Para el politólogo uruguayo Carlos Pareja, las heridas del pasado están allí para quedarse y no sólo porque tomamos por caminos inadecuados. Lo mismo ocurre en Argentina, Sudáfrica o la ex Yugoslavia; lo mismo ocurrió en la Alemania postnazi. ¿Cómo saldar esas cuentas con la mayor seriedad y el menor dolor posibles? ¿Cómo juzgar a sus responsables? ¿Cómo rememorar un pasado doloroso? La historia reciente muestra distintas estrategias y resultados diversos. Si pudiéramos hacer un ''stock de agravios'', dice Pareja, ya no se trataría solamente de un centenar y algo de desaparecidos sino de miles de uruguayos sometidos a una maquinaria de tortura, deliberada y sistemática. Si a ella agregamos los crímenes de la guerrilla, con sus secuestros y ejecuciones, caemos en la cuenta de cuánto daño nos propinamos. Pareja cree que, si fue posible que la sociedad uruguaya llegara a tales abismos, es porque existió, en ambos lados, una red de complicidades y silencios tolerantes con las violaciones a los derechos humanos.

Desde esta perspectiva, ya no se trata de un puñado de militares torturadores ni de un grupo de guerrilleros iluminados. Buena parte de la sociedad proveyó a estos grupos extremos de sostén moral o ideológico. Visto así, nuestro camino de salida adquiere una nueva dimensión.

Le comenté la tesis de la ''red de complicidades y silencios'' a un amigo que formó parte del MLN en los años de plomo. Estuvo de acuerdo, aunque agregó una nueva e interesante perspectiva. ''También habría que tener en cuenta que esa red de complicidades operó en forma inversa y evitó que los crímenes alcanzaran los niveles de otros países'', me dijo. Se refería a que, si en Uruguay no hubo una política de exterminio similar a la de los militares argentinos, si los guerrilleros uruguayos no se lanzaron a una campaña de asesinatos selectivos, es porque también operó una red de contención cuya medida debía reflejar, aún en aquel marasmo, nuestras viejas virtudes humanistas.

Hablando sobre el País Vasco, el escritor Bernardo Atxaga me alertaba sobre la necesidad poner ''una medida al pasado'', de modo que no resulte demasiado pesado como para cargarlo sobre nuestro futuro. Atxaga propone una forma práctica y reveladora para desarticular esa red de complicidades: cuando alguien pretende justificar un crimen porque el enemigo cometió otro, debería cambiarse el ''pero'' por el ''y''. Yo cometí un crimen y tu también. Tu bando violó los derechos humanos y el mío también. Nosotros justificamos secuestros y asesinatos invocando causas políticas y también lo hicieron ustedes.

De una manera paradójica, los enemigos de la ''teoría de los dos demonios'' tienen razón. Se trata de uno solo, violento y contumaz, que se materializa en el desprecio por las razones de nuestros adversarios, en la autocontemplación narcisista de nuestras propias ocurrencias, el que nos hace pensar que la sola invocación de una causa noble alcanza para travestir un crimen en un acto de justicia, el que pone siempre de nuestro lado la razón y en el del contrario la arbitrariedad, el que nos convence de nuestra inmanente moralidad y de la total iniquidad de nuestro contrincante.

Pero si la red de complicidades y tolerancia sobre la que reflexionaba Pareja puede llevarnos a una perspectiva, aunque dolorosa, más o menos objetiva, la valoración y medida sobre el dolor del pasado son consideraciones enteramente subjetivas. ¿Cómo medir el dolor de quien tiene un familiar asesinado o desaparecido y su necesidad de reparación? ¿Quién puede imponerle a otro una dosis de olvido o perdón? Y en sentido inverso, ¿cómo puede una comunidad procesar estas diferencias? ¿Habremos avanzado lo suficiente en este terreno?

Quizás nuestro mayor error fue pensar que la ley de caducidad era lo mejor o lo peor que podíamos hacer y que, bajo su imperio, no quedaban otras tareas más que la memoria o el olvido. Por eso no pudimos recorrer juntos el camino de la ''recomposición moral'' que planteara Mandela, para una Sudáfrica devastada por los crímenes del racismo. Treinta años después, seguimos dando vuelta alrededor de nuestros fantasmas, bailando la música de un demonio irresponsable y altanero que nos sigue bloqueando la construcción de una comunidad en la que haya lugar para todos.

Suertempila