amistoso entre el peso pesado, Julio María Sanguinetti y el welter junior, Luis Lacalle Pou.

Según la definió Sanguinetti, en lugar de una polémica, "fue la charla entre un expresidente con un prepresidente", augurando doce meses antes, el triunfo del líder blanco en las elecciones presidenciales del 2019.

No hubo debate, polémica, menos intercambio ideológico, porque no había de que discutir, ni política ni menos ideológica o programáticamente. Era la máxima expresión de una familia ideológica.

No hay nada de especial, ese tipo de coincidencias se dan muchas veces en la política, sobre todo cuando la guía una obsesión: recuperar el poder que mantuvieron durante 170 años, 157 los colorados (con algunos golpes de estado de esa misma tonalidad), y 13 los blancos. Su prioridad absoluta, única, obsesiva, es volver al poder y repartírselo cuanto antes.

No estoy especulando, surge con una claridad meridiana a lo largo de la conversación amistosa, que tiene de bueno que fue publicada por el semanario convocante, Búsqueda.

El único matiz - entiéndase "matiz" - es cómo armar la coalición para volver al poder, si deben arreglárselas solos, como lo hicieron siempre después de la caída de la dictadura, o deben apelar a otros aliados. Y cuándo hacer esa alianza.

La familia ideológica está tan asumida, tan incorporada a la propia y nueva identidad conjunta de blancos y colorados, que ni siquiera la deben mencionar, o explicar o, al menos, darle un barniz de cultura, de contenido, está todo sobreentendido. Son "ellos" y los "otros" a los que hay que sacar del gobierno o impedir que lleguen. Esa es la única prioridad.

Hablamos de dirigentes con experiencia, que vienen de las dos principales dinastías políticas tradicionales uruguayas, nada de outsiders, de recién llegados, la diferencia de peso boxístico es un eufemismo.

El dúo Lacalle prepresidente, Sanguinetti mentor "pesado", debe ser el mejor favor que se le puede hacer al Frente Amplio, porque son el extracto concentrado de la vuelta al pasado, al retroceso, a una nueva etapa de administración de la decadencia nacional. Es salir de un gobierno que hace actualmente la plancha a otro que corremos el riesgo que lo intente y ni siquiera flote.

Es la exposición en un tomógrafo de un dramático dilema nacional, de una polarización que paraliza al país, como lo demuestran las encuestas y el escasísimo entusiasmo político que existe en todo el país.

Nosotros, de La Alternativa, los que con extrema "sensibilidad" fuimos definidos por Sanguinetti como "Villa Decepción" no podemos garantizar hoy, que seremos el gran adversario de esta polarización que paraliza el país, que reduce todo a la lucha por el poder, pero al menos lo intentamos.

Volviendo a las "Villas" lo que ambos contertulios no mencionaron siquiera son algunos temas de extremo interés para los uruguayos. ¿Cómo les llamarán a los cuatro gobiernos colorados y blancos luego de la dictadura, "Villa desastre"? No se escuchó una sola palabra de autocrítica, de análisis, de evaluación de las razones de su permanente declinación política y de las dramáticas situaciones sociales y económicas para el país que nos dejaron.

¿Por qué los uruguayos deberíamos creerle ahora, si ni siquiera tratan de explicarnos la rápida decadencia nacional gestionada por sus gobiernos anteriores? ¿Por qué no será una nueva dosis de aquel pasado ruinoso? Es muy simple, porque Sanguinetti, nunca, absolutamente nunca reconocerá que dilapidó en los cinco primeros años de su gobierno el enorme capital que la lucha contra la dictadura había acumulado en la sociedad uruguaya. Simplemente hizo la plancha y tiró por la borda todo lo que pudiera cuestionarlo. Ah, y no perdió ninguna huelga...

¿Por qué en todo el coloquio, el tema de la moralidad, de la ética política que está entre las principales preocupaciones nacionales, no figura en ningún lado? ¿Será por los Peirano, el Banco Pan de Azúcar y una cantidad interminable de funestas figuras nacionales y departamentales, coloradas y blancas?

Invito a los lectores a buscar con prolijidad en todo el texto de la publicación de Búsqueda un solo renglón sobre la ética y la moralidad en los gobiernos. De eso mejor ni hablar.

El Frente Amplio actual, tan distinto al fundado en 1971 por figuras señeras del progresismo y de la izquierda, rompió en estos tiempos su virginidad en materia de ética, de legalidad y de moral gobernante y lo está pagando caro, sobre todo por su intento fracasado de ocultar todo, barriendo bajo la alfombra y despertando mal y tarde ante las graves violaciones comprobadas, pero los dos boxeadores no deberían confiar tanto en la poca memoria de los uruguayos. Todos nos acordamos de los varios episodios en sus gobiernos e incluso en su actualidad departamental y nunca escuchamos o leímos una sola autocrítica.

A la política uruguaya le falta autocrítica y algunas cosas más. No se trata solo de reconocer o de tener una comisión de ética que es como una puerta giratoria muy generosa, sino de hacerse la incómoda pregunta de ¿Por qué la corrupción ocupa el horrendo espacio que ocupa en la política mundial y regional, y nos ha manchado a los uruguayos de varios colores?

Y la respuesta no puede ser solo una ristra de mea culpa - que por otro lado nadie pronuncia - sino un análisis profundo, ideológico, hasta diríamos filosófico, de las causas de esos procesos cancerosos de la corrupción en la política. Y de inmediato adoptar las medidas internas y legales para combatir mejor la corrupción y la indecencia en la política.

Sobre otro conjunto de temas programáticos, es decir las respuestas que se le proponen al país para superar la actual situación y avanzar, solo Lacalle los sobrevoló, porque en definitiva Sanguinetti ya ni siquiera necesita demostrar que su pasado batllista es nominal, lo tiene totalmente asumido en las definiciones del prepresidente blanco. Quién lo diría.

No es un gesto de generosidad, es la expresión despiadada de que la única ideología en juego es la del poder. Al punto que una parte de la conversación fue directamente a los bifes, al reparto de los ministerios y a los criterios dominantes en materia.

Ese fue uno de los nudos, de los núcleos principales del diálogo boxístico, que en realidad fueron todas fintas amistosas.

Algún ilustre militante del herrerismo, se enojó conmigo porque afirmé que no aparecían las ideas por ningún lado en ese diálogo y naturalmente no pudo dejar pasar la ocasión para hablar del "partido único". En realidad, las ideas están, no aparecen en esa publicación más que como un hilván de frases, pero son precisamente las ideas que no aparecen, que en ningún lado expresan cambios de fondo y si de cómo administrar la decadencia nacional, esas son las que me preocupan. Solo expresan "evolución".

En el batllismo, en el nacionalismo wilsonista, así como en otras fuerzas políticas existen las fuerzas, los cuadros, las voluntades y capacidades para afrontar una situación nacional que es muy compleja y que al actual gobierno le cuesta reconocer. Esto sin perdernos en palabras, como "crisis", no "crisis", lo cierto es que hay que manejar todos juntos un conjuntos de problemas, productivos, económicos, tecnológicos, sociales, educativos y sobre todo políticos y legales y los relacionados con la seguridad.

Terminada la temporada de caza electoral, llegado el 1 de marzo del 2020, con el cuadro regional que nadie podrá modificar y que exige una gran capacidad diplomática y mucha inteligencia para superar los escollos que tendremos en el camino, habría que apelar a un amplio espectro de fuerzas no solo políticas. Para ello sería fundamental no seguir por este camino, ni volver hacia el pasado. ¿Lo lograremos o seremos prisioneros de las encuestas?

P.D.

No voy a escribir una columna sobre la resolución del Plenario Nacional del Frente Amplio dedicado a expulsiones y sanciones y sobre todo a silencios.

La historia es implacable y en definitiva tiene buena memoria, con anteriores resoluciones de ese mismo Plenario y con las señales que se transmiten a la ciudadanía. Ese es el mejor camino para desprestigiar a la izquierda y a toda la política nacional.

Están tan empeñados en ganar a cualquier costo, que incluso los errores políticos cometidos por la derecha de colgar la piel del oso antes de cazarlo, se opacan y se reducen, ante la ferocidad del fanatismo por el poder.

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