Contenido creado por Inés Nogueiras
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Abajo los sueños, los proyectos y los planes. ¡Viva la burrocracia!

Abajo los sueños, los proyectos y los planes. ¡Viva la burrocracia!

Si tiene un proyecto, un sueño, una obra importante en sus planes y quiere enterrarlo o liquidarlo, es bastante fácil: sumérjalo en la burocracia. Suena feo, pero es la dura realidad.

01.12.2015

Lectura: 7'

2015-12-01T00:10:00-03:00
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La burocracia es necesaria, todo es un problema de proporciones. El Estado y muchas otras cosas no funcionarían sin la burocracia, pero a su hipertrofia y a sus efectos patológicos habría que ponerles otro nombre: burrocracia, al poder de los burócratas por encima de todo, barricados detrás de reglamentos, de las normas, de las costumbres y, sobre todo, de ritmos establecidos por la suprema voluntad de los burócratas ideológicos. Y el principal mérito cuando se instala la burocracia no es la capacidad, el servicio, sino la fidelidad a la lógica burrocrática.

La cantidad cambia la calidad del problema. Haga que cualquier trámite, gestión en el Estado o en estructuras privadas tenga una larga lista de oficinas y de firmas que deben sumarse inexorablemente por cualquier motivo y la cantidad de burócratas transformará todo en un calvario. Y contra el calvario, ni Jesús pudo. En realidad a Cristo lo mató la burocracia religiosa, más que la intolerancia y el poder imperial. Revisen a fondo.

¿Qué herramientas maneja el poder supremo de la burrocracia? Primero y por encima de todo maneja el tiempo, ese factor fundamental que define el éxito o el fracaso de cualquier cosa y horada la paciencia de Job es el arma suprema de los burócratas. Ellos son los duelos del tiempo ajeno y eso los hace casi omnipotentes. Y maneja el temor, la amenaza de las normas sacrosantas, impuestas por la propia burocracia.

La burrocracia no existe solo en el Estado, ese es otro camuflaje, otro disfraz. Hay burrocracia en las empresas privadas, en las del Estado, en los bancos, en los partidos políticos, en los sindicatos, en organizaciones de las más diversas estirpes, incluso en los medios de comunicación. La ideología de la burrocracia es transformar la repetición de las cosas, en particular de los trámites, de las tareas, en la prueba obligada para el funcionamiento de todo y de todos. Son ellos los que fijan los ritmos y los límites. Y funciona en las ideas, no solo en las cosas y los papeles.

Incluso hay burócratas ideológicos, que le dan sustento ideológico a la burrocracia y la quieren elevar al nivel de una suprema religión de la convivencia humana y social.

Uno de los principales factores para que se extienda la corrupción es la burrocracia. Por aquello de que hecha la práctica hecha la trampa; hechos los atajos y vericuetos para supuestamente superar a los burócratas y de paso aplastar la ley y la decencia. Donde impera la burrocracia existe el mejor caldo de cultivo para la corrupción, aunque todo parezca controlado por miles de ojos.

Cuando esos miles de ojos y de manos se rigen por los principios de la burrocracia, su función no es el control, su principal labor es perpetuar su existencia, sus mínimos y pequeños privilegios, que sumados son la desgracia de los comunes mortales.

Hay ejemplos en la historia de grandes imperios, poderosos reinos, gigantescas empresas, partidos políticos gobernando multitudes que se los comió la herrumbre de la burrocracia. Entre los más recientes está la URSS y todos los países del socialismo real en Europa y parte de Asia. Pero hay empresas, partidos, organizaciones diversas que todavía parecen vivas pero es casi todo apariencia.

No todos los funcionarios son burócratas. Ese mecanismo de generalización, incluso de división entre "burócratas buenos" y "burócratas malos" es una coartada. Estamos hablando de un sistema que está formado por individuos que se adaptan, lo alimentan, lo transforman en una muralla impenetrable. Esa es la burrocracia.

No hay burrocracia sin burócratas que la sirvan con devoción y que a su vez se sirvan de la propia burrocracia. Es un sistema siempre piramidal, donde las responsabilidades, las órdenes, el sistema de ascensos y la ideología circulan a de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Incansablemente.
Otro de los mitos es que, sin la burrocracia, los países, los partidos, los municipios y las empresas se derrumban. Falso. Al contrario, la burrocracia ayuda a derrumbar, a desgastar la savia vital de todas las construcciones humanas, la creatividad, el riesgo, el empuje, la novedad, la voluntad de cambio e innovación.

Hay una novedad tecnológica falsa: con el uso de Internet se puede derrotar la burrocracia. No es cierto, es una verdad parcial y por lo tanto muy próxima a la falsedad. Se pueden agilitar los trámites, reducir algunos tiempos, permitir una visión más transparente, pero al final si la burrocracia logra imponer su lógica, su filosofía, triunfa ella. Eso sí, tecnológicamente. Los gobiernos electrónicos pueden ser mucho más eficientes, pero pueden llevar el sello inexorable de los burócratas.

La batalla contra la burrocracia es más fácil con las nuevas herramientas tecnológicas, pero es una lucha encarnizada en todos los terrenos. El de los recursos, el de la cantidad del personal, el del protagonismo del usuario y del ciudadano, todo contra la ideología de la burrocracia.

Es una gigantesca y profunda batalla ideológica y cultural, que además cruza toda la sociedad. Los burócratas están atrincherados en su número, en sus posiciones, en la fuerza de la costumbre y en nuestra resignación.

Hay áreas muy sensibles a la burocracia. Es obvio que los emprendimientos productivos sufren mucho, las innovaciones, pero quienes más sufren son la educación, la cultural, la salud y la seguridad. La ignorancia, la incultura, las enfermedades y los delincuentes no son muy afectos a la burrocracia. Le pasan por encima con toda comodidad y además son muy tenaces.

No se trata solo de quejarse, o de hablar de épicas batallas, se trata de incorporar el tema de forma permanente a la batalla política, gubernamental, ideológica y cultural de la izquierda, con mucha más fuerza de lo que hemos hecho hasta ahora. Y de no engordar la máquina, bajo ningún pretexto. Hay una ley inexorable: la máquina de la burrocracia se protege de mil maneras, pero sobre todo con la hipertrofia. Más grande es, y más se necesita, crecer y devorar.

A los que siguen aferrados a la misma idea de que basta que algo sea del Estado y esté ocupado por un ejército de funcionarios públicos para asegurar su sentido revolucionario y de izquierda -es decir, que no aprendieron nada de la historia reciente-: allá ellos, tienen todo el derecho. Se juegan sus vidas, sus partidos, sus sindicatos, sus sueños. Sus ideas y su ideología.

A los que consideran que basta que sea todo privado para que las implacables leyes del mercado lo regulen, los agiliten y los protejan de la burocracia, tampoco aprendieron nada del pasado más remoto y más presente: las bancarrotas en cadena; los monstruos administrativos; los bancos hipertrofiados y los fondos buitres. Con las naciones y con sus propios integrantes se juegan sus empresas, sus medios de prensa, sus ilusiones de poder en manos de los burócratas.

En este mundo tan lleno de tensiones, de miedo, de guerras, muerte y desheredados de la tierra y de todo, los burócratas harán todo lo posible por presentarse como el único reducto firme y sólido. Y devorarán una parte de nuestras vidas, porque en el fondo todos tenemos algo de burócratas y muchos quisieran serlo en toda la línea.