Muchos frenteamplistas se preguntan cómo fue posible que el candidato más popular para gobernar Montevideo quedara por el camino. Las voces de rebeldía pronto darán paso a la disciplina, pero es bueno escuchar de qué se quejan: Daniel Martínez es percibido como un administrador competente y un izquierdista renovador, representante de una generación que algún día no muy lejano terminará liderando el Frente Amplio.
Parecía evidente que el lanzamiento de la precandidatura del "Pelado Intendente", proclamada con algarabía partidaria en una asamblea socialista, no iba a terminar bien. En el cerno del Frente Amplio dirigente y militante, eso se califica como perfilismo, o peor aún, como personalismo, y no está bien visto. Sin nombrar a Martínez ni hacer referencia explícita a la decisión de los socialistas, el secretario general comunista, Eduardo Lorier, censuraba la utilización de los cargos como trampolines para llegar más alto, en declaraciones a Informativo Sarandí. Lorier contrapondría estos hechos con los atributos personales de Ana Olivera, una trabajadora tenaz, de perfil bajo y de juego en equipo, en los importantes cargos que le tocó ocupar. Olivera fue consagrada finalmente como la candidata del oficialismo a heredar la Intendencia Municipal de Montevideo, desde donde se reparte poder y dinero entre amigos, compañeros y familiares desde que los montevideanos tenemos memoria.
La oposición contempla cómo el Frente Amplio es capaz de prescindir de su mejor candidato para proclamar a su mejor compañera. No termina de entender por qué la izquierda sigue ganando espacios y elecciones. Ni siquiera cómo funciona su compleja maquinaria política, administrativa, sindical, cultural y moral. En una realidad electoral competitiva, la decisión de la cúpula frentistas de sacrificar un candidato apoyado por el 60 por ciento de los votantes para proclamar una competidora que reunía tan sólo el 2 por ciento, hubiera sido un suicidio político. Ahí está el ejemplo de la Concertación chilena, derrotada por proponer un candidato que la gente no quería votar. Pero la realidad electoral de Montevideo es cualquier cosa menos competitiva, y eso tiene al menos dos explicaciones: la fidelidad del electorado frentista y la falta de una alternativa política y electoral capaz de entusiasmar y vencer al oficialismo.
Por cierto, el Partido Comunista no está dispuesto a abandonar su cargo en el gabinete ministerial. El apoyo a Mujica en el congreso de diciembre le reportó dos suculentas recompensas. ¿Los habrá convencido el presidente electo de que participen con su maquinaria sindical y propagandística en una auténtica reforma del Estado? ¿Se habrá asegurado Mujica al menos cierta paz sindical, como para procesar algún cambio pasible de ser llamado "reforma"? Quizás éste sea el paso atrás que los comunistas uruguayos están dispuestos a dar para avanzar, dos pasos adelante, como proponía Vladimir Ilich Lenin, mientras muchos frenteamplista se preguntan cómo fue posible que el candidato más popular para gobernar Montevideo quedara por el camino.

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