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El muro de goma

El muro de goma

La historia de las diversas civilizaciones podría escribirse a partir de la construcción de los muros.

23.08.2016

Lectura: 7'

2016-08-23T10:09:00
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Las grandes fortificaciones que rodeaban ciudades, territorios e incluso separaban naciones, como la Gran Muralla China, la muralla de Adriano al sur de Escocia, los muros de Ston en los Balcanes y el muro de Berlín, son los más conocidos. Hoy mismo, en pleno siglo XXI se siguen construyendo muros, Israel en Palestina, Donald Trump quiere construir un enorme muro entre EE. UU. y México, mejor dicho entre EE. UU. y el resto de América Latina y la globalización, o los muros europeos contra los refugiados en diversas fronteras.

Hay muros de todos los materiales, pero nunca se construyó un muro de goma. Sería deforme, aparentemente inútil, casi ridículo. Pero...

En el Uruguay y en general en muchos otros países del mundo se comienza a levantar un alto muro de una materia elástica que permite que todo le rebote y vuelva a sus originarios lanzadores, son los muros de goma. Son los muros entre la política, los políticos y las sociedades.

Los muros siempre han querido proteger a su contenido, a sus pobladores internos de las amenazas provenientes del exterior, de los "otros". El muro de goma tiene el mismo objetivo, resguardar, proteger, en cierta manera aislar al poder.

Los habitantes dentro del muro no son amenazados por hordas de mongoles, visigodos o cualquier otro pueblo bárbaro, de refugiados hambrientos y asustados. Se sienten amenazados por sus propios ciudadanos y sobre todo por sus reclamos y protestas sordas, muchas veces calladas y que explotan casi siempre en las encuestas y en las elecciones, aunque la rabia se acumule de muchas maneras.

Los muros de goma no se ven a primera vista, pero es fácil probarlos, se le arroja cualquier idea, cualquier reclamo, cualquier exigencia y rebota de inmediato. Vuelve a los pies del que disparó esos letales objetos o en algunos casos le pega en la cabeza. Ese en realidad sería su objetivo principal...

Es posible que yo sea muy negativo o este sea un momento muy negativo de mi vida política, pero tengo la sensación de que se han erigido una muralla de palabras reiteradas e iguales que bloquean cualquier forma de razonamiento, que impiden la comunicación entre la sociedad y la política. Y me refiero a todas las fuerzas políticas.

¿No sienten ustedes que hablamos a veces idiomas diferentes, que es cada día más difícil la comunicación entre el discurso político y la sociedad en su conjunto, en especial en las nuevas generaciones que no logran acostumbrar el oído a ciertas letanías, a ciertas justificaciones en reiteración real?

Para que algo circule, se integre, se alimente del diálogo y el intercambio, que es lo necesario en democracia entre la sociedad en su conjunto y la política, en su sentido más amplio y noble, hace falta códigos similares, un idioma similar, referencias similares. No todas idénticas, porque existen y existirán siempre las especificidades y las diferencias. Pero tiene que haber conexión.

El muro de goma, sin fisuras, sin ventanas, con puertas cada día más angostas impide esa necesaria conexión y tiene otros efectos nefastos, aplaca los ímpetus transformadores, hace homogéneo y tecnócrata el discurso, aplasta a la política. Y sin la verdadera política todo pierde humanidad.

¿Todos sufrimos esos muros de la misma manera?

No. Hay mucha gente que directamente vive de espaldas al muro, ni siquiera lo integra a su horizonte, a sus preocupaciones diarias ni vitales. Llegan hasta al desprecio. ¿Cuántos son? No puedo evaluarlo, pero es un número importante en las nuevas generaciones y se extiende. De cierta manera y sin quererlo son funcionales al muro.

Otros nos rebelamos contra sus altos torreones porque venimos de otra época, donde entre las diversas posiciones y partidos se cruzaban algo más que palabras, dardos y proyectiles, pero siempre había un espacio de negociación y de abrir los oídos a los "otros". Y de pasión. Hasta que llegaron los "sordos" y trataron de acallarnos a todos. Pero aprendimos y salimos todos juntos, los únicos que la quedaron fueron los sordos. Y no queremos nunca más sordos institucionales y humanitarios.

Ahora estamos en otra etapa, creo que hay otros muros de goma en diversos partidos, yo voy a ocuparme del mío, del Frente Amplio, aunque el empobrecimiento de la política, las reacciones previsibles y sin capacidad de despertar atención en los ciudadanos, mucho menos pasión, nos involucran a todos.

Nuestro muro alberga en su interior las diversas manifestaciones del poder y sus ocupantes y también aquellos devotos que no importa lo que suceda, son siempre proclives al aplauso. Son cada día menos, no creo necesario dar pruebas. El que no lo ve a simple vista no hay manera de demostrárselo. Ya forma parte del propio muro.

El poder tiene un elemento fundamental para conectar su interior con el amplio exterior, son los partidos. El Frente Amplio jugó ese partido de conexión durante un buen tiempo, hasta que ladrillo a ladrillo comenzó a construir el muro y a usufructuarlo.

La lógica de los que estamos afuera del muro es cada día más incomprensible para sus habitantes, y es por ello que las cosas rebotan cada día con más fuerza y violencia. Una de las peores formas del rebote es que cualquier cosa que desentone con las alabanzas, las justificaciones, los discursos propios se transforme en una herejía imperdonable. Como si en materia política y sobre todo de izquierda hubiera sacerdotes con capacidad de exclusión o de excomunión.

Dentro del muro o formando parte de él consistente y sólidamente, hay gente buena, gente que proviene de la intemperie, que formó parte de las amplias legiones de ciudadanos comunes y corrientes, despojados de cargos y funciones pero que habían hecho de la política una parte importante de sus vidas. No son todos. No es un problema de maldad, de perversión, sino de saturación del poder.

Hay gente valiosa que considera que su misión de aquí en adelante es asegurarse un lugar, un lugarcito dentro del muro si fuera posible por el resto de sus días, y a eso dedica todas sus energías.

Una tal concentración de fuerza en un objetivo tan limitado es la causa principal de la altura, espesor y capacidad de rebotar que tiene el muro. Los muros generan la sensación de asedio, de amenaza desde el exterior. ¿Si no, para que existirían los muros? No son un adorno, ni una construcción que espera ser una reliquia histórica, tienen una función muy clara y precisa: proteger.

Proteger no solo de los que amenazan ocupar las posiciones propias, sino además interrumpir la lógica que se genera dentro de sus altos muros. Una lógica perversa y aislacionista, donde las ventanas se van transformando en espejos y reflejan solo el interior y distorsionan la realidad y sobre todo la ocultan.

Los objetos arrojadizos más amenazantes para los amurallados son las ideas, sobre todo si cuestionan el equilibrio interno e interrogan al poder en sus múltiples formas palaciegas.

Lamentablemente no podemos confiar nuevamente que siete sacerdotes de cualquier fe, hagan sonar sus trompetas y las murallas de goma caigan, como sucedió en la conquista de Jericó (Jos.6). Ni nosotros los externos tenemos propósitos tan vengativos como los hebreros de Josué.

Los múltiples rebeldes tenemos tres grandes peligros. El primero, el de siempre, resignarnos y aceptar el muro como un decorado inevitable de la política y el poder; el segundo, erigir nuestro propio muro y encerrarnos dentro de él y sus frustraciones, y el tercero es esperar o luchar por un lugarcito dentro del muro.

Ante esta situación hay miles de variantes, porque el aire libre y la carne gorda despierta la imaginación y la audacia. No es cierto, los muros no son una maldición del poder, son una condena a la falta de impulsos renovadores y de rebeldías, son un pecado mortal contra las renovaciones, son la perversión de una ideología de izquierda.

ESCRIBE

Esteban Valenti

Periodista y coordinador de la revista Bitácora.

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