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La idiotez del poder

La idiotez del poder

Cortemos grueso, no todos los que están en el poder son idiotas, ni mucho menos. Mi reflexión parte de la experiencia en varios países, en diferentes circunstancias y en una personal definición de la idiotez, que obviamente no es clínica.

05.04.2016

Lectura: 7'

2016-04-05T00:06:00
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No hay duda de que una de las capacidades principales que tiene el poder, es generar sus propias definiciones, sus propios límites, sus propios premios y castigos. Eso no quiere decir que el resto de los mortales lo aceptemos pasivamente.

El poder puede proyectar grandes mujeres y hombres, y no es obligatorio para todos que produzca la feroz enfermedad de los idiotas. El asunto es que sin estadísticas a la mano, puedo afirmar que no hay actividad humana que produzca tanta idiotez como los diversos niveles del poder.

El poder, y sobre todo el poder absoluto y cuanto más absoluto peor, ha generado los más altos niveles de idiotez y maldad (no son sinónimos) de toda la historia.

Mis observaciones en Uruguay y en diversos países, Italia, Argentina, Estados Unidos, Angola, España, Sudáfrica, los países socialistas reales o como quieran llamarlos que conocí directamente, me confirman con esta visión crítica -con una salvedad importante- que esa idiotez es padecida por sus contemporáneos y sus conciudadanos, pero no necesariamente por los que ejercen el poder. Esos han vivido largos idilios e inconsciencias absolutas e incluso ha recibido generosos beneficios.

El poder de influir sobre la vida de la gente, sobre sus tiempos, sus ilusiones, sus proyectos, sus planes, sus expectativas, sus destinos y los de sus familias tiene dos caras, de un lado la cara virtuosa, la del servicio, de la responsabilidad, del apego a los valores del humanismo y de la sensibilidad y la otra cara, el poder por encima de todo, su perpetuidad, sus beneficios, sus prioridades personales, familiares y de casta. Esas dos caras a veces se expresan en cosas cotidianas, aparentemente pequeñas y pueden estar separadas por líneas muy sutiles.

No hay un estupidómetro del poder que funcione, ni medicamentos adecuados, es un combate social, cultural e individual, permanente y con resultado incierto.

Algunos en estos días me han interrogado en las redes sociales ¿por qué no me presento como candidato a algo? Para responder podría utilizar el camino cómodo y generoso conmigo mismo, sería una estupidez más. No quiero ocupar cargos no por ser virtuoso o por desinteresado, sino porque tengo miedo. Tengo pavor a que el poder, el aparato me atrape, me devore, me incorpore a su lógica. Me quitaría la última aventura política de mi vida, de mi larga vida política de 54 años...

El poder obligatoriamente es una fuente de desafíos permanentes, de trampas impuestas por el genoma del poder y de bifurcaciones en los diversos momentos. Admite muchos matices, pero en definitiva reduce la política al "sí" y el "no". Llegado el momento esa bifurcación es obligatoria. Hay quienes evitan esos dilemas flotando, dejando que las corrientes supuestamente más favorables los transporten, incluso silenciando sus opiniones para flotar más cómodamente. Es una de las peores manifestaciones de la estupidez. Y que existe, existió y existirá.

La otra gran prueba es definir en cada momento cuáles son los puntos de referencia, dónde está el norte. ¿Está en la gente? ¿Está en tus votantes? ¿Está en tus compromisos electorales? ¿Está en el círculo de los que te rodean o en la pirámide inexorable del poder? ¿Está en grupos que te presionan? ¿Está en tu futuro político y tus candidaturas? ¿Está en la continuidad de tu carrera política o funcional? ¿Dónde corno están tus prioridades? Esa es la pregunta permanente del poder a todos sus niveles.

Y las respuestas no son simples. Una cosa es el discurso, que forma necesariamente parte del ejercicio del poder, por la capacidad que te brinda de disponer de plataformas, de medios para llegarle a la gente, con más o menos impacto, pero con mayores posibilidades que el resto de los mortales.

El discurso es parte del ejercicio del poder, es más, para algunos ha sido la parte sustancial, principal y les dio resultado nacional y sobre todo internacional. No fue solo el discurso, fue la capacidad construida chapa a chapa de hacer un discurso soportado en un estilo de vida. En tiempos donde la principal sospecha para el poder es la connivencia con los negocios y la corrupción, vacunarse con una potente imagen de austeridad es una muy buena previsión.

El problema es que la parte implacable del poder es que llega el momento de los hechos, hay que actuar y es allí donde la prueba de la sensatez, de la inteligencia, de la audacia, del equilibrio y de la sensibilidad se expone a la terrible prueba de la verdad.

No voy a detallar la interminable lista de hechos, de acciones que alimentan la patología de la política, me voy a referir a las principales. Primero el sentido de omnipotencia, los que consideran que cada escalón de la pirámide les permite aspirar a un nivel superior de poder con escaso y decreciente control ciudadano. En democracia esa es una prueba inexorable de idiotez. El control social, el despabilamiento ciudadano se produce, incluso en dictadura y a cada chancho le llega su San Martín. Vaya si lo aprendieron los dictadores feroces e idiotas de nuestro continente y los corruptos contumaces.

Otra prueba es la tendencia a construir castas, a asociarse para mantener el poder, tanto el político como su asociación con otros poderes. Puede ser que la detección del mal tarde, pero llega. Y el tiempo perdido lo pagan los ciudadanos comunes.

La idiotez de algunos, de demasiados políticos en el poder, es la base sobre la que surgen personajes como Donald Trump con posibilidades de disputar la Presidencia de los Estados Unidos, o que un payaso sea diputado nacional en Brasil o miles de casos similares, es la explicación última de que en muchas sociedades la palabra "político" figure en la parte más baja de la tabla de confiabilidad para los ciudadanos. Es que la inmoralidad, la corrupción es la mayor prueba de la idiotez de políticos que no llegan a entender que están destruyendo su profesión, su papel, su respeto en la sociedad, una parte de su historia.

Y por último está la prueba suprema, la que refiere a la frase contenida al principio de esta nota, los estúpidos tienen grandes seguridades, y los inteligentes o, en un sentido más amplio aún, los ciudadanos comunes están llenos de dudas. El poder refuerza esas seguridades, crea un microclima de infalibilidad, de gente que en los escalones de abajo hacen de coro y empuja para reforzar esas seguridades y ese camino precipitado y seguro hacia la idiotez. Por eso lo más saludable, lo más beneficioso para el poder son los que le dicen "no", los que discuten, los que no se someten, los que apoyan pero no se sumergen en el espeso vaho de la lisonja. Lo más difícil en el poder y la mejor vacuna o medicina contra la idiotez es decir que no y aceptar el no, recibir críticas y hacer autocrítica.

El poder es necesario, imprescindible desde que el hombre y las mujeres salimos de las cavernas y nos organizamos en comunidades hasta la complejidad alucinante de las sociedades actuales. Lo que no es imprescindible es que el tiempo y el abuso del poder idioticen a los que ejercen el poder y menos aún a una sociedad. El único y complejo tratamiento es el ejercicio libre e informado de la ciudadanía. Y que los que ocupan el poder, tengan siempre a mano sus propias preguntas incómodas.

ESCRIBE

Esteban Valenti

Periodista y coordinador de la revista Bitácora.

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