La izquierda, al asumir el gobierno, tuvo que afrontar un choque cultural importante: el ejercicio del poder, con todas sus opciones positivas, constructivas, llenas de posibilidades y con las tentaciones oscuras del palacio, de ese mismo poder. Y en general – sin santidades ni devotos de la comida vegetariana – lo fue resolviendo bien. Hasta podríamos decir que muy bien.

En la Intendencia de Montevideo, luego a escala nacional, donde todo asume otras dimensiones, y en otros niveles departamentales y del Estado.

Ahora en el segundo gobierno de la izquierda en Uruguay las cosas están cambiando. Y el cambio es muy visible. Algunos se hacen los distraídos, otros le toman el gustito al asunto y quieren subirse y la mayoría lo vemos con mucha preocupación. En esas guerras palaciegas se gana y se pierde, lo que es absolutamente seguro es que el compañerismo, la confianza y por lo tanto la marcha del gobierno y del país pierden irremediablemente.

Esas conspiraciones palaciegas, no son genéricas, no es una patología social, tiene nombre y apellido, tiene cultores y sacerdotes que además se alimentan de su mismo credo. Todos los días deben demostrarse a sí mismos que su poder ha crecido o que al menos se mantiene intacto. Y lo exhiben con prepotencia, es el placer oculto y enfermizo del poder.

En general esos sacerdotes del manejo del poder son gente sin votos, que no están acostumbrados a rendir cuentas ante la gente para recoger su apoyo y sus votos. Se podría  decir que en la mayoría de los casos, sobre todo el los más graves, su lealtad es al poder y tienen la tendencia a peregrinar por diversas tiendas. No son exclusivos de ningún sector político, pero en estos momentos están muy activos en cierto entorno.

Su objetivo confeso es participar de las decisiones más importantes, opinar, influir y demostrar – con intereses diversos – su influencia. En general son gente inteligente, capaz, que aporta conocimientos escasos en alguna materia requerida en el palacio y que demuestran gran constricción al trabajo. No hay eficiencia que pague el mal que le hacen a muchas cosas, pero sobre todo al compañerismo.

Se rodean de sacerdotes de rango inferior, a la espera de escalar en la pirámide del poder y los alimentan con sus despojos.

¿Cuáles son sus armas? La intriga, los comentarios susurrados y sin necesidad de fundamentar y sobre todo el serrucho y el veneno. Eligen presas y al poco tiempo se notan los montículos de aserrín en torno a sus posibles víctimas y el agua de los conspiradores es siempre turbia porque utilizan abundante veneno.

Otra arma fundamental son los expedientes. Ellos en general se adueñan de los expedientes, los mastican, los demoran, los aceleran. Es su poder aparentemente impersonal, aunque en realidad del otro lado del expediente siempre hay esfuerzo, trabajo y gente. Para ellos es poder, nada más que poder. Y con prepotencia atacan a los que se animan a preguntar, o a solicitar sus derechos.

Su recurso más poderoso, su arma suprema es la manipulación de la prensa. Ellos no le pasan información a la familia “Fuentes”, ellos son la familia “Fuentes”. Para que eso funcione tienen que dosificar cosas verdaderas, internas e inaccesibles para los medios, con sus operetas. Y siempre hay alguien que cae. Algún diario o semanario que voltea ministros, sustituye ministros en primera página. Y luego hace el ridículo de tener que desmentir sus primicias.

El lado oscuro nunca da la cara, porque le teme a la luz del debate abierto como los vampiros a una jornada de luz matinal y límpida. No afrontan nunca sus responsabilidades, vagan en la oscuridad.
 
Y necesitan cómplices. El poder sin cómplices no existe, es vano. La exhibición del poder hace a la esencia del propio poder. Además para realizar operetas debe tener candidatos, alertarlos, lograr que se sumen a sus conspiraciones y envenenarlos. Lo hace regularmente: su especialidad es crear y enfrentar fracciones.

Hasta que. Alguien que tenga votos, que tenga responsabilidad, que se considere que el poder que le dio la gente no es para juguetear con él y menos para que algunos lo manoseen de la peor manera y hacer irrespirable cualquier ambiente del poder y manda parar. Y al que le hace peor, más daño, al que más afecta es a su propio jefe porque proyecta una imagen falsa y deformada.

En ningún colectivo humano, de derecha, centro e izquierda se pueden lograr resultados duraderos si no hay un mínimo de confianza, de serena confianza. En la izquierda – que hizo del culto al compañerismo una de sus señas de identidad – los climas irrespirables son un franco atentado hacia el gobierno, hacia los demás compañeros y hacia la identidad de la izquierda devorada por el poder.

La parte oscura del poder selecciona sus enemigos, se concentra, pero al final termina envenenándolo todo, incluso a su gente próxima. En este gobierno, en las proximidades más íntimas del gobierno, se huele, se percibe, se ve de forma incandescente esos recovecos carnívoros del poder.

Hay otro antídoto, es la reacción de los sanos, de la gente común y corriente que hace su trabajo y que no quiere estar sometida a esos canibalismos a esas zancadillas permanentes, la inmensa mayoría de la gente que se siente responsable y militante de un proyecto político de izquierda, de todos los sectores.

Usted, amigo lector ¿conoce algún personaje de este tipo?