El estreno en Montevideo de "La caída", la película que narra los últimos días de Hitler, nos vuelve a hacer reflexionar sobre ángeles y demonios. No debería pasar inadvertido en estos días en que los uruguayos vivimos bajo el influjo de un pasado sobre el que todos señalan las culpas ajenas pero casi nadie se siente culpable.

Traud Junge, la secretaria de Hitler en sus días finales, recuerda las súplicas de los allegados sus para que evitara la masacre ("si los berlineses no pueden superar esta prueba no merecen sobrevivir") así como su antisemitismo irredento, aún sabiendo que ya todo estaba perdido. En el filme, el acceso a los ambientes se dilucida entre las puertas blindadas del bunker, mientras la cámara alterna miradas explícitas y pudorosas sobre diversas tragedias personales, incluyendo la de Hitler y Eva Braun. Pero lo que ha despertado polémica es ese otro fürher, capaz de tratar con generosidad a sus fieles, ser considerado con su personal de servicio y amable con su secretaria.

¿Albergaba aquel entorno criminal valores humanos, tal como plantea el film de Oliver Hirschbiegel? De ser así, la opción entre la felonía y heroísmo, entre el respeto por el adversario y la planificación de su exterminio, responde a códigos y decisiones personales más que a impulsos patológicos o doctrinarios. Aquella caricatura sin matices sobre el nazismo y su líder que trazó Hollywood, abre paso a un personaje complejo, capaz de discernir entre el bien y el mal, aún en circunstancias extremas. La humanización de Hitler, que algunos reprochan a "La caída", opera de manera inversa: si era capaz de protagonizar actos de grandeza y dulzura, sus crímenes no admiten atenuantes psiquiátricas; estamos pues ante un asesino inmisericorde por decisión propia.

Si la frontera entre la tolerancia y el exterminio no está demarcada por la salud mental sino por la moral y las decisiones cotidianas, la perspectiva es igualmente inquietante para quienes presumen inocencia. Deberían preguntarse qué demonio los alienta cuando aceptan atropellos contra la dignidad humana invocando causas justas. Después de todo, también los nazis creían servir a un fin superior. No nos olvidemos que los ángeles caídos, antes fueron santos.

Suertempila