Qué enorme poder tiene el gas, sobre todo si está comprimido. Y ni que hablar si viene en garrafas de ocho kilos. Puede generar grandes movimientos. En la boca del invierno, con gélidas temperaturas, la única empresa productora de supergás tuvo graves problemas de abastecimiento. Todo el proceso es ampliamente conocido.

El principal combustible sustitutivo del supergás fue sin duda la calentura generalizada. El tema, además de la gravedad concreta para un amplísimo sector de la sociedad, tiene muchas señales y pone a prueba mucha gente y muchas estructuras. Las crisis tienen esas características.

Al primero que pone a prueba es al gobierno en su conjunto. Los gobiernos no pueden hacerse los desentendidos de los temas incómodos, eso sucedió durante mucho, demasiado tiempo. Había temas que se dejaban librados al paso del tiempo, no había responsabilidades y menos responsables.  El Estado era una nebulosa imprecisa donde sólo cometiendo actos ilegales muy flagrantes se movía algo.  Poco y nada. Era un sistema.

El cambio fue evidente. El propio presidente de la República y el ministro de Industria asumieron el problema directamente – no les importó cuales serían las especulaciones políticas – y decidieron cosas muy importantes:

Primero, solicitar a ANCAP que encomendara a una auditoría externa la investigación de las causas de esta crisis de abastecimiento. Para corregir los errores, para asumir las responsabilidades y para dar una señal muy clara y terminante.

Segundo, el máximo responsable ejecutivo, el gerente general, el que ocupa ese cargo profesional y cobra por él – como corresponde –, mientras dure la auditoría fue separado del cargo por una clara indicación del gobierno aprobada por el directorio de ANCAP. Otro cambio, los entes son autónomos pero no del interés nacional.

Tercero, se transmitió un mensaje muy claro: los cambios deben ser también a nivel gerencial, de las cúpulas profesionales del Estado, incluyendo entes, bancos y ministerios. No se puede esperar a la reforma del Estado, guarecerse de todas las tormentas esperando a la madre. La madre de todas las reformas. Este es un mensaje para dentro del gobierno, y para los funcionarios. Excelentes, buenos, malos y muy malos. Como en todos lados.

No se puede valorar la importancia de estas decisiones en forma separada, hay que integrarlas como una metodología y en segundo lugar para comprender su valor hay que compararlas con el pasado.

Las tres medidas apuntan a corregir procedimientos, a determinar errores y debilidades estructurales o coyunturales y a dejar bien claro que en las empresas del estado no hay lugar para la impunidad frente a los errores. No es admisible en ninguna empresa y menos debería serlo en una empresa que además de tener como propietarios a todos los uruguayos, cumple fundamentales funciones sociales y estratégicas.

¿Qué sucedería en cualquier empresa de ese porte y esa importancia? El responsable ejecutivo debería responder ante los representantes de los accionistas, y ante los propios accionistas. ¿Por qué en las empresas del Estado todo debería trastocarse y nadie debe responder ante nadie? Al contrario, deberíamos ser más exigentes.

El directorio es en realidad la representación en la empresa de los ciudadanos, designado por el gobierno y con venia parlamentaria y el gobierno actúa como representación de alzada de todos los uruguayos, los propietarios de ANCAP. Y actuó. Y eso era lo que tenía que hacer.

Sin arbitrariedades, pidiendo la intervención externa para asegurar la máxima garantía para todos. El Estado es benévolo, si se determinan responsabilidades funcionales importantes, nadie será despedido, no tengan dudas que habrá cambio de puestos, pero no están previstas otras sanciones.

La reforma del Estado está obligada a encarar estos temas, los cambios imprescindibles e impostergables desde todos los ángulos, institucionales, funcionales, legales y normativos y culturales. Hay que combatir ferozmente la cultura de la impunidad y la irresponsabilidad. Ser servidor público en particular a ciertos niveles, implica derechos pero sobre todo muchas responsabilidades.

Las empresas del Estado están empeñadas en diseñar y aplicar estrategias y cambios integrándolas al proyecto nacional. Ese es el gran cambio y se nota en muchas áreas, pero todo fracasará estrepitosamente si a nivel ejecutivo y gerencial funciona la inamovilidad no sólo como funcionarios sino en sus cargos.

Esto se presenta como una batalla contra el corporativismo, y está bien, pero es incompleto, porque en muchos casos estamos hablando de centros de poder que han manejado resortes fundamentales del Estado, de sus empresas, bancos, ministerios y dependencias y que mientras los políticos se someten periódicamente a ser juzgados por la ciudadanía, estos núcleos duros, se sienten por encima de todo y manejan palancas fundamentales del poder. Deciden los tiempos, las modalidades, las condiciones de la marcha del Estado.

En una nota publicada en el diario El País, sin identificar las fuentes, se afirma que las gerencias públicas extrañan la época en que se designaban como directores de los entes a políticos y no a gente que conoce del tema, porque intervienen a la gestión de la empresa y ellos -los gerentes- no pueden hacer y deshacer a su antojo como antaño. Dicho mal y pronto. Salió el domingo y es para encuadrarlo.

Utilicemos los ejemplos de ANCAP. Durante muchos años sufrió la sangría de cientos de millones de dólares en pérdidas por sus negocios en Argentina. ¿Los gerentes principales no tuvieron nada que ver con esa situación? Se construyeron gasoductos ridículos e inutilizados. ¿Y? Podríamos seguir con muchos otros ejemplos.

Nadie tiene derecho a prejuzgar intenciones, pero tampoco nadie puede prohibirnos a que hagamos preguntas incómodas.

De cómo el gobierno afronte estas situaciones dependerá buena parte del éxito de su gestión. La diferencia entre gobernar y administrar, es la de asumir todos los riesgos políticos necesarios, la de romper los inmovilismos históricos y avanzar con objetivos claros. No hacer la plancha y esperar que pasen los cinco años.

Es en estos episodios, como en otros que estamos viviendo y que levantan polvareda y polémicas, se nota uno de los cambios principales: ahora se gobierna, se asumen riesgos y se exigen responsabilidades. Al nivel que sea necesario.

PD. No hago referencia a algunos muertos vivientes especializados durante décadas en refundir empresas del Estado y que salieron de sus sarcófagos etílicos en estos días, porque sólo merecen una posdata.