Voy a tirarme solo, con mis expectativas. No involucro a nadie.

A nivel mundial todo es una enorme incógnita, no me atrevo a realizar una predicción. Donald Trump ocupando la Casa Blanca no es garantía de nada bueno o de que mejoren las enormes tensiones que hoy conmueven y atormentan al mundo. Al menos en sus discursos, en la campaña electoral, no dio ninguna señal esperanzadora. Todo lo contrario. Y sobre todo la sociedad norteamericana, con 60 millones de personas votando un mensaje tan destructivo y racista.

Voy a repetir una frase de Paul Krugman, "la democracia de los Estados Unidos hoy está al límite".

Y ahora con las declaraciones de Vladimir Putin y el eco de Trump de que ambas naciones deben fortalecer su potencial nuclear, podemos esperar un nuevo impulso a la carrera armamentista, siempre acompañada de discursos pacifistas...

El mundo está surcado de guerras, de tensiones, de atentados terroristas y de amenazas. Quisiera ser más optimista, pero estoy bien informado. Y  aunque hagamos un alto en el camino para desearnos lo mejor para el próximo año, los caminos y los mares en muchas partes del mundo estarán llenos de refugiados huyendo de la muerte, del hambre y de la barbarie. ¿Alguien ve señales de que esas tragedias mejoren? Y aunque en este rincón del planeta estemos lejos de esos horrores, sus víctimas son seres humanos, tan humanos como nosotros y nuestros hijos, nietos y amigos.

En nuestra región hemos pasado de un gran empuje económico y de mejorar los indicadores sociales que nos colocaron durante mucho tiempo como el continente más injusto en un mundo injusto, a esta larga escalera descendente de escándalos de corrupción, de crisis económicas y sociales, de descreimiento en la política y aumento de la brecha dentro de las sociedades.

Se ha logrado un avance realmente histórico con la firma de la paz en Colombia y hay que valorarlo en la guerra más antigua del mundo. Será un camino lleno de asechanzas pero es un avance muy importante. Tenemos que ganar la batalla continental contra los clanes de la droga.

Brasil es un polvorín donde la corrupción generalizada se devora a un sistema político completo y a una estructura de poder podrida desde las raíces. Es un asco ponerse a calcular quien se llevó más millones de reales de coimas y quien comenzó este lodazal, lo cierto es que no hay nada de que estar tranquilos u orgullosos. Confiemos en que los brasileros sabrán encontrar el camino de la reconstrucción política, institucional y moral de ese formidable y hermoso país.

Venezuela es el caos, es el desmadre de la economía, del aparato productivo, de las normas constitucionales manejadas por un equipo de gobierno que confirma todos los días un nivel de incapacidad y de empecinamiento fanático casi sin límites. Es el fracaso más absoluto y la violación cotidiana de derechos humanos básicos, y una enorme corrupción gubernamental. Nadie puede prever cómo y cuándo terminará este calvario. Le están abriendo las puertas de par en par a la derecha más agresiva y ultra liberal con un discurso que da vergüenza escucharlo.

No vamos a recorrer todos los países. Volvamos a Uruguay.

Si no sucede ningún hecho imprevisible a nivel mundial y regional, Uruguay crecerá 1.5% el año que viene y se aliviarán algunas tensiones que este año nos tuvieron a mal traer. Comparando con la región no es poco, pero no me alcanza en absoluto.

La izquierda no llegó al gobierno para surfear y describir los problemas, rompió con 170 años de gobiernos tradicionales para construir un Proyecto Nacional de pujanza, de audacia, de cambios y el lema que se infiltra en muchos sectores es: flotar y no cometer grandes errores. Y ese es el principal error, hay que animarse a arriesgar, a equivocarse, a ser de izquierda.

Necesitamos más y mejor en casi todas las cosas. No podemos dedicarnos a explicar los equilibrios y los problemas que afrontamos. Necesitamos proyectos, ideas, propuestas que nos vuelvan a movilizar, poner nuevamente en marcha el más importante de los cambios que se iniciaron en el 2005 y ahora se han entibiado demasiado: el cambio contra la resignación o el acostumbramiento a la decadencia nacional, que duró más de medio siglo. Los uruguayos reconquistamos la confianza y mejoramos muchos indicadores de manera muy significativa, pero el más importante fue la autoestima.

Ese fue el principal cambio, el que los uruguayos nos hayamos reapropiado del sentido profundo de nuestras posibilidades, de la capacidad de crecer, distribuir mucho mejor, avanzar en muchos frentes simultáneamente, tener siempre un serio sentido crítico y cambiar en serio.

No me alcanza que se retoquen las cosas en el Estado y en las empresas públicas, y desmintamos en forma tajante las ideas de la derecha de que la única solución para gestionarlas bien es privatizarlas. Es una enorme paradoja, pero ese es el principal mensaje de los desastres en algunas empresas del Estado y en especial en ANCAP, en algunos fondos de ayuda a proyectos sociales y en la hipertrofia del Estado.

No me alcanza que la discusión sea sobre los resultados de las pruebas PISA y que esperemos otros dos años para ver si mejoramos una pizca. Nadie en serio puede dudar que la enseñanza en general, y en particular la enseñanza pública, son, por lejos, la mejor, la más completa y profunda política social a nuestro alcance. Y que estamos muy lejos de los niveles necesarios, de los cambios necesarios, y que las fuerzas institucionales y corporativas de la conservación son muy poderosas y aguerridas, y la van llevando...Y el sector más crítico es la educación media.

Hay un aspecto fundamental que me da muchas esperanzas. El Uruguay es un país con arreglo, que ha demostrado capacidades, potencial para salir adelante, para superarse. Potencial para reencontrarse con un pasado de avanzada, de audacia en sus derechos y en sus obligaciones, en el nivel y la calidad de su trabajo, en concretar una gran aspiración, un programa muy profundo. Uruguay debe ser una comunidad espiritual, decía Wilson Ferrerira Aldunate. Y podemos serlo, lo hemos sido.

Felices fiestas y un combativo 2017.