Por Q.F. Bernardo Borkenztain
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La interacción entre arte y ciencia es más compleja de lo que suele reconocerse, no solamente porque las artes incorporan rápidamente los avances tecnológicos (pensamos a los efectos de esta nota en las artes escénicas y visuales en especial) sino porque, al ser la ciencia la moderna fuente de "doxa" en el sentido aristotélico, se produce una mecánica dialéctica que se retroalimenta entre ciencia y arte; porque si pensamos en el arte como una forma dependiente de la parte espiritual de la humanidad, que tiene, entre otros muchos, el objetivo de interpelar a la realidad, al hacerlo colide directamente con esa fuente de conocimiento primordial.
Es muy obvio en un primer análisis que, en especial las artes fílmicas, han incorporado y a veces empujado los avances científicos en áreas como la imagenología creada por ordenadores, o los registros digitales de archivo, pero, además, existe un nexo en lo temático, que, siendo que en el inicio se circunscribía al género (frecuentemente considerado menor) de la ciencia ficción, ha trascendido hasta incorporarse de manera irreversible en los temas que se tratan.
Podemos tomar ejemplos múltiples del teatro, como Copenhague de Michael Frayn, sobre una supuesta charla entre Bohr y Eisemberg, o, más acá, prácticamente toda la obra de este siglo del dramaturgo argentino Rafael Spregelburd. en especial su genial La estupidez, y la trilogía de Santiago Sanguinetti, plagada de referencias científicas y otras intencionadamente seudocientíficas, por no omitir la recientemente estrenada Chacabuco de Roberto Suárez y su "Pequeño teatro de morondanga" en Montevideo.
Temas como la causación, los múltiples universos, los autómatas y la inteligencia artificial o la propia existencia de Dios son moneda corriente tanto en las películas como las series o el teatro. En particular nos centraremos hoy en la última obra de Alex Garland, la serie Devs, emitida por el servicio en línea Hulu.
En la serie se tratan, de la mejor manera en ese medio, que es por medio de la narrativa, temas tan profundos de la metafísica como el determinismo, el problema cuántico de la indeterminación, la misma existencia de Dios e incluso el viejo y conocido dilema ético acerca del fin y los medios que tanto diera para hablar a partir de la obra de un tal Nicolás.
El primero de los temas que se plantean en la serie es el de la computación cuántica, y el hecho de si ésta podrá de alguna manera lograr superar los problemas de indeterminación que afectan a la computación tradicional. Tengamos en cuenta que, mientras un bit informático es una propiedad magnética a nivel molecular, un cúbit o bit cuántico se define por una a nivel subatómico, lo que la hace no solamente más rápida y poderosa, sino que no tiene los mismos límites teóricos de crecimiento de la información que ya hemos visto con la informática tradicional, esa máquina que en pocos años pasó de consumir bytes a megabytes, y siguió con los giga, tera y ahora se ubica en el entorno de los "petabytes", o sea, quince ceros luego de un uno como cantidad de información. Son números que no son abarcables con la mente, pero que empequeñecen ante la potencialidad de la computación cuántica.
Otro tema que se plantea es el del determinismo; los protagonistas (evitaremos ese pecado moderno conocido como "spoiler" o arruinar por dar mucha información la experiencia de ver la serie) parten de considerar algo parecido a lo que afirmó Laplace:
"Podemos mirar el estado presente del universo como el efecto del pasado y la causa de su futuro. Se podría condensar un intelecto que en cualquier momento dado sabría todas las fuerzas que animan la naturaleza y las posiciones de los seres que la componen. Si este intelecto fuera lo suficientemente vasto para someter los datos al análisis, podría condensarse en una simple fórmula de movimiento de los grandes cuerpos del universo y del átomo más ligero; para tal intelecto nada podría ser incierto y el futuro, así como el pasado, estaría frente sus ojos."
Provistos de un poder de cálculo suficientemente grande, en la empresa Amaya trabajan en todas las áreas de la informática, inteligencia artificial, criptografía y un proyecto especial en el que se busca crear modelos predictivos del comportamiento animal. Todo esto se plantea en los primeros diez minutos iniciales de la serie.
Hasta ahí todo normal, pero existe una división separada no solamente de modo físico sino también por un aura de respeto casi reverencial, que se denomina Devs (todos asumen que es apócope de "developement", desarrollo) y que está ubicada en un edificio apartado y provisto de medidas de seguridad de otro siglo, como un sello de vacío transitable, o una jaula de Faraday (impide el paso de las ondas electromagnéticas) de red de oro.
Lo que se muestra pero no se explica, es que el edificio es una copia (no idéntica pero bastante reconocible) del Templo de Salomón tal como se lo describe en la Biblia, y, al igual que éste, tiene su mar de bronce, su explanada y su "inner sanctum" o lugar de máxima santidad, al que solamente acceden los sumos sacerdotes (programadores excepcionalmente dotados en este caso) y en cuyo centro, en lugar del Arca de la Alianza, se encuentra la máquina.
En el mismo, se desarrolla el experimento más secreto de la corporación, y que consiste en explorar las posibilidades del algoritmo predictivo hasta sus últimas consecuencias, con un fin determinado (que es el del dueño, obviamente).
Para lograrlo, los programadores deberán lidiar con problemas que la ciencia ha manejado en los últimos setenta u ochenta años, como la Hipótesis de De Broglie-Bohm, que plantea el problema de la dualidad onda partícula de la luz, explicando por qué al pasar un rayo coherente por dos rejillas se comporta a la vez como una onda y una partícula (1). A la misma se oponen otras como la Hipótesis de Everett, según la cual cada acto de observación desdobla al Universo en una multiplicidad de alternos posibles en los cuales todo evento probable ocurre en alguno de ellos. Como no podemos saber cuál es cual, el tipo de cosmogonía que plantea es opuesta al determinismo.
Lo anterior es importante porque si recordamos que la informática (y Laplace) buscan desarrollar algoritmos predictivos (del clima por ejemplo, o de la bolsa, o la opinión pública) es esencial que las predicciones puedan ser realizadas en un contexto en el cual el libre albedrío no altere la propia acción de predecir.
Dicho de otro modo, en un universo indeterminado la predicción es un sinsentido más allá de condiciones más o menos locales de espacio y tiempo (2).
Otro problema que se suscita es el de la retrocausación, o la interacción a largo plazo de los efectos y las causas, que estamos acostumbrados a pensar como unidireccionales y siempre orientados al futuro.
Sin embargo, la teoría de los cuasi cristales plantea la retrocausación como un parámetro importante en la teoría universal que, idealmente, podría explicar unificadamente lo infinitamente grande y lo infinitesimalmente pequeño.
Otro aspecto de esa teoría es que asume un universo holográfico, en el que todo lo existente es información. En ese tipo de mundo, todo lo existente depende de dos cosas: un sistema generador (tipo una mega inteligencia o computadora) y de una mente consciente que lo perciba. Genera preguntas, como por ejemplo la existencia de los objetos que no son percibidos, porque ningún sistema eficiente gasta recursos en generar "las partes de atrás" de los escenarios.
Como condimento de toda esta panoplia de ideas y teorías mayores, en la serie circula el problema ético fundamental del aprendiz de mago, que por jugar con fuerzas que no comprende corre el riesgo de destruirlo todo.
Una idea se destaca: ¿qué pasa cuando alguien se atreve al pecado original de tener libre albedrío en un universo determinado?
Por último, algo meramente técnico: el apoyo visual y sonoro de la serie es fabuloso, y aún sin comprender toda la trama epistemológica subyacente, solo por la experiencia sensorial la misma vale la pena.
Sin embargo, para alguien con algún interés en la ciencia, la filosofía o ambas, es un compromiso ineludible.
Bernardo Borkenztain
(1) - La solución de esta hipótesis se suele llamar de la "onda piloto" y, simplificando, sería como si la luz se compusiera de un fotón (partícula) cabalgando sobre una onda (que es de probabilidad y no física) y de ahí que ambas características se manifiesten.
(2) - O sea, yo puedo saber que pasará en los próximos diez segundos a mi alrededor con cierta certeza, pero en 2019, aún en diciembre, nadie previó que en tres meses un virus que no puede enfermar más que al quince por ciento de los infectados pararía al planeta.
Por Q.F. Bernardo Borkenztain
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