Contenido creado por Gastón Fernández Castro
Cybertario

Ganadores

Ganadores

30.06.2010

Lectura: 5'

2010-06-30T11:28:34-03:00
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Podríamos decir que la selección de fútbol ya triunfó. Que el Uruguay todo está triunfando. Deberíamos aprovechar el buen momento de la celeste en este Mundial para hacer algunos otros aprendizajes.

Cuando era niño, a mediados de los años sesenta, a nadie se le hubiera ocurrido celebrar el pasaje a cuartos de final como una hazaña. Yo nací en 1958 en vísperas del Mundial de Suecia, pero mi padre había vivido lo suficiente como para festejar el triunfo de Maracaná y padecer la goleada con que Paraguay nos dejó, por primera vez en nuestra historia, eliminados de la Copa del Mundo. Aunque Peñarol y Nacional alternarían entre los mejores del mundo durante las décadas siguientes, la memoria de los éxitos olímpicos y mundiales era de tal peso, que pronto dejó de ser el pedestal de nuestros éxitos para convertirse en una lápida.

Hasta el partido con Brasil por la definición de la Copa América de 1989, los uruguayos nos jactábamos de que nuestra selección nunca había perdido una final, tras setenta años de sortear con éxito tales circunstancias. En la década del noventa, cuando obtuvimos el vicecampeonato mundial juvenil en Malasia, todavía había muchos hieráticos compatriotas que no se permitían festejar segundos puestos. Como la única hipótesis de éxito era salir campeones y tal objetivo parecía inalcanzable, derrapamos de frustración en frustración.

En los últimos cincuenta años, los uruguayos cocinamos una sopa amarga, mezcla de añoranza, resentimiento y resignación, de la que siempre salimos perdiendo. Si nos iba mal con las exportaciones y empeoraba nuestra calidad de vida, la culpa era de los "injustos términos de intercambio" a los que nos condenaban las potencias comerciales. Si nos iba mal en el fútbol y la celeste volvía sin la copa de campeón, la FIFA era la madrastra de nuestro corazón de Cenicienta. Autopercibidos como víctimas de nuestra pequeñez, nada podíamos hacer por mejorar, y efectivamente, nada hacíamos y no mejorábamos.

La sociedad que fuera cuna de campeones y Suiza de América, vio cómo la decadencia económica y la deportiva crecían juntas. La contemporaneidad y superficialidad nos hizo sacar conclusiones falsas. El esfuerzo y el aprendizaje fueron sustituidos por la queja y la apelación irracional a los fetiches del pasado o a los malos espíritus del presente, una colección de excusas que nos inventamos para ponernos a resguardo de cualquier fracaso y ahorrarnos el trabajo de emular a nuestros antepasados.

Pero un día nos dimos cuenta de que algo diferente estaba sucediendo: habíamos empezado a  multiplicar nuestro PBI sin que el comercio mundial dejara de ser injusto, con tanta naturalidad como ahora aspiramos a estar entre los cuatro mejores equipos del Mundial sin que la FIFA cambiara su actitud mercantil y su favoritismo. Contrariamente a lo que creíamos, la principal causa de nuestras derrotas estaban en la cabeza, allí donde campea la subjetividad, la autoestima, las representaciones del mundo y de nuestros propios límites. Es una cuestión enteramente subjetiva, que nada tiene que ver con la disponibilidad de bienes materiales sino con una mezcla de destrezas, convicciones y temperamento. Después de todo, nuestros abuelos eran ricos, no porque tuvieran grandes riquezas materiales sino porque sabían cómo hacer mucho de lo poco.

El problema aparece cuando pretendemos desconocer que son estos tres atributos hábilmente combinados los que pueden hacernos cada vez más grandes. En el lenguaje futbolístico se habla de "garra, calidad y disciplina", facultades que parecen haber reverdecido en Sudáfrica. El cambio generacional nos trajo no sólo un puñado de jugadores excepcionales, sino la posibilidad de empezar a dimensionar nuestras hazañas de otra manera. De golpe, descubrimos que éramos ricos.

Los periodistas deportivos más jóvenes dicen que la selección está teniendo un desempeño histórico. El razonamiento es arbitrario por cuanto desconoce las victorias del pasado, pero ajustado a una visión de la historia que no va más allá de la memoria de las últimas dos generaciones. Para cualquier persona u organización, ganar es siempre ganarse a uno mismo, a las barreras y límites que no pudimos superar antes. Planificar bien los partidos, poner en la cancha coraje y técnica para obtener buenos resultados, es un camino que muestra un estado óptimo. Los actores involucrados en este itinerario celebran paso a paso, porque saben que cada vez que nos enfrentamos a nuestro propio límite y lo superamos, salimos triunfantes.

Ser campeón es una contingencia excepcional, a la que se puede llegar o no. En Maracaná fuimos campeones, pero iniciamos una declinación de la que creímos no salir nunca. Brasil, en cambio, se convirtió en la mayor potencia del fútbol mundial a partir de una derrota que fue vivida como una tragedia.

Nadie sabe hasta dónde puede llegar el equipo de Tabárez. En algún sentido, tampoco importa. Los uruguayos ya ganamos porque aprendimos a ver los triunfos de la selección celeste como una victoria sobre nuestra falsa percepción de la realidad y de nuestros límites. Una victoria sobre nosotros mismos.